viernes, 20 de septiembre de 2019

¿Reinos y grandeza?


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                              


Primera Lección: Daniel 10:10-14, 12:1-3

Segunda Lección: Apocalipsis 12:7-12

El Evangelio: Mateo 18:1-11

 


I. La grandeza en el reino de Dios

¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Eso es lo que los discípulos quieren saber. Esta discusión sucede varias veces en los Evangelios y la pregunta la podemos interpretar de diferentes maneras.


Una interpretación negativa sería que esté relacionada a la ambición de poder. En ese caso el centro  de la pregunta es: “Señor, vemos que eres muy poderoso, por lo que queremos ser parte de tu reino. Queremos tener parte de ese poder para nosotros, porque nos gusta el respeto y el reconocimiento que trae. Entonces, ¿cómo podemos ser grandes y poderosos como tú?” La interpretación positiva sería en el sentido de una búsqueda de la excelencia, de querer sacar el máximo provecho de ser un seguidor de Jesús. En ese caso, la pregunta sería algo así como  “Señor, queremos ser los mejores discípulos que puedas tener. ¿Cómo podemos hacer esto?”


Sea cual sea la carga de la pregunta, Jesús responde llamando a un niño hacia él y diciendo a sus discípulos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.


Tenemos que aclarar qué significa y qué no significa esto. No se trata de comportamiento, Jesús no está diciendo, “Tienes que dejar de ser adulto y empezar a ser respetuoso y obediente como este pequeño niño”. De hecho, no tenemos idea de cómo ese niño ha estado comportándose, puede haber sido un terror para sus padres la mayor parte del tiempo. Algunos niños se comportan mejor que otros. Jesús no está hablando de la inocencia o la bondad de los niños. Él no está diciendo: “Dadas las condiciones de los niños, tenéis que limpiar vuestras mentes, deshacerse de las sospechas y empezar a actuar como personas ingenuas, como los niños que una vez fueron”. En el mundo antiguo, con sus realidades de esclavitud, el infanticidio y la violencia, es muy discutible cómo podría ser un niño. Por lo tanto Jesús no está hablando acerca de la conducta o la inocencia de los niños. Él está hablando de algo completamente distinto. Para establecer el escenario, consideremos el niño en el texto. En primer lugar no hay nada en el griego que nos diga que el niño no sea una niña. Ahora, esto sí que sería una sorpresa para los discípulos y serviría a los fines de Jesús así: si quieres ser grande en el reino de los cielos, se igual a esta niña. En el tiempo de Jesús, las niñas no tenían ningún poder en la sociedad. No tienen derechos, no recibirán herencia. Tenían que ser protegidas de algunos hombres hasta que alcanzaban la edad adecuada y luego eran casadas con alguien sin tener mucho que decir en el asunto. Ningún derecho, ni poder, ni riqueza, no decidían cómo serían sus vidas: ¿cómo alguien así puede ser grande en el Reino de los cielos?


Debido a que la grandeza en el reino de los cielos es completamente diferente a la grandeza de los reinos de este mundo. La grandeza en el reino de los cielos se mide en términos de necesidad, debilidad y vulnerabilidad. Vale la pena repetirlo: el mayor en el reino de los cielos es el más necesitado, más débil y más vulnerable. ¿Por qué? Porque el más necesitado, más débil y más vulnerable es el que va a confiar en Cristo con todo su ser. Considere la posibilidad de un niño y una niña en la época de Cristo. El muchacho se levantó con el conocimiento de que él va a tener derechos, tal vez recibirá una herencia y tiene potencial para mejorar su situación por lo que trabaja duro para ello. Por ser quien es, su destino es algo para él, por lo menos mucho más que su hermana. Sin derechos, poder, riqueza o algo que decir en su vida, la niña es vulnerable: no tiene más remedio que confiar en sus padres durante su infancia y luego confiar en su marido cuando está casada. Por supuesto, para la chica en los reinos de este mundo puede funcionar bien o no, porque en los que ella debe confiar son personas imperfectas: sus padres pueden ser crueles y su marido podría ser un cerdo. Pero cuando se trata del reino de los cielos, en quien debemos confiar es totalmente digno de confianza, porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.


El que está en el reino de los cielos, es una persona de las más necesitadas, las más débiles y las más vulnerables, es quien va a confiar en Cristo, porque no tiene nada más en qué confiar y el que confía en Cristo es el más grande es el reino de los cielos. Tú eres de los más necesitados, de los más débiles y de los más vulnerables en el reino de los cielos. Pero tú puedes sentir y creer otra cosa, así que vamos a hacer un breve cuestionario: ¿Eres santo y perfecto sin Cristo? No. Eso te hace pobre en justicia y santidad. ¿Eres pecador? Sí. Eso te hace demasiado débil para salvarte a ti mismo. ¿Puede levantarte a sí mismo de entre los muertos? No. Eso te hace vulnerable a la muerte y el infierno.

Esto es el motivo por el cual vives una vida de arrepentimiento, confesando tus pecados. Por esto sigues diciendo: “Yo no puedo salvarme a mí mismo, pero Jesús es mi Salvador”. Por eso, cuando se trata de tus acciones, dices con Pablo “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Y es por eso que nos maravillamos y expresamos nuestra acción de gracias por esta asombrosa verdad: el mayor en el reino de los cielos es Jesucristo. ¿Esto implicaría afirmar que Jesús es el más necesitado, más débil y más vulnerable? Sí, en la cruz. Como quien lleva los pecados de todos en el Calvario, allí Jesús es el más necesitado y el más injusto, el más débil, el más pecador y el más vulnerable. Sufre la muerte y el infierno por todos. Confiesa esto con sus palabras: “Tengo sed” y “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Hasta el momento, la Ley afirmaba que tú eras el más necesitado, el más débil pecador, el más vulnerable y que nunca podrías entrar en el reino de los cielos. El Evangelio es que Jesús se convirtió en el más necesitado pecador, débil y vulnerable en tu lugar para que el reino de los cielos sea tuyo. Como redimidos, a vivir una vida diciendo: “Por naturaleza, sigo siendo necesitado, débil y vulnerable. Es por eso que necesitamos a Cristo, su gracia y su victoria sobre el pecado y la muerte”. Esto prepara el escenario para el resto de nuestro texto.


En el reino de este mundo, obtienes grandeza aprovechándote de las debilidades de tu oponente, y en una vista previa a la segunda parte de este sermón, y no es necesariamente una mala cosa. Pero en el reino de los cielos, está prohibido. Esa es la razón por la que Jesús dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. En el reino de este mundo, la debilidad es rechazada y despreciada. Es curioso ver en los colegios como se arman los equipos para competir entre compañeros. Nadie quiere a los patosos, a los que no son atléticos. Imaginaos como es la selección en un nivel más profesional. Se dice que la cadena en este mundo es tan fuerte como el eslabón más débil, por lo que la debilidad es despreciada y evitada. Si una oveja se pierde, es probable que los lobos se la fueran a comer de todos modos. Pero no es así en el reino de los cielos. Si una oveja se pierde, Cristo va tras ella. ¿Por qué? Debido a las ovejas que dicen: “Estoy perdida”, son las que saben que son vulnerables y necesitan del Pastor. Y por eso Jesús sigue hablando de la disciplina eclesiástica, sobre qué hacer cuando tu hermano peca contra ti. Si tu hermano se niega a arrepentirse es porque dice: “Yo no soy tan débil. Yo puedo tener este pecado y ser bueno con Dios. El resto de vosotros sois demasiados débiles para vivir el pecado sin arrepentimiento en sus vida, pero yo puedo manejarlo”. Cuando un cristiano no se arrepiente, sus hermanos y hermanas en Cristo, van hacia él y le dicen: “Está engañándote a ti mismo. No eres fuerte, sólo estas engañado. Confiesa tu pecado y confía en Cristo, para que puedas estar en el reino de los cielos una vez más.” En el reino de este mundo, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. En el reino de los cielos, el más grande es el más vulnerable de todos. Si vas a ser grande en el reino de los cielos necesitas ser como un niño pequeño.

Ora y sigue adelante

Habiendo dicho todo esto, también debes darte cuenta de que, como cristiano, te encuentras actualmente en dos reinos, estás tanto en el reino de los cielos como en el reino de este mundo. El reino de Dios es un reino de gracia, donde se te dan todas las cosas buenas. El reino de este mundo es un reino de la ley, en la que trabajas para obtener ganancias. Cuando se trata del reino de los cielos, se vive como uno que es débil y depende completamente de la gracia de Cristo. Cuando se trata de reino del mundo, tienes que dar todo lo que tienes.

Así que hay que aplicar un excelente proverbio ruso: orar duro y seguir remando. Confiesa tus pecados y debilidades ante Dios y luego haz todo lo que puedas en la medida de tus capacidades en este mundo. Sería un error terrible para, por ejemplo, un estudiante de la escuela secundaria decir: “Ya que el pastor dijo que soy débil, ni siquiera voy a tratar de pasar Algebra porque soy cristiano”.  Sería un error para un cristiano decir: “Como yo soy necesitado y Dios provee todo, ni siquiera voy a tratar de ganarme la vida, sino que voy a vivir del trabajo de los demás”, o para un padre que decir: “Como yo soy un pobre y miserable pecador, ni siquiera voy a tratar de criar a mis niños”.  También sería erróneo decir que los cristianos no deben aspirar a posiciones de liderazgo en este mundo, ya que deben mantener su vulnerabilidad. Estos son más que errores, estos son ejemplos de falsa doctrina, una confusión de vivir en dos reinos. He aquí cómo funciona la naturaleza pecaminosa para que las cosas queden totalmente al revés: en la naturaleza, la gente quiere trabajar por un lugar en el cielo y al mismo tiempo conseguir cosas gratis en este mundo sin mover un dedo por ellas. Eso es precisamente lo contrario de cómo Dios ordenó que las cosas sean.

Dios ordenó este mundo para que funcione conforme a su ley. Esto es así antes de la caída en pecado. Él le dio a Adán y Eva cosas que hacer, leyes a seguir como el cuidado de la tierra y no comer de cierto árbol. La diferencia es que, antes de la caída, el parto era una delicia para la mujer. Después de la caída, no lo sería, y después de la caída el trabajo tendría todo tipo de espinas y cardos, a causa del pecado. Tenemos que ser claros en esto: si no te gusta el trabajo, la razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo no es un deseo piadoso de ser como un niño vulnerable de Dios. La razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo es porque el trabajo es un don de Dios y tu carne no quiere hacer uso de ese don. Como aquellos que entienden que todo es un regalo de Dios, los cristianos se esfuerzan por la excelencia en todo lo que les es dado a hacer. Para decirlo de otra manera, Dios te ha dado dones y habilidades para que podáis estar al servicio de los que te rodean. Decir que para demostrar mi necesidad, no voy a hacer uso de estos dones para servir a los demás, es estrangular tu fe con la falta de amor. Cuando se trata del reino de los cielos, tú eres el más necesitado de todos. Cuando se trata del reino de este mundo, tú eres el instrumento de Dios para trabajar por el bien de los demás. Esto nos lleva a un aspecto más de este mundo. Este mundo no tiene injusticias porque Dios ha ordenado que se ejecute de acuerdo con la ley, Dios da su ley para frenar el mal. Este mundo tiene injusticias porque los pecadores abusan de la Ley que Dios da. En lugar de trabajar duro en el servicio a los demás, la tentación es trabajar duro para servirse a sí mismo. Debido a que este es un mundo de pecado, de las personas vulnerables son explotadas, abandonadas, asesinadas o utilizadas por los poderosos. Pero como cristiano, trabajamos duro en el servicio a quienes nos rodean. Salimos en defensa de los no nacidos, ayudar a personas con discapacidad y al cuidado de los más débiles y frágiles. Lo hacemos porque tenemos voz y capacidad para ello, pero sobre todo porque Cristo salió a nuestro encuentro en su camino a la cruz para darnos vida y fuerza. Así que a rezar mucho y seguir remando. Recuerda que estás en el reino de este mundo y el reino de los cielos a la vez. En este mundo, trabaja duro para utilizar los talentos y habilidades que tienes en la búsqueda de la sabiduría, la excelencia y el servicio, y brinda lo mejor en cada cosas que haces en el mundo. Pero siempre recuerda que también eres un niño en el reino de los cielos, donde la grandeza del mundo no cuenta para nada. Allí, sigues siendo el más necesitado, más débil, más vulnerable. Allí, Cristo declara que Él ha ido a la cruz para morir por tu pobreza de justicia, tu debilidad frente a la tentación y la impotencia frente a la muerte. Él ha tomado tu lugar en la muerte, para que pueda tener el reino de los cielos para siempre. Ese reino es tuyo. Es todo tuyo, porque Aquel que murió por tu pecado ha resucitado de nuevo para darte su reino con estas simples palabras: estás perdonado de todos sus pecados. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

sábado, 14 de septiembre de 2019

¿Confianza en Dios en medio de Problemas?

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 06-10-2013
Primera Lección: HABACUC 1:1-4 , 2:1-4
Segunda Lección: 2 Timoteo 1:1-14
El Evangelio: Lucas 17:1-10

¿Te quejas mucho ante Dios? ¿No te gustan las circunstancias por las que estás atravesando? Hay planes que no han salido como esperabas? ¿Tienes disgustos, contratiempos, frustraciones? Puede que estés indignado por cómo va el mundo, tan lleno de maldad e injusticias. ¿Has orado por todo ello y nada ha pasado? “Dios por favor mueve ficha” has orado y Dios parece como si estuviera de vacaciones. En fin, nos quejamos de muchas cosas… pero ¿Nos está permitido a los cristianos quejarnos? 


Hoy podemos acercarnos a la Palabra de Dios en este pequeño libro de Habacuc y encontrar una respuesta a ese interrogante. En este libro vemos a un profeta, Habacuc, que va a ir creciendo en su fe y confianza en Dios. Os invito a leer en privado en otro momento los tres capítulos del libro.
Habacuc comienza con una queja ¿Hasta cuando SEÑOR clamaré y no oirás? Habacuc está molesto y disgustado por lo que ve que está pasando entre el pueblo de Dios y a lo que Dios no parece poner remedio.

Sin embargo, estas quejas aminoran cuando Habacuc aprende que Dios va a poner remedio castigando a su pueblo. Pero a Habacuc no le gusta el modo de actuar de Dios ya que Dios va a castigar a su pueblo por medio de los terribles caldeos, que además eran paganos. ¡Vaya modo de disciplinar al pueblo!

¿No nos parecemos a Habacuc? Vamos de una queja a otra y nunca parecemos estar satisfechos.

Pero Dios va a pedir a Habacuc lo más difícil: que confíe en El y sus promesas aun cuando todo esté a la contra. En medio del lío en que estamos Dios nos pide que confiemos en su Palabra, en sus promesas: el perdón y la salvación por Cristo, su cuidado, que el mundo y mis circunstancias están bajo su pleno control.

En el capítulo 3 vemos como Habacuc después de todas sus quejas , al final acaba aceptando los planes de Dios confiando en sus promesas y en y de la humilde fe,

A través de este libro Dios nos dirige por el difícil sendero de confiar en El esperando el cumplimiento de sus promesas viviendo en humilde fe.

1-ESPERAR QUE LAS PROMESAS DE DIOS SE CUMPLIRÁN INDEFECTIBLEMENTE
Habacuc cumpliendo con su llamamiento había denunciado todos los males que aquejaban al pueblo de Dios 1:3 y 4. Dios le dice “¿Estás harto? Yo también” “por eso voy a hacer que los ejércitos caldeos vengan y arrasen la tierra de Judá”.¿Qué? ¿Van a venir los ejércitos de Caldea? ¿Esos paganos? Eso no es precisamente lo que Habacuc esperaba. Parecía que Dios bajaba sus propios niveles: recurrir a unos bárbaros paganos para castigar al pueblo de Dios.Más o menos, como nosotros cuando vemos que Dios actúa, pero no del modo como a nosotros nos gustaría. En el versículo 2:1 Habacuc está preparado para recibir un respuesta de Dios y Dios a su vez le dice que escriba lo que le va a decir de un modo claro, entendible por todos, conciso porque Dios quiere que su mensaje sea claro y comprensible. A continuación en todo el capítulo 2 viene la respuesta de Dios. 

La liberación del pueblo vendrá sin duda, pero a su tiempo. Las promesas de Dios nunca fallan, El ha empeñado su Palabra.

“Esperalo” dice nuestro texto. Ese es el problema: no nos gusta esperar. Cuando las circunstancias parecen sobrepasarnos ¿Cómo esperar? ¿Cómo esperar ningún bien de Dios de todas estas tribulaciones? ¿Cómo esperar que después que los caldeos hayan arrasado Judea vendrá la liberación del pueblo? Nosotros tenemos nuestra programación, pero Dios tiene la suya . “Espéralo” porque sin duda vendrá, llegará.

¿Qué promesas Dios ha dejado escrita en nuestra “tabla” , en nuestra Biblia? Descansa en esas promesas de Dios. Espera en el Señor. A nosotros no nos corresponde la programación de los hechos. 

A nosotros nos corresponde fiarnos de las promesas de Dios, de su Palabra , “el cielo y la tierra pasarán, pero mi Palabra no pasará”.

2 VIVIR EN LA HUMILDAD DE LA FE
Uno de los versículos clave del Antiguo Testamento es el versículo 2:4 “mas el justo por su fe vivirá”. Como contraposición al orgullo caldeo o del mundo en que vivimos o de la sabiduría del mundo o del orgullo propio. “El justo vivirá por la fe”. Habacuc habla del justo porque su época fue muy dura para los creyentes sinceros rodeados de tanta injusticia. ¿Te sientes tentado a abandonar? 

¿Te sientes tentado a ablandar las enseñanzas de la Palabra en tu vida? Dios nos llama a vivir por la fe, por la confianza en El. ¿Qué es lo que tiene que hacer el justo? Vivir por la fe, asirse de su Dios y Salvador crucificado por él, volver una y otra vez al pacto que Dios hizo contigo en tu bautismo, vivir por la fe en el Evangelio.

El justo vivirá por la fe, aquí está el resumen de la vida cristiana, en tiempos de Habacuc o ahora. Humilde confianza en las promesas del Evangelio, decidido deseo de confiar y obedecer su Palabra, una dependencia contínua del sacrificio de Jesucristo en la cruz, nuestra única esperanza y consuelo. Esta fe no es algo que tuvimos un día y ahí está siempre constante e invariable. A veces vienen épocas cuando esa fe no es tan viva, cuando nos quejamos más a Dios que le damos gracias y alabamos ;cuando Dios nos parece irreal. El cristiano pasa por esas épocas también. La fe no es para las épocas o momentos buenos o malos, es para toda la vida; en realidad es nuestra vida. Dios nos llama , por medio de este profeta Habacuc a crecer en la fe, a volver una y otra vez a las promesas de Dios, a escucharlas , leerlas, degustarlas ( como por ejemplo en la Santa Cena).

Finalmente Dios, a través de Habacuc, nos enseña a confiar en Dios y sus promesas. Habacuc confía en su Dios y sus promesas, sin importarle las circunstancia; sigue confiando en Dios cuando los caldeos arrasan campos y ganados. Las circunstancias nos pueden hacer creer lo contrario, pero nuestro Dios nos cuida, siempre actúa rectamente, su Palabra no falla. El sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. El nos promete salvación a los que creemos en el nombre sobre todo nombre. Este gran Dios es nuestro Dios en Cristo Jesús. Amén

viernes, 12 de julio de 2019

Comer para vivir.




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                 

Primera Lección: Deuteronomio 4.1-2, 6-9

Segunda Lección: Efesios 6.10-20

El Evangelio: Marcos 7.14-23

Sermón

El problema de la contaminación. Durante los últimos tiempos se ha hablado y se ha hecho mucho en lo concerniente a los problemas de contaminación y medio ambiente. Muchas veces los ecologistas parecen extremistas con su accionar, en cierta forma es bueno estar preocupados por el mundo de Dios y nuestra seguridad. Tratan de hacer que no se contamine indiscriminadamente, no se talen bosques o no se pongan en riegos de extinción ciertas especies animales.

Otros también están preocupados por la contaminación moral y quieren limpiar la televisión y el cine. Para otros la oración y la religión en las escuelas públicas o escenas del pesebre de nuevo en lugares prominentes en el tiempo de Navidad son contaminantes a la libre elección que las personas pueden hacer sobre su vida de fe. Desafortunadamente acciones como éstas no son las que harán que la gente sea mejor y las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos muestra por qué.

Contaminados desde el interior. Los fariseos estaban molestos porque Jesús permitió a sus discípulos comer sin lavarse las manos. Si bien nos pasa lo mismo con nuestros hijos, pero por razones diferentes, para los fariseos no era sólo una cuestión de salud, sino que estaban convencidos de que la contaminación espiritual, en realidad, llegaba por el hecho de haber tocado algún objeto que una persona no creyente hubiese tocado. Por esto, comer sin lavarse las manos también era una causa de transmisión de impureza espiritual.

En esta controversia, Jesús se pone del lado de la naturaleza, por lo menos en lo que respecta a la propia contaminación espiritual. Los fariseos culpaban al medio ambiente, a lo que los rodeaba, sin embargo  Jesús dice que el problema no está en lo que nos rodea y condiciona, sino que esta en nosotros mismos. “Eres lo que comes” puede ser una verdad hasta cierto punto, físicamente quizá, pero no espiritualmente. Él no niega que debemos evitar las oportunidades para caer en pecado o que no tengamos que proporcionar un buen ambiente para nuestros hijos. Él no niega que, si nos exponemos a las tentaciones externas o las falsas enseñanzas, podemos  tirar por la borda nuestra vida de fe. Él no niega que depender del alcohol o consumir drogas o persistir en actitudes pecaminosas nos aparta de la vida de fe, aunque queramos seguir siendo cristianos y deseemos llegar al cielo. Pero el problema no es el alcohol, el dinero, el sexo, o la multitud de cosas malas que hacemos. Estas no nos atraerían a menos que estuviéramos contaminados en nuestro interior, algo con lo cual todas las personas nacemos.

Una idea popular es que el hombre nace bueno y que el mal se encuentra en la sociedad que lo corrompe. Otra idea extendida aún entre los cristianos, es que las personas nacen neutrales y que los niños pequeños no son ni buenos ni pecaminosos y su crianza es la que determinará qué tipo de personas van a llegar a ser. Pero para nosotros esto no es así, creemos que el bautismo infantil es algo totalmente necesario e indispensable, porque creemos que somos pecadores desde que somos concebidos y nos perderíamos por siempre sin la fe en Jesucristo que nos es dada en el Bautismo. Lo que muchos no entienden, es el grado de contaminación espiritual que incluso los bebes poseen y el hecho de que el Señor nos hace responsables de nuestros pecados, aunque no los reconozcamos como tales (Romanos 3:19). Mi esposa y yo no enseñamos a nuestros hijos a ser pecaminosos, por lo menos no de manera consciente y voluntaria. Pero adivinen qué: de pequeños parecían inocentes niñas, pero es que ellas no habían crecido lo suficiente o adquirido suficientes conocimientos u oportunidades para ejercer su maldad innata. Cabe recordar una vez más que sostenemos el hecho de que nosotros no somos pecadores porque cometemos pecados, sino que es todo lo contrario cometemos pecados porque somos pecadores. Llevamos a cabo acciones contra la voluntad de Dios porque eso es lo que hay en nuestro corazón. Aun cuando nuestras acciones muchas veces se disfracen de buenas intenciones.

Jesús dice en los versículos 20 a 23: “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”. De acuerdo a Jesús, el corazón humano es una alcantarilla, en la que todas estas contaminaciones están presentes y están al acecho. No tenemos que pensar en un delincuente o pervertido para aplicar estas palabras de Jesús, sino que cada uno de nosotros somos así por naturaleza. ¿Crees que no eres capaz de hacer algunos pecados terribles?  En la Epístola de Santiago se dice que “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). Ninguno de nosotros puede siquiera concebir la contaminación que se esconde en nuestros corazones. Si te analisas ante esta realidad y llegas a decir  que “no puedes evitarlo”, es necesario que sepas que esa es exactamente la conclusión de que Jesús quiere que tengas.

Limpio desde el exterior. Como estamos contaminados por dentro, necesitamos ser purificados desde el exterior. Las alcantarillas en nuestro interior no son auto-limpiantes y todas aquellas cosas que surgen de allí no desaparecerán por arte de magia o con el paso del tiempo, al contrario, si las dejamos seguirán generando más contaminación. Alguien desde el exterior debe hacerlo y hacerlo bien. Muchas religiones y filosofías tienen programas para limpiar tu vida y librarte de los vicios. Pero estas recetas quedan solo en lo superficial, ya que generalmente apuntan a que en ti  está el poder para cambiar y renovarte. Lamentablemente nuestros pecados y vicios siguen estando en nuestro interior, acumulándose y esperando la oportunidad para manifestarse. Puedes matar algunas intenciones pecaminosas todo lo que quieras, pero vendrán más, porque en algún lugar en tu interior hay algo que sigue contaminándote y a menos que se limpie siempre habrá más. El corazón humano es un nido que mantiene la producción de pecados y a no ser que se limpie, nada importante va a cambiar.

Por esta razón es que Dios vino a nosotros desde el exterior y envió a su Hijo al mundo. El Hijo de Dios vino al mundo perfectamente limpio por dentro, Él fue el único con un interior limpio, un corazón limpio, desde que Adán y Eva pecaron. Podemos imaginar a María y a José viendo crecer a su hijo, esperando que tenga su primer rabieta, pero eso nunca sucedió, esperando que les contestara mal, pero nunca lo hizo. Jesús estaba perfectamente limpio, por dentro y por fuera.

La lista de cosas que dice que hay en nosotros está en los versículos 21 y 22Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. Jesús nunca vivió esos pecados, sus acciones y palabras nunca manifestaron estos hechos. Él es el Salvador perfecto, es exactamente lo opuesto de cada uno de nosotros. Por el intercambio que Cristo hizo en la cruz con nosotros, tomando nuestro lugar, Dios ahora nos acredita el corazón no contaminado de Jesús. Todos los pecados que nos contaminaban y en los que vivían nuestros corazones han sido borrados. Jesús los llevó a la cruz y derramó su sangre para pagar por nuestra contaminación y limpiarnos de toda esa maldad.

Así que ahora Dios no ve nuestros pecados, sino la limpieza de Jesús que nos cubre. No podemos entender cómo un Dios perfecto puede pasar por alto nuestros pecados. No podemos entender cómo Dios-hombre, Jesucristo, podía tomar nuestro lugar delante de su Padre celestial y vivir su vida en lugar de la nuestra y pagar nuestras contaminaciones o por qué Él quiso hacerlo. Pero no tenemos que entender que sólo podemos estar agradecidos de que Él hizo todo esto por ti, por mí y por cada persona.

A partir de esta realidad es que podemos pedirle que cree en nosotros un corazón limpio y renueve un espíritu recto dentro de nosotros, como lo hacemos inmediatamente después del sermón casi todos los domingos. Él nos renueva, recicla y limpia cada vez que oímos sus palabras en la Liturgia otorgándonos el perdón de los pecados, como dice en la 1º Carta de San Juan 1:9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”  y lo hace realidad por medio de su Palabra leída, oída y compartida.  También por medio de su Palabra es que se hace presente en la Santa Cena y te purifica diciéndote una y otra vez “Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. (Mat 26:26-28 R60). En estos medios Dios se hace presente desde el exterior para purificarnos de nuestro corazón corrompido. Allí es donde nos da la posibilidad y las fuerzas para vivir con un corazón que obra según la voluntad de Dios, que lo busca y desea su encuentro diario, que depende de Él a cada instante y que busca servir a Dios y al quienes nos rodean.

Cuando las tentaciones vengan, deja que el diablo te muestre lo impuro y contaminado que eres. Usa la Armadura de la cual habla Pablo en la Epístola de hoy y recuerda y alégrate de que tienes un Salvador que ha pagado con su vida por todos los corazones impuros. Tenemos un Salvador totalmente impoluto que nos ha limpiado y lo continuará haciendo como lo prometió. Ahora ve en paz, sabiéndote perdonado por Dios Padre Hijo y Espíritu Santo. Amén.

viernes, 21 de junio de 2019

Ven a adorar a Jesús.



 


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                               

Primera Lección: Isaías 60:1-6

Segunda Lección: Efesios 3:1-12

El Evangelio: Mateo 2:1-12

 “VEN A ADORAR A JESÚS”


Cuando se llega al seis de enero, se comienza con el periodo de Epifanía, 12 días después de Navidad. Mientras terminamos nuestras celebraciones de Navidad, noche vieja y “Reyes”, comienza la temporada de Epifanía, que hace hincapié en la revelación de Jesús como Dios y hombre. La palabra epifanía significa “revelar o dar a conocer”. A lo largo de estas semanas venideras nos centraremos en cómo Dios se nos reveló. Empezamos esta temporada litúrgica con la invitación a ir y adorar a Jesús con los Magos, que desde lejos llegan para postrarse ante su Rey recién nacido. No sabemos sus nombres. No sabemos cuántos eran. Tampoco sabemos con precisión cuando llegaron. Eran hombres misteriosos llegados de Oriente siguiendo una estrella en el cielo para adorar al Cristo, el Hijo de Dios. Ellos llegaron después de que los pastores habían regresado al campo y los ángeles al cielo. María y José habían cambiado el pesebre por una casa en Belén.

¡Ven a adorar a Jesús! Aunque puede sonar como una invitación muy común, no hay nada de ordinario o de común en ir a adorar a Jesús, nuestro Rey. Los hombres sabios o magos que viajaron desde Oriente llegaron sin invitación o promesa de lo que iban a encontrar, pero llegaron para adorar a este niño que había nacido como el Rey de los Judíos. ¿Cómo supieron conectar la estrella al nacimiento de Jesús? ¿Qué esperaban encontrar? ¿Por qué razón creen que como extranjeros y gentiles serían bien recibidos en su nacimiento? Hay muchas preguntas interesantes que nos gustaría saber acerca de estos Reyes Magos, pero incluso el evangelio de Mateo no da ninguna información específica salvo que eran “del este”. Por lo general se cree que vinieron de Babilonia o Persia, porque la palabra “magos” era utilizada en Persia para describir a los astrólogos reales o asesores. Además, la gente de allí habría estado en contacto con los judíos exiliados llevados a Babilonia y Persia como prisioneros de guerra. Tal vez oyeron o leyeron las escrituras hebreas sobre este gran acontecimiento.

¡Ven, adora a Jesús! con la convicción que da el Espíritu Santo de que Jesús viene a tu encuentro! Aquel que está apartado de Dios, que venga a adorarlo con el corazón arrepentido del hijo pródigo que se fue de casa, pero ahora vuelve a su padre. Quien no conoce a Dios, venga, adórele y vea cómo este rey redime y salva. Quien se esconde de Dios en la timidez o el miedo de sus pecados, que venga, le adore y reciba un nuevo corazón y el coraje que Dios da a los creyentes. Quien este triste y perdido, que siga la luz de su estrella, que es su Palabra, a la presencia de Dios y compruebe cómo Dios se ha hecho hombre para incorporarlo en su eterno reino y cuida de los suyos.

¡Ven, adora a Jesús con la sinceridad y la verdad de los Reyes Magos! Ellos vinieron al rey Herodes buscando la verdad sobre Jesús. ¿Dónde se encuentra la verdad? En las Sagradas Escrituras, en el profeta Miqueas, diciendo que Jesús nacería en Belén. El pueblo humilde e insignificante de Belén que ganaría un nuevo honor y fama porque a partir de ahí nacería un nuevo rey de Israel,  un Pastor que establecería un reino mucho más grande y duradero que el de David. Los sumos sacerdotes y los maestros de la ley en Jerusalén conocían la verdad de las Escrituras, conocían la profecía sobre el Mesías y ahora unos extraños personajes les confirmaban que esta profecía se estaba cumpliendo en ese mismo momento ¿Qué hicieron? ¿Alguno fue a adorar al Mesías con los Reyes Magos? Ninguno. ¿Fue el miedo al rey Herodes que les impidió unirse en esta búsqueda del Mesías? ¿Fue una fría indiferencia o escepticismo a la realidad de esta promesa? Que esto no te detenga para adorar a tu Señor.

¡Ven, adora a Jesús a pesar de los obstáculos! Tal vez tu vida está llena de “Herodes”. Hay mucha gente en tu vida que quieren que creas que se puede confiar en ellos, pero una vez que bajas la guardia te apuñalan por la espalda. Tal vez haya una batalla con un Herodes dentro de ti, que no quiere dar a Jesús un segundo de su tiempo o simplemente relegarlo a un segundo plano. Tal vez por el Herodes te tienes en tu interior, Jesús fue eliminado de tu vida. Herodes no quiere que asistas a iglesia, que estudies la Palabra de Dios. Este Herodes dentro de ti quiere convencerte de que la Paz es algo que tú solo puedes ganar. Isaías fue honesto acerca de la oscuridad a la que nos enfrentamos, pero también fue honesto acerca de la esperanza que tenemos. Él escribió: “más sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria” Isaías 60:2 b. Tu vida, no es ordinaria y común, porque Dios está aquí por ti. En todos y cada momento de tu vida, Él te acerca cada vez más a la vida eterna que ha puesto a tu disposición a través de Jesucristo. A través de Jesús, todo se vuelve nuevo.

¡Ven, adora a Jesús con la alegría de los hombres sabios! Cuando salieron de Jerusalén y vieron de nuevo la estrella que brillaba delante de ellos, señalando el camino a Belén, se regocijaron con muy grande gozo. ¿Alguna vez haz sentido ese tipo de alegría que sólo se derrama desde lo más profundo de ti, que parece que tu corazón fuera a saltar de tu pecho? El miedo y la oscuridad a menudo pueden conspirar para apagar nuestra alegría, para tapar la luz natural de Dios, pero la luz de Cristo, la estrella de la mañana que se levanta en nuestros corazones (2 Pedro 1:19, Apocalipsis 21:16) proyecta su luz, aún en la más profunda oscuridad. ¿Están tus ojos puestos en la esperanza de ver la luz de Jesús o están fijos en las miserias que nos afectan? Ven a adorar el milagro de Cristo, nacido en el pesebre y asómbrate ante el milagro de la salvación de Dios. Alégrate con gran gozo en el camino de la salvación obrada por Dios.

¡Ven, adora a Jesús con tus regalos! Cuando los Reyes Magos llegaron a su destino y vieron al niño Jesús. Fue digno de apreciar el ver a los sabios inclinarse en adoración ante un niño. Aquellos asesores de los reyes, que ahora se inclinaban ante el Rey. Quienes eran libres, terrenalmente hablando, y no tenían necesidad de riquezas, de poder o ejércitos. Ante la presencia de un rey como Jesús ¿qué otra cosa se puede hacer sino inclinarse en adoración y ofrecer los pequeños regalos uno tiene? Incluso los costosos regalos que trajeron, dignos de un rey, eran un tributo insignificante para el Creador de todo el Universo, el que tiene toda la tierra en sus manos, recibía regalos de unas personas mortales. Pero ¿Qué podemos ofrecer en la adoración a nuestro Rey? Nada menos que nuestra alma, nuestra vida, nuestro todo. Sabemos, gracias a los Salmos, que Dios desea de nosotros una cosa por encima de todo: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:16-17).  Nosotros, que no tenemos ningún tributo digno para traer a nuestro Rey, sólo podemos traer lo que Él quiere, un corazón quebrantado y arrepentido. Porque sólo Él puede tomar nuestro corazón, roto por el pecado, y darnos un corazón nuevo y lleno de alegría. Recién entonces podemos traer el tributo de nuestras alabanzas, con nuestras voces, podemos hacer de nuestra vida una ofrenda, con las manos y los pies ofrecer el servicio de su reino a quienes nos rodean. Pero aun así, estos regalos que podemos ofrecer en adoración a Jesús son pequeños. Así como los magos, podemos abrir nuestras cajas de pequeños tesoros y ofrecer nuestros dones. Estas cosas que traemos como ofrenda ya pertenecen a Dios y Él nos las dio primero a nosotros. Pero a medida que comenzamos a adorar a Jesús vemos que el hecho real de la adoración no es nuestro sacrificio y alabanzas. El hecho real del culto para los sabios y para nosotros es que Dios abrió sus tesoros  y los compartió por medio de Cristo. Cualquiera pequeña acción de gracias que mostramos a Dios en la adoración nos recuerda que es porque Él obró primero y de manera mucho más grande al darnos el gran tesoro de la salvación.

Tanto los Reyes de Oriente como nosotros adoramos a quien nació como Rey, lejos del palacio real, muy cerca de un cofre de tesoros similar a una caja para alimentar animales y nació para ser Rey Siervo. Él no vino a ser servido, sino a servir. Así que abrió sus tesoros dando su vida al servicio a la humanidad, curando a muchos y anunciando la buena noticia a los demás. Hasta que sus manos y pies fueron fijados con clavos a un madreo en forma de cruz. Pero allí en la cruz, sus manos y pies indefensos lograron el más grande acto de servicio de un Rey. Allí fue vertido el tesoro más preciado, Su sangre inocente en rescate por todos los pecadores. Esta obra de Jesús fue de valor infinito, porque con ella ha logrado nuestro perdón, vida y salvación. El único indicio que tenemos de que los Reyes Magos podrían haber anticipado este acto de sacrificio real, era para ellos y para toda la gente, fue el regalo de la mirra, una especia que se utilizaba para la sepultura, de hecho, también se utilizó en el entierro de Jesús. Fue este sacrificio que hizo que nuestro acercamiento a Dios sea posible. Por esto no adoramos a Jesús solo por ser un Rey recién nacido como los Reyes Magos lo hicieron. Ahora adoramos al Rey que llegado la plenitud de su edad y sabiduría, vivió rectamente, murió en justicia y se levantó victorioso de entre los muertos y está sentado como Rey en el trono de Su Padre. Es a Él a quien venimos a adorar.

¡Ven, adora a Jesús donde Él se encuentra! Así como la estrella de Belén indicó a los Magos donde estaba Jesús, Él nos sigue indicando dónde se encuentra realmente, para que vayamos y disfrutemos de su presencia. Nos indica que Él nace en nuestros corazones cuando leemos u oímos su Santa Palabra. Nos invita a su presencia en la Santa Cena, donde se hace presente para perdonarnos y animarnos una y otra vez. Ya lo hizo en tu Santo Bautismo, donde te incorporó a su Familia Real. Fuera de estos sitios es imposible encontrar a Jesús para adorarlo realmente. Allí encontraras la felicidad de estar en la Presencia de tu Señor y Salvador.

viernes, 14 de junio de 2019

La Pasión de Cristo.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                          

Primera Lección: Zacarías 9:9-12

Segunda Lección: Filipenses 2:5-11

El Evangelio: Juan 12:20-43







Saludos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo …





Hoy empezamos la última etapa de nuestro peregrinaje hacia Jerusalén. Hacia la cruz y la tumba vacía. Hacia la Pasión y Resurrección de Jesús. Hacia el sufrimiento y la muerte de Jesús para el mundo que amó tanto. Un mundo por el que Jesús estaba dispuesto a sacrificar su vida.

Jesús describió su Pasión a Felipe, Andrés, y a todos los griegos en esta manera. Que sería necesario ser levantado en el árbol para atraer a todos a sí mismo.

Los griegos vinieron a Felipe y Andrés con el deseo de ver a Jesús. ¿Creen que ellos pensaban que sería por medio de un árbol que la muerte seria vencida?

Jesús les dice el verdadero motivo del deseo de verlo: Ha llegado la hora” dijo Jesús “en que el Hijo del hombre sea glorificado.”

Jesús no podía ser glorificado sin cumplir con la voluntad del Padre: Ahora está turbada mi alma,” el dijo, “¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.”

Una voz del cielo anuncia la glorificación de Cristo. La voz explicó cómo será glorificado a Jesús. Jesús será glorificado por su victoria sobre Satanás: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”

El evangelista San Juan dice que Jesús decía esto “dando a entender de qué muerte iba a morir.”

Qué extraño es el Dios que tenemos…

Cuan contrario son los caminos de Dios en contraste con las expectativas de nuestro mundo.

¿Ser levantado en la cruz es ser glorificado?

Ser levantado en la cruz en la muerte ilustra para nosotros como es Dios. Que Jesús es un Dios de vida porque es un Dios que muere. Que el árbol de la cruz es el árbol para la vida del mundo. Que la muerte de Jesús trae vida al mundo. Que la muerte de Jesús trae esta vida a todas las personas.

Jesús les dice a estos griegos otra declaración desconcertante: que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto.”

Cuando Adán y Eva comieron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. En el Edén, vino la muerte al mundo.  Adán y Eva entendieron el resultado de su pecado. Ahora tendrían que trabajar y sudar. Ahora tendrían que trabajar la tierra y sembrar semillas que morirían. Adán y Eva sabían lo que pasaría en la muerte de estas semillas: Que habría fruto nuevo para comer, que habría fruto nuevo para sustituir el fruto del paraíso, que habían perdido con su pecado.

El ritmo de la naturaleza es el ritmo de sembrar y cultivar, el ritmo del descenso en la tierra y el ascenso en la creación con los arboles fructíferos.

Jesús es la semilla de la nueva creación. El creador de todo debe hacerse uno de nosotros. Debe ser concebido por el Espíritu Santo. Nacer de la Virgen María. Padecer bajo Poncio Pilato. Ser crucificado y morirse en el árbol.

Como todas las semillas antes de El, este cordero que fue matado debe ser enterrado en la tierra.

Pero la muerte y el entierro de este cordero son para la vida del mundo. Y en el tercer día, comienza su ascenso hacia el cielo levantándose de la muerte.

Su resurrección es el primer fruto de todos que se han fallecido. Su ascensión es nuestra entronización en el cielo incluso ahora entre los santos que están con El.

El foco de nuestra vida se basa en el árbol de la cruz. Esa cruz ahora es el árbol de vida. Esa cruz es donde Jesús nos sirvió al dar su vida en rescate por todos.

Ser siervo de Cristo es un llamado a seguir a Jesús en sufrimiento y muerte. Ser siervo de Cristo es ser levantado en sufrimiento como Jesús fue levantado. Ser siervo de Cristo es interpretar nuestros sufrimientos y los sufrimientos del mundo por medio de la pasión de Cristo Jesús.

Muchos que contemplan esta cruz cumplirán con la profecía de Isaías. Ellos no verán ni oirán, ellos no serán sanados por la sangre que brota de las heridas de Cristo para dar salud y restauración a un mundo roto por el pecado.

Porque tienen miedo de confesar esta “Pasión” del Cristo. Pero ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús.

La pasión de participar y proclamar el sufrimiento y la muerte de Cristo a un mundo caído.

Ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús. Levanten sus ojos para ver en la cruz su Dios.           
Vean el Dios que sacrificó su vida para ustedes. Vean el Dios que expió por sus pecados por medio de una muerte brutal y violenta.         

Si ustedes desean ver qué tipo de Dios tienen,  levanten sus ojos al árbol y vean la Pasión del Cristo.

El objetivo de la pasión de Cristo ha sido alcanzado. Consumado es. La hora ha llegado. Es glorificado el Hijo del hombre.                                                                              

Amén.





sábado, 8 de junio de 2019

El regreso de Cristo está cerca y nos preparamos para ello.



Antiguo Testamento: Daniel 12:1-3

Nuevo Testamento: Hebreos 10:11-25

Santo Evangelio: Marcos 13:1-13



Es común decir o escuchar: “Esa persona tiene un buen corazón”. Por lo general, con esto queremos decir que son amables, generosos, amorosos o algo por el estilo.  Esto puede ser cierto para nuestros parámetros sociales o morales. El problema es que muchas veces llegamos a conocer personas que pueden ser de “buen corazón” pero que al tiempo descubrimos defectos, vicios y pecados que nunca nos hubiéramos relacionado con ellos. Es allí que podemos pensar que si ni siquiera las personas que considerábamos buenas lo son, que nos queda para el resto de los mortales… si las personas que parecían tener una vida perfecta no la tienen… quién la tiene?? Si oímos que Dios nos dice sean perfectos con Él lo es…

El concepto de pureza de Dios es la perfección total. Creemos que ya tenemos suficientemente con esforzarnos en no tener acciones, pensamientos e intenciones pecaminosas.  Que cumplir con “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás” es  un gran esfuerzo. Pero Jesús muestra que la Ley de Dios va más allá, va al corazón: no odiar, no desear a otras mujeres u hombres que no sean nuestros cónyuges, no codiciar. Él nos dice que los planes y deseos de hacer el mal son acciones pecaminosas en sí mismas, incluso sin llegar a cometer dichas acciones. Eso tiene que ser una noticia devastadora para cualquier persona que está construyendo su propia escalera para llegar al cielo, tratando de acceder a Dios por sus propias acciones o buenas obras. Es como subir por una escalera con peldaños agrietados y rotos sólo para darte cuenta de el camino al cielo tiene muchos kilómetros por encima de tu pequeña escalera. Al examinar nuestros corazones, vemos que nunca podremos ser considerados puros o perfectos. El egoísmo, la amargura, los celos, la rivalidad, la codicia afloran de nuestros corazones mas a menudo de lo que quisiéramos. El problema no son solo las consecuencias de nuestros pecados las que tenemos que soportar,  sino que esto nos dice que  hemos fallado y no alcanzaremos la vida con Dios. 

Si esto ha sacudido su auto-confianza, entonces es algo bueno. La Palabra de Dios debe sacudir la confianza en nuestras obras y nuestra capacidad para llegar a Dios, así no colocaremos nuestra confianza en nosotros mismos a la hora de dar cuentas a nuestro creador. Más bien, necesitamos la confianza de que el escritor a los Hebreos habla. Él dice que podemos tener confianza para “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,  por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Realmente podemos tener una confianza inquebrantable de nuestra presencia en el cielo y de disfrutar la eternidad junto a Dios. No es una confianza en nosotros, sino que confiamos en la sangre de Jesús, que abrió el camino de acceso al Padre. Es a través de Jesús que podemos tener un corazón puro. Esto es lo que sucede: podemos acercarnos a Dios con un corazón sincero, en plena certidumbre de fe con los corazones purificados. 

Nuestros corazones son lavados y hechos puros por Cristo. Un corazón perfecto es inalcanzable para nosotros pero nos es dado solo por él. El versículo 14 dice: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. De una sola vez la muerte de Jesús nos limpió perfectamente para siempre. El trabajo sobre nuestra santificación, el proceso de ser hecho santo en esta vida, no es completo, pero el versículo 22 dice “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. Una mala conciencia, una persona culpable es limpia en Cristo. El corazón pecador que se ve bajo el juicio de Dios es puesto en libertad por medio de Jesús. Todas las cicatrices, las heridas de los pecados del pasado y las heridas que pesan sobre nuestro corazón están purificadas. La sangre de Jesús nos limpia como una lluvia de agua pura que cae sobre nosotros en nuestro bautismo, lavándonos y dejándonos limpios a la vista de Dios. Dándonos la renovación del Espíritu Santo para continuar la obra de Dios en nosotros a fin de reflejar su amor y misericordia al mundo. 

En el bautismo Dios pone un corazón puro en nosotros, tal como lo prometió desde los tiempos del Antiguo Testamento. Nos limpia con agua de toda impureza y pone un corazón y un espíritu nuevo (Ezequiel 36:25-26). Dios prometió que este cambio de un corazón de piedra en un corazón de carne incluiría el don de su Espíritu, para que seamos cuidadosos en obedecer las leyes de Dios (Ezequiel 36:27). Nuestros cuerpos fueron lavados con agua pura, nuestras conciencias limpias, libres de culpa, estamos listos en un nuevo camino de obediencia en la vida. No nos basamos en esta nueva obediencia para acercarnos a Dios. Nuestra confianza está en la sangre de Jesús derramada por nosotros. Esta confianza y plena seguridad de fe en Cristo Jesús, da lugar a la segunda cosa que tenemos que hacer, después de acercarnos con un corazón sincero. 

Mantenernos firmes en la profesión de nuestra esperanza. La fe siempre trae aparejada una confesión de si misma, al reconocer o hablar de Dios, de lo que Él nos ha dicho o hecho por nosotros. Mientras que la fe es la confianza en Dios en nuestro corazón, no se queda ahí, sino que nos hace hablar. Nuestra fe no puede permanecer en silencio o invisible. A Pedro y Juan le pidieron que no hablaran de Jesús, y respondieron: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20). Lo mismo sucede con cada cristiano. No podemos mantenerlo embotellado como si no hubiera nada que contar, ni a nadie transmitir este mensaje. La alegría y la esperanza de la salvación que tenemos en Cristo Jesús, naturalmente, produce hablar de ello. Nosotros, como sacerdotes escogidos por Dios hemos sido limpiados y renovados para “proclamar las maravillas” de aquel que hizo grandes cosas por nosotros (1 Pedro 2:9). Esto no quiere decir que siempre será fácil, sencillo y produzca buenas reacciones. 

No siempre somos “voceros de Dios”. La sociedad quiere que seamos cristianos mudos, silenciosos ante la oposición o desaprobación, silenciosos cuando llegan oportunidades para hablar de nuestro Dios. Ante una oportunidad para hablar de la bondad de Dios algunas veces no podemos, por miedo o timidez. Necesitamos recurrid a Dios para que abra nuestras bocas, nos provea de oportunidades y nos use como fieles mensajeros. Estamos llamados a aferrarnos a nuestra confesión de esperanza. Aferrarse es lo contrario de ser evasivo, desinterés o vacilación. Es ser firmes y decididos, tener confianzas y certezas. Pero esta confianza y certidumbre no nace de nosotros mismos, sino de la fidelidad de Cristo. La esperanza que tenemos en Él, no es una esperanza que decepciona (Romanos 5:5), sino que es una esperanza segura de que Dios cumple sus promesas. Él imprime esta certeza en nuestros corazones por la fe. 

El último punto de la lectura a los Hebreos de hoy es considerar cómo vamos a “estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Motivarnos, instarnos unos a otros a hacer el bien y a mostrar el amor de Dios. No caer en la complacencia o inactividad de la fe, sino ponernos a trabajar en su reino. En la vida hay un escenario completo y complejo para que podamos practicar su amor y buenas obras con sus amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos e incluso a sus enemigos. Considere cómo podemos alentarnos unos a otros. ¿Hay algún talento especial o don que tengas que puedas poner a trabajar en la iglesia o en la comunidad? 

Al parecer ya era un problema en la iglesia del primer siglo que los cristianos dejaban de congregarse. Se estaba convirtiendo en un mal hábito. Hoy tenemos el mismo problema. Muchas veces nos pasa que el Oficio es sólo una de las muchas tareas en nuestra lista de tareas y que a menudo se cancela cuando surgen otras prioridades. ¿Es posible ser cristiano sin unirse a una comunidad? La respuesta es que sí, es posible. Es algo así como ser un estudiante que no va a la escuela. Un soldado que no se une al ejército. Un ciudadano que no paga sus impuestos ni vota. Un vendedor sin clientes. Un vendedor en una isla desierta. Un padre sin familia. Un jugador de fútbol sin equipo. Para decirlo de manera más bíblica, sería como un ojo que cree que no necesita un cuerpo.

Los cristianos encontramos en el tercer mandamiento una clara llamada a permanecer en la Palabra de Dios. Pero más que hacerlo porque es un mandamiento, simplemente lo hacemos por la misma razón que comemos. No podemos sobrevivir sin comida y así también nuestra fe se moriría de hambre sin la Palabra de Dios y los Sacramentos. Es como alejarse de la fuente de la salud y alimento y esperar sobrevivir. La vivencia comunitaria de la fe cristiana en las Escrituras es inconfundible. Se nos describe como una edificio espiritual montado sobre piedras vivas, un sacerdocio santo (1 Pedro 2:5), un cuerpo con miembros unidos y articulados entre sí (Efesios 4:19, 1 Corintios 12), los miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19). Nosotros no estamos destinados a estar solos. La iglesia es el lugar principal donde estimularnos al amor y a las buenas obras. Es el lugar donde nos animamos unos a otros y preparamos para una vida marcada por la confesión de nuestra esperanza. Nos preparamos para vivir en el mundo como creyentes confesando a Dios. Porque sabemos que el día en que vendrá a buscarnos se acerca. El próximo domingo se celebra el último domingo de nuestro Año Eclesiástico y es en esta época del año donde nos afianzamos en el prometido regreso del Señor.


La expectativa de su regreso nos llama a examinar la forma en que llevamos adelante toda esta vida cristiana. Y de nuevo veremos que un corazón limpio, una confesión de fe son sólo la nuestra, por la misericordia y la sangre de Jesucristo, no por cualquier éxito o el logro de los nuestros. Confesamos nuestros pecados y volvemos a la única fuente de misericordia prometida. Sólo por lo que Jesús ha hecho, por morir y resucitar por nosotros podemos tener la confianza de que Él nos ha abierto el camino al Padre. Él descendió del cielo para llevarnos a estar con Él. Así que si dejamos nuestras escaleras, consideramos que es una buena cosa pero nuestra confianza no descansa en nosotros mismos, sino en el Dios que es fiel a lo que Él ha prometido. Día a día estamos preparándonos para el día final cuando Cristo regrese, cuando nuestra esperanza se haga realidad y vamos a entrar en el cielo por el camino que es Cristo. Con un corazón puro por su sangre vamos a ver a Dios. A partir de este día en adelante y hasta ese día, acerquémonos a Dios con corazón sincero.