viernes, 15 de febrero de 2019

Comer para vivir.


  

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                 

Primera Lección: Josue 24:1-2, 14-18

Segunda Lección: Efesios 5:6-21

El Evangelio: Juan 6:51-69

Sermón.


Introducción. En nuestra familia siempre nos preguntábamos a la hora de reunirnos si comíamos para vivir o vivíamos para comer. Esto se daba porque siempre había mucha comida y sobraba mucha comida. En la lectura del Evangelio de hoy Jesús habla de que es necesario comer para vivir, pero Él amplia nuestro concepto de vida y de qué es necesario para vivir eternamente. Esta afirmación llevó a muchos de sus oyentes de distancia.


Lo que realmente da vida. Resulta curioso comparar lo que sucede con Jesús en la lectura de hoy, con la sabiduría popular que hay en muchas iglesias con respecto al crecimiento de estas. Jesús tenía a su alrededor una multitud, a quienes les predicaba, pero al final de su sermón, aparentemente se quedó con muy pocos seguidores. Muchos opinan que hay que acomodar el Evangelio a la gente, que la Palabra de Dios tiene que ser expuesta de tal manera que sea más aceptable sobre temas difíciles, no tiene que crear fricción o incomodidad, no debe denunciar el pecado y cosas similares. Jesús, sin embargo, presenta algunas de las cosas más difíciles que alguna vez enseñó a los suyos.


Cuando Jesús dijo que Él es el pan vivo del cielo, explicó que este pan, que da vida al mundo, es su carne. Los judíos inmediatamente preguntaron cómo es que puede dar de comer su carne. ¿Acaso está tratando de promover el canibalismo? En lugar de aclarar esto que era ofensivo, hace una declaración aún más difícil de entender y aceptar: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Esta fue la mayor sorpresa y ofensa para los judíos. El Antiguo Testamento dice que los israelitas tenían estrictamente prohibido comer o beber sangre, porque se creía que la vida de las personas y los animales estaba en su sangre (Levítico 17:10-15). El castigo por desobedecer era que Dios no miraría con agrado a esta persona y que tendría que ser quitado del pueblo de Israel, eliminado de la comunidad del pacto. Por eso es ofensivo que Jesús les dijera que tenían que debían comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y permanecer en Él. Él estaba mostrando que esta ley del Antiguo Testamento, que prohibía beber sangre, era una preparación para que puedan comer del único que puede dar vida eterna. Él es el pan que nos alimenta para vivir para siempre. Sólo viviendo de la vida de aquel que vive para siempre, nosotros podremos vivir para siempre. 


Cada comida que comemos en esta vida, ya seas carnívoro o vegetariano, es una lección de que vivimos todos los días de la muerte de otra cosa. Todos los alimentos que necesitamos vienen de la muerte de alguna planta o animal. No podemos sobrevivir de las rocas o arena, tenemos que comer algo que una vez tuvo vida. Pero, inevitablemente, incluso comer este alimento no impedirá que algún día muramos. Nuestra vida no puede mantenerse eternamente por este tipo de alimento terrenal, no importa qué tan saludable sea la dieta que elijamos. Pero sólo hay un tipo de alimento, de la cual Jesús habla aquí, que da la vida eterna. Cuando comemos la carne de Jesús y bebemos su sangre, vivimos a causa de Él. Vivimos por la muerte de otro, la muerte de Jesús en la cruz por nuestros pecados. Él ha dado su carne como pan para la vida del mundo. Por eso su carne y su sangre son su vida por nosotros, su vida de resucitado mora en los que comen y beben de Él.


Tratamos de preparar nuestra propia comida. Así de impactante eran las palabras de Jesús en este sermón, que muchos de sus discípulos dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” En efecto, para ellos Jesús había ido demasiado lejos. ¿Cuantas veces tratamos de persuadir a Jesús para que no nos incomode? ¿Qué cosas te son demasiado difíciles de escuchar? Jesús sabía que ellos se quejarían y dijo: “¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” Si fue  difícil para ellos creer que Él era el pan del cielo, que era Dios hecho carne, que vino para dar su vida por el mundo y que la vida eterna se encuentra sólo en Él, ¿qué pensarían al ver a Jesús elevarse al cielo? Las obras de Dios son demasiado increíbles para creer. Pero Jesús no les da lugar para ablandar su enseñanza. Es más, luego afirma que estas palabras son espíritu y son vida la carne no sirve para nada.


En esta afirmación Jesús no se está refiriendo a su propia carne, sino estaría en contradicción con todo lo que dijo antes sobre su carne otorgando vida eterna, que su carne es verdadera comida y es pan de vida. Él se refiere a nuestra carne y mente pecadora que no reciben sus enseñanzas. Él está diciendo que nuestra carne pecadora se opone a Dios y no cuenta con Él para nada, ya que rechaza la Palabra de Dios y el obrar del Espíritu. Entonces Jesús se refiere a aquellos que, como Judas, no creen y explica que sólo se puede llegar a Jesús y tener fe si el Padre los atrae hacia Él. Así que esta es la razón por la cual la carne no ayuda para nada, porque no puede comprender o llegar a las cosas de Dios. No tenemos ningún poder en nuestra carne pecaminosa para buscar a Dios. Sólo su Espíritu y su Palabra pueden despertar la fe en nosotros. 


Estas palabras fueron tan escandalosas para los oyentes de Jesús que muchos de sus discípulos se dieron la vuelta y no quisieron andar más con Él. Lo mismo pasa en muchas ocasiones hoy día. La iglesia cristiana no debe cambiar el Evangelio para mantener a los oyentes. Algunos pueden sentirse ofendido por el mensaje y seguir su propio camino. Jesús no va a diluir su Palabra para que nos sea más aceptable. Cuando nosotros tratamos de hacerlo corremos el riesgo de perder y distorsionar completamente el Evangelio. 


Jesús tenía un amor muy profundo por la Verdad de Dios, tanto que Él preguntó a sus discipulos si ellos también lo dejarían. Pedro le contestó con las palabras “Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Damos gracias a Dios que Él crea en nosotros la fe y nos atrae cerca de Él para creer, incluso en una enseñanza sorprendente de que debemos comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. 


Comer y beber de Cristo para vida eterna. ¿Qué es exactamente lo que quiso decir al comer y beber su sangre y carne, y sobre todo cómo hacemos esto? ¿Quiere decir tenemos que practicar una especie de canibalismo? Es evidente que no. ¿Se refiere al consumo de su carne y sangre en la Santa Cena? ¿O hay otro tipo de alimentación? Se trata de un tipo diferente de comer de lo que hacemos con nuestras bocas y estómagos. Jesús aquí está hablando de un comer espiritual y de una comida que se da por la fe. Así como nuestro cuerpo necesita nutrientes de los alimentos, nuestra alma también necesita este alimento eterno de la carne y sangre de Jesús, la vida del mundo. Jesús habla aquí de un comer espiritual. Él dice que comer y beber de Él es tener vida eterna. En este capítulo, Jesús dice que cualquiera que lo mira a Él y cree en Él tiene vida eterna (6:40), que quien oye y aprende del Padre viene a Él y cree que tiene vida eterna (6:45, 47). 


Así que Jesús a quienes oyen y creen en Él les otorga lo mismo que a quienes comen y beben de Él. Así que comer y beber de Jesús es escuchar y creer en Él y recibirlo como aquel que Dios ha dado para dar vida al mundo, y aferrarnos a esta verdad en todas las dificultades y tentaciones. 

Quedamos satisfechos de Jesús cuando escuchamos la Palabra de Dios, leída, predicada, hablada entre nosotros, cuando recibimos los sacramentos por medio de la fe. Sólo para los que comen y beben de Cristo en este camino espiritual, por la fe, es la vida eterna. Jesús dice que todos los que comen de Él de esta manera tienen vida eterna. Él dice: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. 


Además de esta forma espiritual de comer y beber a Cristo por la fe, también hay una segunda forma en que comemos de Cristo, y eso es a través de la Cena del Señor. En esa comida nos da su cuerpo y sangre en nuestra boca, así que lo que comemos en el pan y bebemos en el vino, es realmente el cuerpo y la sangre de Jesús. No como un símbolo, sino con su presencia real, de manera misteriosa. Comemos su cuerpo y sangre para nuestro perdón y vida eterna. Pero incluso esta segunda manera de comer la carne de Jesús y beber su sangre no es de ningún beneficio para nosotros a menos que comamos de Él espiritualmente por la fe. Sin la fe en Jesús como el Hijo de Dios y sin creer en sus beneficios de gracia para nosotros en su muerte en la cruz y en su resurrección, en realidad es perjudicial recibir la Cena del Señor. De hecho, estamos tomando la Cena del Señor para nuestro perjuicio y daño en caso de que la recibamos sin fe, o sin arrepentirnos de nuestros pecados. La escritura advierte que si lo comemos sin discernir el cuerpo, se come y bebe juicio y la participación indebida en realidad nos hace pecar contra el cuerpo y sangre de Jesús (1 Corintios 11:27-32). 


Por lo tanto, Jesús no está diciendo que cualquier persona que pasa y realice la acción exterior de la Cena del Señor se le concede la vida eterna, como si esta acción de comer lo salvaría y no la fe. Solo cuando uno ha comido espiritualmente de Cristo por la fe, entonces los beneficios de la Cena del Señor se derraman también en nosotros. En primer lugar por la fe en el corazón, y el segundo por una alimentación física del cuerpo y la sangre de Cristo, realmente participamos de los dones salvíficos de Dios por nosotros: La sangre de Jesús derramada para el perdón de nuestros pecados. Así los niños o  los creyentes que todavía están pasando por la instrucción en las doctrinas básicas de la fe y aún no han comido la Cena del Señor, tienen los beneficios de la gracia, de la plenitud de Cristo, ya que comen y beben espiritualmente por la fe. No tienen que esperar hasta que hayan recibido la Cena del Señor para tener el don completo de la salvación.


Conclusión: La enseñanza de Jesús es dura y difícil de entender. Se nos invita a creer que el don de la vida eterna viene por medio de la muerte de un hombre extraordinario, que en el aspecto físico no parecía diferente de nosotros. Un hombre que hizo sorprendentes afirmaciones que sólo Dios puede hacer y ofreció su propia carne y su sangre como sacrificio para traernos vida eterna. El comer y beber su carne y sangre, simplemente es vida para nosotros y en nosotros. Muchos de los discípulos de Jesús se apartaron de Él en estas enseñanzas. Es el Espíritu quien nos afirma en la vida eterna por medio de las palabras de Jesús, mientras que el mundo puede ofrecer nada más que un disfrute temporal y muerte. Quiera Dios que nunca le demos la espalda, sino que vayamos a festejar siempre y continuamente en la comida de Jesús como alimento que nos da la vida eterna. A diario, semanal o mensualmente comemos de Cristo para que nos sostenga en el camino a la vida eterna. Hemos creído y llegado a saber que Jesús es el Santo de Dios. Ahora la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús para vida eterna. Amén.


viernes, 8 de febrero de 2019

Paz, vida y salvación.

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro. Colosenses 1:21-23.



A estas alturas de la vida y con todo lo que sucede a nuestro alrededor, hay pocas cosas que nos sorprendan. Pero por más que las cosas que suceden a nuestro alrededor no nos sorprendan, muchas de ellas nos afectan y muchas veces nos perjudican, desaniman, desorientan y confunden. Las consecuencias de los pecados son palpables en nuestras vidas. Sean pecados propios o ajenos, nos afectan y nos duelen.

Sin embargo los días de Jueves y Viernes Santo nos recuerdan que Dios no ha abandonado al universo, a la humanidad, ni a ti y a mí a nuestra suerte y oscuro destino. Es en la cruz donde Dios comienza a gestar una nueva creación, a hacer nuevas todas las cosas, a poner en armonía las cosas del cielo con las de la tierra. Es por medio de Cristo que Dios trae PAZ, VIDA y SALVACIÓN.

Uno de los riesgos más grandes que corremos en este tiempo es mirar la Obra de Dios en Cristo como algo histórico, como un hecho que ha sucedido en el pasado y que poco tiene que ver conmigo, salvo por las cuestiones culturales y de tradición. Esto nos llevaría a creer en un Dios que poco tiene que decirme, y mucho menos que se involucra conmigo y mis problemas. Sin embargo nuestro Dios nos encuentra por medio de su Palabra, nos anima y consuela por medio de su Espíritu Santo y nos muestra su interés de caminar con nosotros afrontando los problemas personales y sociales que nos aquejan en un contacto íntimo en los Sacramentos.

Alejamiento del pasado: El apóstol Pablo nos recuerda “que erais en otro tiempo extraños”, extranjeros, inmigrantes en una tierra en la cual no podíamos ni queríamos adoptar las nuevas costumbres, porque no fuimos creados para vivir así. No fuimos creados para vivir bajo el pecado y sus consecuencias, sin embargo esa era nuestra realidad. No fuimos creados para vivir en desanimo, tristeza, desolación ni desesperanza.

No fuimos creados para vivir alejados de Dios ni de nuestro prójimo, pero esa fue nuestra realidad. Sumémosle a esto que la distancia y problemas que aquí menciono no son cosas pasivas o inicuas en nuestras vidas. Por eso el Apóstol suma a su afirmación que además éramos enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras.

El pecado no solo nos volvió extraños con Dios, el prójimo y nosotros mismos, sino que nos convirtió en seres rebeldes a Dios, agresivos con el medio ambiente y quienes nos rodean. Podemos echar la culpa de lo que nos pasa a todo el mundo, a padres, hijos, autoridades, jefes, empleados, cónyuges, amigos o enemigos, a la sociedad o a Dios mismo. Pero muchas veces y con mucha facilidad olvidamos el ver que nosotros mismos somos parte de este problema. Allí, en nuestra persona, es donde Dios viene a aplicar el remedio y a sanar nuestra enfermedad.

En la cruz no solo fue crucificado Cristo. Nosotros fuimos crucificados con él, nuestros pecados, delitos y transgresiones (Romanos 6:6) y esto trae consecuencias a nuestra actual manera de vivir y de pensar.

Reconciliación presente: ahora os ha reconciliado. La causa de nuestra rebelión hacia Dios, los demás y nosotros mismos ha sido eliminada. El pecado que nos impedía una sana relación con el resto de personas y nuestro creador ya no tiene peso en nuestras vidas. Cristo ha traído su paz.

Esta paz solo surge como obra de Dios y no nuestra. El tiempo no borra nuestros pecados, ni siquiera nuestras buenas intenciones o acciones lo hacen. Ni siquiera los sacrificios que hagamos, el dinero que demos a obras benéficas, ni las lágrimas de arrepentimiento pueden quitar nuestras ofensas ante Dios.

En Semana Santa vemos a Jesús en su pasión y muerte a través de procesiones, imágenes e incluso alguna película, recordemos que todo eso que vivió Jesús tiene un porque, un sentido: pagar por nuestros pecados.

Esta reconciliación no la hizo ni con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre, como dice Pablo ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte.

Aquí encontramos no solo el perdón de nuestros pecados, que es la mayor de las bendiciones que Dios nos otorga, sino que además encontramos un sentido distinto para nuestras vidas, nuestros problemas y nuestro futuro.

Los problemas no desaparecen como por arte de magia, ni se resuelven inmediatamente. Pero en el transitar por esta vida sabemos que Dios está con nosotros, acompañándonos, protegiéndonos, guiando cada paso aunque no entendamos las circunstancias que nos tocan vivir. De esto estamos plenamente seguros porque por medio de esta reconciliación en Cristo es que somos llamados “hijos de Dios”. Ya no estamos enemistados con Dios, no lo vemos como nuestro enemigo, sino como un Padre amoroso que cuida de sus hijos en el presente y que nos guía hacia una victoria final en el futuro no muy lejano.

Perfección futura.

Toda la encarnación, muerte y resurrección de Cristo por nosotros tiene una gran implicancia futura, y es para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. Esta obra de reconciliación es completa, no  podemos agregar nada a ella, solo seguir en el camino de arrepentimiento y fe para vivir diariamente el perdón y paz de nuestro Dios. Además diariamente podemos mirar nuestro futuro con esperanza y paz. Esta paz que con tanta frecuencia se ve frustrada por las lágrimas, el desconsuelo, brillará en nuestros corazones de manera definitiva cuando el Señor nos lleve definitivamente a su Reino.

Esta esperanza es firme y segura, porque no depende de nosotros, sino de las promesas de Dios. Porque ante Dios seremos presentados como lo que somos en Cristo: un pueblo santo, sin mancha e irreprensible. Gracias a que hemos sido hechos nuevas criaturas por medio de la Fe que nos ha sido dada en Cristo Jesús.

Habiendo sido extraños y enemigos, ahora somos parte de la familia y herederos de su reino, estamos reconciliados y viviremos con él por la eternidad. Recordemos que entre este estado actual y el futuro, Dios sigue obrando constantemente en nosotros, preparándonos, puliéndonos, pero sobre todo perdonándonos todos nuestros pecados. Esto se lleva a cabo en nuestras vidas en las batallas diarias que nos toca afrontar, entre los fracasos y alegrías, las lágrimas y risas. Recuerda que no serán nuestras propias fuerzas las que nos permitan salir airosos de estas vivencias sino el poder de Dios mismo desplegado en nuestra debilidad. El poder de Dios que llega a ti por medio de la Palabra y los Sacramentos, que una y otra vez te dicen: “Ya no eres un extraño o enemigo, ahora eres parte de mi familia porque por medio de la obra de Cristo te he dado el perdón completo de todos tus pecados”.

Que pongas los ojos en Cristo, el autor y consumador de tu fe. Que en Él encuentres la paz y certeza del amor de Dios por ti y la seguridad del perdón de todos tus pecados  porque Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.  No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. (Gálatas 2:20-21)

viernes, 1 de febrero de 2019

Tu reino viene.


Tu reino viene

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

El Evangelio: Juan 12:12-19

Sermón Miedo,

Penuria y violencia, ésos son los rasgos característicos del mundo actual. Los grandes descubrimientos y conquistas del espíritu humano de nuestra época se limitan casi exclusivamente a la técnica, y ésta, en su mayor parte, es perfeccionada para la destrucción del género humano. ¡Paradójica situación, la del mundo actual! El ser humano, orgulloso de sus inventos y adelantos técnicos, se siente al mismo tiempo esclavizado, gimiente y aterrorizado ante las creaciones de su propio espíritu!


Como cristianos, tú y yo, como seres que no vivimos para el mundo presente solamente, sino a través del mundo para la eternidad dichosa que nos espera, ¿qué actitud asumimos en este mundo? Como cristianos, ¿vivimos realmente en el mundo? ¿O nos apartamos, nos aislamos del mundo escondiéndonos tras el alto muro de nuestros elevados ideales cristianos? Por cierto que hay cristianos tales. Hay cristianos que dicen diariamente el Padrenuestro, que dicen también la petición: “Venga tu reino”, y después de haberla dicho sus manos permanecen juntas, quietas, muertas. Y sus labios permanecen mudos... hasta el día siguiente, hasta la siguiente hora de las plegarias.


Para el cristiano consciente y verdadero, activo y responsable, esa petición del Padrenuestro es más, mucho más que una mera frase. Esa petición le recuerda su propio estado de gracia, pero le recuerda también su propio deber de cristiano en este mundo. Un cristiano tal siente arder en su corazón las lágrimas que Jesús derramó en un día como el de hoy sobre una ciudad y sus habitantes. Al recordar ese episodio de las Sagradas Escrituras, el verdadero creyente no puede sino exclamar agradecido y lleno de celo santo: Tu Reino Viene a nosotros y por medio de nosotros.


I A nosotros. Domingo de Ramos llamamos este día del Señor. Y recordamos en él un hecho singularísimo en la vida de nuestro Señor Jesucristo. El santo evangelio para este domingo nos cuenta de un Jesús que no se muestra esquivo y apático a los honores que le tributa la muchedumbre, sino de un Jesús que va al encuentro de las alabanzas jubilosas que se le tributan. Es que su hora había llegado. La ciudad de Jerusalén estaba de fiesta. Faltaban solamente unos días para la celebración de la pascua judía. La ciudad toda bullía con esa alegre nerviosidad, llena de expectativa y preparativos, que siempre precede a las grandes festividades. Además, habían venido en esos días numerosos hebreos que residían en lo interior del país y aun en países vecinos. Las grandes festividades pascuales los reunían de nuevo cada año en la ciudad santa.


Pero no solamente la próxima fiesta era el comentario principal en que se ocupaba aquella multitud. De boca en boca corría y se repetía un nombre, un nombre ligado a milagros, un nombre ligado a esperanzas milenarias: ¡Jesús, Mesías, rey de Israel! Corazones anhelosos y llenos de expectativa eran los de aquella multitud que sabía que Él estaba en las proximidades.


Y de pronto llega, el tan comentado, el esperado. ¿Y cómo viene? Dice el santo evangelista: “Y Jesús, habiendo hallado un asnillo, se sentó en él”. Sentado sobre un humilde asnillo entra Jesús en la ciudad de Jerusalén. Imaginando aquella escena, pensando en la fastuosidad romana de aquella época, a la cual estaba acostumbrado también el pueblo de aquella ciudad, se nos avecina la idea de que la multitud debió encontrar ridícula esa entrada de Jesús de Nazaret. Pero no fue así. Pues Jesús no viene solamente con señales externas de humildad, sino que allí, en esa hora, se cumple una antigua profecía. ¡Jesús viene, Él entra en Jerusalén, así como su Padre celestial lo había anunciado casi 500 años antes por boca del profeta Zacarías. Todo aquello sucedió “según está escrito”, dice el santo evangelista. ¿Y qué estaba escrito? Escrito estaba: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey, sentado sobre un pollino de asna”. Así decía la visión profética y así aconteció cientos de años después, cuando llegó la hora. ¡Es que Dios, el Eterno y Omnisciente, el Santo y el Misericordioso, cumple la palabra que una vez puso en boca de sus profetas y en los oídos de su pueblo! Y por eso aquella multitud también prorrumpe en las antiguas exclamaciones de júbilo con las cuales se recibía a los reyes y héroes victoriosos. Dice el evangelista: “Tomaron ramos, de palmas, y salieron a su encuentro, aclamando: ¡Hosanna! ¡Bendito el rey de Israel, que viene en el nombre del Señor!" Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito”.

Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito”. La época que sirvió de marco a esos acontecimientos no era una época feliz para el pueblo judío y las páginas de su historia nacional. En el aspecto material era una nación oprimida y avergonzada bajo el yugo del conquistador romano; era una nación que clamaba por un libertador de la opresión extranjera. En el aspecto espiritual, según las propias palabras del Señor Jesucristo, las multitudes del pueblo eran verdaderamente dignas de lástima, “porque estaban acosadas de necesidad, y andaban dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mat. 9:36).


Hacia ese pueblo que estaba en la desgracia y se hallaba descarriado vino el Mesías y Rey en ese día memorable. Mansa y humilde es la actitud de ese rey hacia sus súbditos. No en vano había dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mat. 11:29). Mansa y humilde fue sin duda también la mirada con que ese rey observaba a aquella muchedumbre. Allá lejos sus ojos divisaban una cruz solitaria y una angustia sobrehumana. Hacia allí se encaminaba decididamente, como un rey que sabe que saldrá victorioso aun antes de entrar en la lucha final. También eso “estaba escrito”; pues ese rey era aquella simiente de la mujer que le quebraría la cabeza a la serpiente. .. “Bendito el rey de Israel”, seguía clamando la multitud. Al oírlos, al mirar con sus ojos divinos en sus corazones entusiasmados, pero vacíos de anhelos espirituales, aquel rey lloró sobre aquella ciudad y sus habitantes, diciendo: “¡Oh si hubieras conocido, tú, siquiera en este tu día, las cosas que hacen a tu paz! ¡Mas ahora están encubiertas de tus ojos!” (Luc. 19:42). Sí, ningún pueblo y ninguna ciudad han vuelto a experimentar en tal medida la gracia de Dios y su buena voluntad como lo experimentaron en aquel día Jerusalén y sus habitantes. ¡En aquel día Dios fue al encuentro de los hombres con toda magnificencia! ¡Aquel día, el Espíritu de Dios puso en los labios de los hombres el testimonio de la verdad... y los hombres estaban ciegos!


En esta hora Cristo el Rey viene a ti. A ti se dirige, cuando dice: “Decid a la hija de Sión”, a ti te nombra como un miembro que eres de la Iglesia Cristiana. Hoy como entonces Él viene a ti y los demás hombres con su mensaje de la reconciliación, el Evangelio de la paz, diciéndote también a ti, “según está escrito”: “No temas; porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío” (Is. 43:1). ¡Oh, quiera Dios que conozcas, tú, en este tu día, lo que sirve a tu paz! Dondequiera que se predica el Evangelio de Cristo, allí está Cristo llamando a la puerta de los corazones y diciendo: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey”. Sí, Dios viene a nosotros porque nosotros no pudimos ir a Él. Manso y humilde viene, sin fastuosidad, sin ánimo de impresionar a los pobres y hacerlos sentirse más pobres. Por esta razón vino su Hijo al mundo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).


Por causa del amor de Dios para con los hombres, nosotros podemos exclamar hoy llenos de gozo: “¡Tu Reino viene hacia nosotros!” Pero ese mismo amor divino que experimentamos en nosotros debe impulsarnos también a que exclamemos, llenos de amor y celo santo, en segundo lugar.


II Tu Reino viene, por medio de nosotros. Entre aquella multitud que recibió con hosannas y bendiciones al Señor Jesús a las puertas de Jerusalén había presentes tres clases definidas de personas.


Una clase de aquellas personas estaba formada por ese grupo que el santo evangelista describe en los versículos 17-18, diciendo: “La gente, pues, que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le levantó de entre los muertos, daba testimonio de ello. Por esto también la multitud salió a recibirle; porque oyeron decir que él había hecho este milagro...” Seguramente que estos últimos formaban la inmensa mayoría de aquella muchedumbre, la que con más entusiasmo y poder gritaba sus hosannas y sus: ¡bendito sea! Ese grupo numeroso se encuentra con frecuencia en aquellos lugares donde se reúnen muchedumbres. Aquí están presentes, “porque oyeron decir que él había hecho este milagro”. Días más tarde están presentes, porque quieren ver a quién Poncio Pilatos va a darle finalmente la libertad, si a Barrabás, el ladrón, o si a Jesús de Nazaret. Y solamente horas más tarde gritan de nuevo. “¡Quítale, quítale! ¡Crucifícale!...” Oh, el Señor Jesús conocía a ese grupo. Lo conocía tan bien, que de él dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Mar. 7:6)... ¿Será necesario, amigos, que le busquemos ubicación a este grupo en la sociedad de nuestra época actual? Yo creo que no.


El otro grupo que notamos entre la multitud que esperaba a Jesús en aquel día está descrito con las siguientes palabras en el versículo 19: “Por tanto los fariseos dijeron entre sí: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”. . . Seguramente este segundo grupo no era tan numeroso como el primero. Éste era un grupo algo apartado, silencioso, hosco, suspicaz y fanático. Pocos contactos amables habían tenido ellos con Jesús de Nazaret. En los oídos de este grupo resonaban aún aquel juicio y aquella pregunta que cierto día les dirigiera ese Jesús, cuando los apostrofó: “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo evitaréis la condenación del infierno?” (Mat. 23:33).


Estos fariseos y sus semejantes no amaban realmente al pueblo que pretendían conducir. No lo amaban, pero tenían necesidad del apoyo y la aclamación de ese pueblo. Eran gentes que no podían vivir sin las alabanzas y loas de sus prójimos. Y ahora, al ver que la muchedumbre aclamaba al odiado Jesús de Nazaret, “dijeron entre sí: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”... Creo que tampoco a este segundo grupo necesitamos buscarle ubicación en la sociedad humana actual; pues los falsos profetas, tanto en el sentido material como en el sentido espiritual, forman legión en nuestros días.


Y queda, finalmente, un tercer grupo que observamos entre la muchedumbre de aquel Domingo de Ramos. Nos lo imaginamos un grupo bastante reducido. El santo evangelista lo menciona en el versículo 16, diciendo: “Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; mas cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él...” Los discípulos se mantenían cerca del Señor. Jesús estaba sentado sobre los vestidos que algunos de ellos habían puesto sobre el asnillo. Otros de los discípulos tendían sus vestidos por el camino para que Jesús cabalgase como sobre una blanda alfombra. También los discípulos aclamaban al Señor Jesús. Y la aclamación de ellos agradaba al Señor, tanto, que respondió al reproche que le hacían los fariseos al respecto, diciéndoles: “Os digo que si éstos callasen, las piedras clamarían” (Luc. 14:40). Y ellos seguían aclamando. Verdad es que ellos “no entendieron estas cosas al principio”, no sabían cuál era la verdadera causa de aquella jubilosa recepción que la muchedumbre hacía a su querido Maestro, ni tampoco sabían por qué ellos mismos entonaban las proféticas alabanzas de los Salmos. Pero ellos eran los discípulos. Ciertamente, el uno o el otro se sintieron luego escandalizado y desorientado por el episodio que días después se desarrolló en Getsemaní y en Gólgota. Pero cuando el Señor resucitado les ordenó que se reuniesen en Galilea y le esperasen, ellos obedecieron. Ellos eran los discípulos. Ellos estaban reunidos y mirando al cielo cuando el Señor ascendió allí, ellos estaban reunidos y orando, tal como les fue ordenado, aquel maravilloso día de Pentecostés. .. Y “cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él”, dice el santo evangelista. Los discípulos se acordaron, leyendo las profecías del Antiguo Testamento, recordando los episodios de su vida en compañía con el Señor, “de que estas cosas estaban escritas de él”.


En este tercer grupo descubrimos esta particularidad: ¡eran lectores, eran estudiosos que escudriñaban las Sagradas Escrituras! Esa lectura y la bendita ayuda del Espíritu Santo los condujo finalmente a un conocimiento tan seguro y firme, feliz y constante, que aun ante la amenaza de la prisión y la muerte misma, estos discípulos declaraban: “Pues en cuanto a nosotros, no podemos dejar de hablar las cosas que hemos visto y oído” (Hech. 4:20)... Y en consecuencia, esos discípulos del Señor, sus apóstoles, hablaban, predicaban el Evangelio de la salvación sin temor, sino con alegría y entusiasmo, convicción y celo santo. Ellos mismos se consideraban apóstoles, enviados, mensajeros del Rey Jesús, el Salvador del mundo. Así dice al respecto el apóstol Pablo: “Nosotros pues somos embajadores de parte de Cristo, como si Dios os rogara por medio de nosotros: ¡Os rogamos, por parte de Cristo, que os reconciliéis con Dios!” (2 Cor. 5:20). Así, amigos, llevó adelante este tercer grupo la obra de la evangelización. ¡Eran doce hombres solamente! Pero al mismo tiempo eran doce apóstoles, doce seres humanos que no podían dejar de hablar las cosas que habían visto y oído. ¿Y qué alcanzaron esos doce hombres? Esto: ¡conquistaron el mundo! Sí, el mundo no pudo convertirlos a ellos, ¡pero ellos convirtieron al mundo! Por medio de ellos el mundo conoció el Reino de Gracia, conoció la salvación eterna del hombre por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. ¡Estos doce hombres cambiaron el curso de la historia y de la civilización humana!


Tú también conoces esa doctrina de los apóstoles. Quizás la conoces desde pequeño. ¿Has salido alguna vez, con estos tus conocimientos dichosos, por estas calles de Dios para conquistar almas inmortales para su Reino? ¿Dices también tú, como dijeron aquellos apóstoles: no puedo callarme, tengo que hablar de lo que he visto y oído? Por cierto, sería triste si tú procedieras como muchos cristianos lo hacen, que hablan de sus convicciones religiosas sólo cuando los obligan los demás, y lo hacen entonces con una falta tal de entusiasmo que se asemejan a los comerciantes escrupulosos que se ven obligados a vender la mercadería de cuya calidad ellos mismos dudan. ¡Oh, que tú experimentaras y dijeras con el santo apóstol, que declara: “Pues no me avergüenzo del evangelio; porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree!” (Rom. 1:16). Al hacer tu plan de trabajo en el Reino de Dios, no es necesario que antes te formules un gran programa. Recuerda aquel hermoso himno, que dice: Si como elocuente apóstol no pudieres predicar, de Jesús decirles puedes, cuánto al hombre supo amar. Si no logras que sus culpas reconozca el pecador, puedes conducir los niños al benigno Salvador.



Para cada cristiano, también para ti, hay un puesto de trabajo en el Reino de Dios, así como hay también para cada uno, también para ti, un lugar ya destinado en su Reino de Gloria, el cielo. Quiera conceder Dios, que al llegar hoy a la petición del Padrenuestro, que dice: “venga tu reino”, tú digas: ¡Venga tu Reino también por medio de mí! Heme aquí, ya voy, Señor”. Amén.

viernes, 25 de enero de 2019

Arrepentimiento y Confesión.

“Ahora, pues, dice Jehová, convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo. (Joel 2:12-13) 

El Oficio Divino que celebramos siempre comienza con el llamado al arrepentimiento y la confesión de pecados por parte de los asistentes. Eso es lo que el profeta Joel nos está instando. Vuelvan, arrepiéntanse, retornen… porque Dios es clemente y misericordioso. Él restaura y reconstruye. El arrepentimiento es el primer paso para cualquier trabajo de la iglesia. Lo que el arrepentimiento requiere en primer lugar es una evaluación precisa de dónde estamos, quiénes somos y lo que hacemos. Eso es lo que es Miércoles de Ceniza. Eso es de lo que se trata el tiempo de Cuaresma. Alegrarse porque hay un Salvador que busca al arrepentido de sus pecados. 

Hoy que es Miércoles de Ceniza, tenemos un nuevo comienzo. Para examinar cuidadosamente nuestras vidas debemos usar la ley de Dios, los Diez Mandamientos. Cuando somos honestos con nosotros mismos y apreciamos que hacemos lo que es natural a nuestra naturaleza pecaminosa (como culpar a otros por nuestros errores, poner excusas o excepciones hacia nosotros mismos) nos encontramos con que estamos muy lejos de las exigencias de los Mandamientos o sea de lo que Dios requiere de nosotros. Cuando uno escucha cada mandamiento vemos como se destruyen nuestros autoengaños y se aplastan todas esperanzas de vivir de acuerdo con esas demandas. Después de todo tu pecado ha colgando un cartel de muerte en tu frente que dice “Recuerda, oh hombre, que polvo eres, y al polvo volverás”. La muerte viene a por ti. Es el precio y la paga del pecado. La muerte significa juicio y Dios es un juez severo. Guardar los mandamientos es una quimera, vana ilusión. Por eso muchas veces en este día pintamos nuestras caras con hollín para recordarlo.

Todo esto está en la primera parte de la confesión que encontramos y leemos en el Catecismo de Lutero. En la parte de “confesamos nuestros pecados”. Esto no sólo significa que tener en cuenta el coste de nuestros pecados que conocemos y que nos duelen. Además significa “declararse culpable de todos los pecados, incluso los que no somos conscientes.” Allí afirmamos lo que Dios dice acerca de nosotros, que somos pecadores y que por esto pecamos. “Pecamos en pensamiento, palabra y obra por lo que hemos hecho y dejado de hacer”. No nos merecemos todo lo que Dios nos ha dado. Estamos lejos del Señor por nuestros pecados.

Pero Dios no solo nos llama, sino que viene a nuestro encuentro y aquí estamos, ante Dios, sin nada que ofrecer, salvo nuestros pecados, rogando por misericordia,

Crea en mí un corazón limpio, oh Dios, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites tu santo Espíritu. (Salmo 51)

En la segunda parte de la confesión lo que hayamos es el pronunciamiento de lo que no merecemos. Lo llamamos la absolución. Es la Solución de Dios a todos tus pecados, a todos tus males. Es el ahogamiento de nuestra naturaleza pecadora de nuevo en el Santo Bautismo.
No es magia, sino una conexión con la gracia y la misericordia de Dios. Ese Dios grande en misericordia. Ese es el don de Jesús en la cruz.

Cuando vamos a Dios con nuestros pecados está su mano extendida, que no perdona por nuestro arrepentimiento. Él no perdona porque lo que sentimos por nuestro pecado y por el deseo de no querer volver a pecar. Él perdona por causa de Jesús. Eso por esto que el Santo Bautismo es una conexión con Jesús. Sin Jesús también los pecadores arrepentidos obtendrían nada más que la ira de Dios.

Jesús es la respuesta de Dios a su ira. Hágase todas las preguntas de nuevo, sobre su vida, su muerte, sus pecados, sobre todo aquello en que ve su propio fracaso. Marquelas con una pequeña cruz.

Porque cuando tu has fallado, Jesús no lo ha hecho. Las preguntas que son tu perdición y derrota, son la victoria de Jesús. De hecho, eso es exactamente lo que significa la justicia, “guardar los mandamientos de Dios a la perfección”. En cada una de las preguntas (y más) Jesús responde correctamente. Él guarda los mandamientos a su máximo y más profundo significado. Jesús no se limita a hacer las cosas bien, es perfectamente justo en cada pensamiento, palabra y obra. Es tan absolutamente cierto que Dios el Padre dice de Jesús: “Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” Y para demostrar que esto es cierto sobre Jesús, después de que Jesús fue crucificado..., muerto y sepultado…. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos (Credo de los Apóstoles). Ninguna historia es más importante que la resurrección de Jesucristo. Él vence el pecado con la conquista de la muerte. La paga de la muerte de Jesús es la vida. 

Por eso Dios es lento para la ira y grande en misericordia. En la cruz, Jesús, un inocente, es condenado a muerte como el mayor pecador de todos los tiempos. Cada mandamiento se amontona y deposita sobre él. Uno tras otro, la paga de los mandamientos rotos se acumulan en Jesús. Sin pecado Jesús lleva nuestros pecados por medio de la cruz sobre la muerte. Su justicia es suficiente para cubrirlo todo. El castigo por el pecado es ejecutado en la muerte en Jesucristo.

Todo esto es por y para ti. La vida de Jesús. La muerte de Jesús. La resurrección de Jesús. Para ti, todo para ti. Confía en Dios que tiene misericordia y compasión de ti, porque Jesús hizo todo esto por ti. Dios se duele del desastre del pecado debido a que Jesús fue cubierto con ellos para ti. Aférrate a la fe de Jesús. Regocíjate en Jesús y su perdón. De cara a tu confesión, Jesús es la absolución. Es en las aguas de bautismo, en la fuente de vida, en la presencia de Cristo cubriéndote que el viejo Adán fue ahogado. El hombre nuevo nació en ti. Muerte y resurrección de Jesús te fue dada, es así que tu también has experimentado su muerte y resurrección. Tu confesión de los pecados no queda sin ser oída, Dios manifiesta su clemente perdón. Ese es el Santo Bautismo para usted.

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. En efecto, si hemos estado unidos con él en una muerte como la suya, también lo seremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea llevado a la nada, por lo que ya no estaríamos siendo esclavos del pecado. Para alguien que ha muerto, ha sido liberado del pecado. "(Romanos 6:3-7, NVI)

En este bautismo Dios te hace su propio hijo, parte de su familia. Esta es la realidad de nuestro arrepentimiento. El pecado y el perdón que se unen para ti en Jesucristo. Él vertió sobre ti el agua y la Palabra de Dios, Evangelio puro. La confesión y la absolución afirman que el Bautismo sigue vigente, que tu debes recordarlo y usarlo, que se repite todos los días. El ahogamiento de nuestro pecado una y otra vez y el privilegio de vivir nuevamente como un hijo de Dios porque todos tus pecados han sido perdonados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

viernes, 18 de enero de 2019

“En Cristo nos erguimos y levantamos nuestras cabezas”


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                   

Primera Lección: Malaquías 4:1-6

Segunda Lección: 2º Tesalonicenses 3:6-13

El Evangelio: Lucas 21:5-28





Otro final se acerca: Otra vez estamos llegando a fin de año, me refiero al año litúrgico. Esta es la época del año en que hablamos específicamente sobre el fin de los tiempos, sobre los últimos días. La palabra que se usa en teológica para esto es “escatología”. Se podría pensar en esto como el día del juicio, la segunda venida de Cristo, o también como el comienzo del reino por venir.


No importa cómo llamemos a ese día y sus acontecimientos, hablar del final hace que la gente, incluso muchos cristianos, se pongan un poco nerviosos. Tal vez muy nerviosos. Siempre surgen muchas preguntas al respecto ¿Habrá realmente tanto pesimismo y destrucción, plagas, terribles desastres y abundantes catástrofes? ¿Tendré que estar en pie delante del trono de Dios y responder por todos mis pecados? ¿Cómo voy a ser juzgado? Estas son algunas de las preguntas que hacen que las personas quieran leer y oír sobre otros pasajes de la Biblia y no pensar en ello, que hay cosas más bonitas sobre las cuales hablar. Esto no nos debería tranquilizar.


Nuestra actitud  ante el fin: Lo que dice Jesús en el Evangelio de hoy puede traernos miedo. Porque mientras Él habla, por un lado, sobre la caída de Jerusalén, también anuncia predicciones sobre el día final. Sin embargo, se las arregla para incluirnos a nosotros y a todos los creyentes en sus advertencias y en sus promesas sobre las cosas por venir. 


Jesús sabía que sería difícil para sus discípulos y para ti vivir la fe y realizar la tarea encomendada. Sabía que habría todo tipo de problemas y tentaciones. Persecución y trampas. Advierte de las dificultades, no sólo de vivir en este mundo, sino de hacerlo como sus discípulos. La dificultad de evitar los falsos maestros que vienen en su nombre. Los peligros planteados por las autoridades que son hostiles a su enseñanza y al de su pueblo que lo rechaza. Hay muchas cosas en nuestra contra. Todas ellas pueden hacer que desesperemos y bajemos los brazos, desistamos de vivir nuestra fe y certezas. 


Sin embargo hay esperanza. Jesús unos versículos más adelante nos dice: “Mira a la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas,  sabéis que el reino de Dios está cerca”. En otras palabras, cuando veas los signos, ya sabrás que el final se acerca y esto es motivo de alegría. Porque este final será un día de alegría para su pueblo, para vosotros. Así que levantad vuestras cabezas y mirad hacia el cielo. Esta vez no vengo como un niño indefenso, sino que vengo con poder y autoridad para rescatar a todos los que me pertenecen. Para los cristianos que viven en este mundo, no habrá dificultad, problemas, penas o dolor... porque todas estas cosas son temporales. 


Incluso las cosas más permanentes en este mundo desaparecerán, así como sucedió con el gran y poderoso templo de Herodes, construido con enormes piedras, alto y magnífico, sería derribado en no más de 40 años de la partida de Jesús. 


Las Señales de Hoy: Lamentablemente por estadística sabemos que vamos a morir. Sabemos que este cuerpo corrompido que tenemos no durará por siempre, no puede, no debe. La tumba nos espera a todos. No importa cómo llegamos a ella, si es por enfermedad o accidente, porque alguien nos quita la vida, eso no importa. Nuestra vida en la tierra se “termina”, pero la vida eterna es segura y no tiene fin. Nuestro cuerpo puede ser destruido, pero tenemos un Dios que dispone de nuestra eternidad. Tenemos la promesa de que resucitaremos al final y viviremos en cuerpos glorificados, viviremos con el Señor con todo su pueblo para siempre. Ninguno de los problemas de este mundo va a durar para siempre. Incluso la muerte será vencida. Cristo dice que solo sus palabras perdurarán para siempre, aun en medio de nuestras aflicciones y confusiones esa promesa sigue en pie. Creemos, por su gracia, que desde ahora y sobre todo cuando esté llegando el final, que estas promesas nos ayudarán a mantener nuestras cabezas en alto. 


Todo el terror y la destrucción que la Biblia describe en estos y otros pasajes, todos los horrores del día final, son todas consecuencias del pecado. Si bien sufrimos las consecuencias del pecado y los dolores de parto de la creación y estos aumentaran hacia el día final, también podemos ver una luz de esperanza y paz en medio de tanto sufrimiento: Jesucristo. 


Nuestra Esperanza: Su cruz es el fin del poder del pecado en este mundo. Su sacrificio no es solo la derrota de la muerte, sino que además y en especial es la fuente de tu vida. Las palabras que ha pronunciado allí perdurarán para siempre: “Consumado es” o sea todo está cumplido. El pecado, la muerte, el poder del diablo, han sido derrotados en la cruz. Tu rescate y salvación del juicio final se ha llevado a cabo en el Calvario. Confirmado en la tumba vacía en su resurrección y se cumplirá totalmente el día que Él ha destinado para el fin. 


No sabemos cuándo será, pero vemos las señales. La higuera ha brotado, a nuestro alrededor vemos las cosas que Jesús ha anunciado como guerras, terremotos, hambruna y pestilencias. La persecución de los cristianos,  incluso podemos sentir que estamos un sitio como la antigua Jerusalén. Miramos a nuestro alrededor y el mundo parece estar en mal estado, nuestro país está en crisis y nuestra vida personal muchas veces es un desastre.


Nuestra Fortaleza: A pesar de esto Levantamos nuestras cabezas. No hay porque temer, sus palabras permanecen para siempre. Nos sigue llamando y dando la fuerza necesaria para soportar, por la fe y estar firmes en su Palabra. Es una palabra segura, de esperanza en medio de todo lo que está cayendo a nuestro alrededor. Es una palabra llena de promesas de que nos lleva a través de oscuros días a esa brillante mañana de la eternidad. 


Tienes claras señales que sus promesas son hechas realidad, por ejemplo tu Santo Bautismo. El Mesías estuvo presente allí. Él te ha unido a Él, a su muerte y resurrección. Esa es la clave para el Día del Juicio, en tu Bautismo el Señor te ha dicho: “no vas a morir por tus pecados en el día del juicio, porque yo te he unido a mi muerte y has sido limpiado de tus pecados. Te he unido a mi resurrección, también, así que el cielo es tuyo. Enderézate y levanta la cabeza, porque yo te he rescatado”.


En el altar, en la Santa Cena, allí el Señor se hace presente para darte su cuerpo y su sangre, con los que ha conquistado a la muerte, descendido a los infiernos y manifestado a sus discípulos para ti. No hay destrucción para ti, porque el Señor te ha rescatado, te fortalece y preserva para la vida eterna, porque donde hay perdón de pecados allí hay vida eterna y salvación.


El Señor sigue estando presente en su templo para ti, es por eso que este mundo no está perdido. Es sólo que, en lugar de un templo hecho de grandes piedras, ahora Él mora en el templo de sus medios de gracia, pero Él está con tanta seguridad, totalmente presente como lo estuvo en el templo de nuestro texto. No es de extrañar que los medios de gracia tengan tan poca estima hoy, Cristo mismo fue tratado de la misma manera en Jerusalén. Pero Él está presente y Él no nos abandonará. Cualquier dificultad que veas en ti, en tu vida, en este mundo, recuerda que el Señor está tan cerca de ti como su Palabra y los Sacramentos. No tendrás que pasar vergüenza en el Día del Juicio, sino que podrás enderezarse y levantar la cabeza en presencia de tu glorioso Señor resucitado, porque has sido perdonado de todos tus pecados por su obra.


Nuestra certeza es eterna: Tenemos la salvación por la gracia mediante la fe. Ahora tenemos la promesa de vida eterna, a través de Cristo Jesús, que viene a nosotros y está presente hoy con nosotros. Pero todavía esperamos la perfección que vendrá sólo cuando nuestras almas partan de este mundo. Mientras tanto, seguiremos sufriendo las consecuencias del pecado mediante enfermedades, sufrimientos y finalmente la muerte. Somos concebidos y nacidos en el pecado y nuestros cuerpos tienen que regresar al polvo de donde proceden. Pero estamos seguros, que su redención de estas cosas está acercándose. El mismo Jesús que fue crucificado y murió por tus pecados y resucitó para conquistar tu muerte, volverá en una nube como tu Redentor. 


Un redentor es una persona que rescata a otra mediante el pago de un rescate. El rescate que Jesús pagó por tus pecados no fue una suma de dinero. Porque ni todo el oro y plata del mundo podrían haberte llevado al cielo y rescatado. No, lo hizo con su preciosa sangre, su sufrimiento y su muerte. El oficio de Cristo como Redentor ilustra muy bien lo que lo hizo por ti y por mí. Es más específico incluso que Salvador. Porque quien salva lo puede hacer simplemente mostrando el camino o sirviendo como un mero ejemplo para la vida piadosa, o incluso por medio de la lucha sin necesidad de perder nada. En su primera venida, Él te adquirió de la potestad de Satanás, no lo hiso en el templo o en el Monte de los Olivos, ni siquiera por medio de sus sermones, sino en el Gólgota, donde derramó su sangre y murió en la cruz. Cuando venga en su segunda venida, Él te salvará de las  consecuencias del pecado. No habrá más pecado, no habrá más tristezas, no más sufrimientos y no habrá más muerte. Hasta ese gran día, la Iglesia seguirá proclamando el mensaje del arrepentimiento y el perdón de los pecados. Lo hacemos al proclamar la Palabra de Dios con fidelidad, recordando lo que Pablo escribió a la iglesia en Roma, que lo que fue escrito en tiempos pasados ​​fue escrito para nuestra instrucción, para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. A medida que el Señor viene a nosotros con sus dones, somos consolados en el conocimiento de su amor y de la redención que nos ha dado. A medida que sufrimos en este mundo, no nos desanimamos sino que levantamos la cabeza con confianza en la redención que está por venir. Ahora, el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz, para que por el poder del Espíritu Santo sea posible que abunden en su esperanza, y que la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestra mente a través de la fe en Cristo Jesús.