viernes, 21 de junio de 2019

Ven a adorar a Jesús.



 


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                               

Primera Lección: Isaías 60:1-6

Segunda Lección: Efesios 3:1-12

El Evangelio: Mateo 2:1-12

 “VEN A ADORAR A JESÚS”


Cuando se llega al seis de enero, se comienza con el periodo de Epifanía, 12 días después de Navidad. Mientras terminamos nuestras celebraciones de Navidad, noche vieja y “Reyes”, comienza la temporada de Epifanía, que hace hincapié en la revelación de Jesús como Dios y hombre. La palabra epifanía significa “revelar o dar a conocer”. A lo largo de estas semanas venideras nos centraremos en cómo Dios se nos reveló. Empezamos esta temporada litúrgica con la invitación a ir y adorar a Jesús con los Magos, que desde lejos llegan para postrarse ante su Rey recién nacido. No sabemos sus nombres. No sabemos cuántos eran. Tampoco sabemos con precisión cuando llegaron. Eran hombres misteriosos llegados de Oriente siguiendo una estrella en el cielo para adorar al Cristo, el Hijo de Dios. Ellos llegaron después de que los pastores habían regresado al campo y los ángeles al cielo. María y José habían cambiado el pesebre por una casa en Belén.

¡Ven a adorar a Jesús! Aunque puede sonar como una invitación muy común, no hay nada de ordinario o de común en ir a adorar a Jesús, nuestro Rey. Los hombres sabios o magos que viajaron desde Oriente llegaron sin invitación o promesa de lo que iban a encontrar, pero llegaron para adorar a este niño que había nacido como el Rey de los Judíos. ¿Cómo supieron conectar la estrella al nacimiento de Jesús? ¿Qué esperaban encontrar? ¿Por qué razón creen que como extranjeros y gentiles serían bien recibidos en su nacimiento? Hay muchas preguntas interesantes que nos gustaría saber acerca de estos Reyes Magos, pero incluso el evangelio de Mateo no da ninguna información específica salvo que eran “del este”. Por lo general se cree que vinieron de Babilonia o Persia, porque la palabra “magos” era utilizada en Persia para describir a los astrólogos reales o asesores. Además, la gente de allí habría estado en contacto con los judíos exiliados llevados a Babilonia y Persia como prisioneros de guerra. Tal vez oyeron o leyeron las escrituras hebreas sobre este gran acontecimiento.

¡Ven, adora a Jesús! con la convicción que da el Espíritu Santo de que Jesús viene a tu encuentro! Aquel que está apartado de Dios, que venga a adorarlo con el corazón arrepentido del hijo pródigo que se fue de casa, pero ahora vuelve a su padre. Quien no conoce a Dios, venga, adórele y vea cómo este rey redime y salva. Quien se esconde de Dios en la timidez o el miedo de sus pecados, que venga, le adore y reciba un nuevo corazón y el coraje que Dios da a los creyentes. Quien este triste y perdido, que siga la luz de su estrella, que es su Palabra, a la presencia de Dios y compruebe cómo Dios se ha hecho hombre para incorporarlo en su eterno reino y cuida de los suyos.

¡Ven, adora a Jesús con la sinceridad y la verdad de los Reyes Magos! Ellos vinieron al rey Herodes buscando la verdad sobre Jesús. ¿Dónde se encuentra la verdad? En las Sagradas Escrituras, en el profeta Miqueas, diciendo que Jesús nacería en Belén. El pueblo humilde e insignificante de Belén que ganaría un nuevo honor y fama porque a partir de ahí nacería un nuevo rey de Israel,  un Pastor que establecería un reino mucho más grande y duradero que el de David. Los sumos sacerdotes y los maestros de la ley en Jerusalén conocían la verdad de las Escrituras, conocían la profecía sobre el Mesías y ahora unos extraños personajes les confirmaban que esta profecía se estaba cumpliendo en ese mismo momento ¿Qué hicieron? ¿Alguno fue a adorar al Mesías con los Reyes Magos? Ninguno. ¿Fue el miedo al rey Herodes que les impidió unirse en esta búsqueda del Mesías? ¿Fue una fría indiferencia o escepticismo a la realidad de esta promesa? Que esto no te detenga para adorar a tu Señor.

¡Ven, adora a Jesús a pesar de los obstáculos! Tal vez tu vida está llena de “Herodes”. Hay mucha gente en tu vida que quieren que creas que se puede confiar en ellos, pero una vez que bajas la guardia te apuñalan por la espalda. Tal vez haya una batalla con un Herodes dentro de ti, que no quiere dar a Jesús un segundo de su tiempo o simplemente relegarlo a un segundo plano. Tal vez por el Herodes te tienes en tu interior, Jesús fue eliminado de tu vida. Herodes no quiere que asistas a iglesia, que estudies la Palabra de Dios. Este Herodes dentro de ti quiere convencerte de que la Paz es algo que tú solo puedes ganar. Isaías fue honesto acerca de la oscuridad a la que nos enfrentamos, pero también fue honesto acerca de la esperanza que tenemos. Él escribió: “más sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria” Isaías 60:2 b. Tu vida, no es ordinaria y común, porque Dios está aquí por ti. En todos y cada momento de tu vida, Él te acerca cada vez más a la vida eterna que ha puesto a tu disposición a través de Jesucristo. A través de Jesús, todo se vuelve nuevo.

¡Ven, adora a Jesús con la alegría de los hombres sabios! Cuando salieron de Jerusalén y vieron de nuevo la estrella que brillaba delante de ellos, señalando el camino a Belén, se regocijaron con muy grande gozo. ¿Alguna vez haz sentido ese tipo de alegría que sólo se derrama desde lo más profundo de ti, que parece que tu corazón fuera a saltar de tu pecho? El miedo y la oscuridad a menudo pueden conspirar para apagar nuestra alegría, para tapar la luz natural de Dios, pero la luz de Cristo, la estrella de la mañana que se levanta en nuestros corazones (2 Pedro 1:19, Apocalipsis 21:16) proyecta su luz, aún en la más profunda oscuridad. ¿Están tus ojos puestos en la esperanza de ver la luz de Jesús o están fijos en las miserias que nos afectan? Ven a adorar el milagro de Cristo, nacido en el pesebre y asómbrate ante el milagro de la salvación de Dios. Alégrate con gran gozo en el camino de la salvación obrada por Dios.

¡Ven, adora a Jesús con tus regalos! Cuando los Reyes Magos llegaron a su destino y vieron al niño Jesús. Fue digno de apreciar el ver a los sabios inclinarse en adoración ante un niño. Aquellos asesores de los reyes, que ahora se inclinaban ante el Rey. Quienes eran libres, terrenalmente hablando, y no tenían necesidad de riquezas, de poder o ejércitos. Ante la presencia de un rey como Jesús ¿qué otra cosa se puede hacer sino inclinarse en adoración y ofrecer los pequeños regalos uno tiene? Incluso los costosos regalos que trajeron, dignos de un rey, eran un tributo insignificante para el Creador de todo el Universo, el que tiene toda la tierra en sus manos, recibía regalos de unas personas mortales. Pero ¿Qué podemos ofrecer en la adoración a nuestro Rey? Nada menos que nuestra alma, nuestra vida, nuestro todo. Sabemos, gracias a los Salmos, que Dios desea de nosotros una cosa por encima de todo: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:16-17).  Nosotros, que no tenemos ningún tributo digno para traer a nuestro Rey, sólo podemos traer lo que Él quiere, un corazón quebrantado y arrepentido. Porque sólo Él puede tomar nuestro corazón, roto por el pecado, y darnos un corazón nuevo y lleno de alegría. Recién entonces podemos traer el tributo de nuestras alabanzas, con nuestras voces, podemos hacer de nuestra vida una ofrenda, con las manos y los pies ofrecer el servicio de su reino a quienes nos rodean. Pero aun así, estos regalos que podemos ofrecer en adoración a Jesús son pequeños. Así como los magos, podemos abrir nuestras cajas de pequeños tesoros y ofrecer nuestros dones. Estas cosas que traemos como ofrenda ya pertenecen a Dios y Él nos las dio primero a nosotros. Pero a medida que comenzamos a adorar a Jesús vemos que el hecho real de la adoración no es nuestro sacrificio y alabanzas. El hecho real del culto para los sabios y para nosotros es que Dios abrió sus tesoros  y los compartió por medio de Cristo. Cualquiera pequeña acción de gracias que mostramos a Dios en la adoración nos recuerda que es porque Él obró primero y de manera mucho más grande al darnos el gran tesoro de la salvación.

Tanto los Reyes de Oriente como nosotros adoramos a quien nació como Rey, lejos del palacio real, muy cerca de un cofre de tesoros similar a una caja para alimentar animales y nació para ser Rey Siervo. Él no vino a ser servido, sino a servir. Así que abrió sus tesoros dando su vida al servicio a la humanidad, curando a muchos y anunciando la buena noticia a los demás. Hasta que sus manos y pies fueron fijados con clavos a un madreo en forma de cruz. Pero allí en la cruz, sus manos y pies indefensos lograron el más grande acto de servicio de un Rey. Allí fue vertido el tesoro más preciado, Su sangre inocente en rescate por todos los pecadores. Esta obra de Jesús fue de valor infinito, porque con ella ha logrado nuestro perdón, vida y salvación. El único indicio que tenemos de que los Reyes Magos podrían haber anticipado este acto de sacrificio real, era para ellos y para toda la gente, fue el regalo de la mirra, una especia que se utilizaba para la sepultura, de hecho, también se utilizó en el entierro de Jesús. Fue este sacrificio que hizo que nuestro acercamiento a Dios sea posible. Por esto no adoramos a Jesús solo por ser un Rey recién nacido como los Reyes Magos lo hicieron. Ahora adoramos al Rey que llegado la plenitud de su edad y sabiduría, vivió rectamente, murió en justicia y se levantó victorioso de entre los muertos y está sentado como Rey en el trono de Su Padre. Es a Él a quien venimos a adorar.

¡Ven, adora a Jesús donde Él se encuentra! Así como la estrella de Belén indicó a los Magos donde estaba Jesús, Él nos sigue indicando dónde se encuentra realmente, para que vayamos y disfrutemos de su presencia. Nos indica que Él nace en nuestros corazones cuando leemos u oímos su Santa Palabra. Nos invita a su presencia en la Santa Cena, donde se hace presente para perdonarnos y animarnos una y otra vez. Ya lo hizo en tu Santo Bautismo, donde te incorporó a su Familia Real. Fuera de estos sitios es imposible encontrar a Jesús para adorarlo realmente. Allí encontraras la felicidad de estar en la Presencia de tu Señor y Salvador.

viernes, 14 de junio de 2019

La Pasión de Cristo.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                          

Primera Lección: Zacarías 9:9-12

Segunda Lección: Filipenses 2:5-11

El Evangelio: Juan 12:20-43







Saludos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo …





Hoy empezamos la última etapa de nuestro peregrinaje hacia Jerusalén. Hacia la cruz y la tumba vacía. Hacia la Pasión y Resurrección de Jesús. Hacia el sufrimiento y la muerte de Jesús para el mundo que amó tanto. Un mundo por el que Jesús estaba dispuesto a sacrificar su vida.

Jesús describió su Pasión a Felipe, Andrés, y a todos los griegos en esta manera. Que sería necesario ser levantado en el árbol para atraer a todos a sí mismo.

Los griegos vinieron a Felipe y Andrés con el deseo de ver a Jesús. ¿Creen que ellos pensaban que sería por medio de un árbol que la muerte seria vencida?

Jesús les dice el verdadero motivo del deseo de verlo: Ha llegado la hora” dijo Jesús “en que el Hijo del hombre sea glorificado.”

Jesús no podía ser glorificado sin cumplir con la voluntad del Padre: Ahora está turbada mi alma,” el dijo, “¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.”

Una voz del cielo anuncia la glorificación de Cristo. La voz explicó cómo será glorificado a Jesús. Jesús será glorificado por su victoria sobre Satanás: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”

El evangelista San Juan dice que Jesús decía esto “dando a entender de qué muerte iba a morir.”

Qué extraño es el Dios que tenemos…

Cuan contrario son los caminos de Dios en contraste con las expectativas de nuestro mundo.

¿Ser levantado en la cruz es ser glorificado?

Ser levantado en la cruz en la muerte ilustra para nosotros como es Dios. Que Jesús es un Dios de vida porque es un Dios que muere. Que el árbol de la cruz es el árbol para la vida del mundo. Que la muerte de Jesús trae vida al mundo. Que la muerte de Jesús trae esta vida a todas las personas.

Jesús les dice a estos griegos otra declaración desconcertante: que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto.”

Cuando Adán y Eva comieron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. En el Edén, vino la muerte al mundo.  Adán y Eva entendieron el resultado de su pecado. Ahora tendrían que trabajar y sudar. Ahora tendrían que trabajar la tierra y sembrar semillas que morirían. Adán y Eva sabían lo que pasaría en la muerte de estas semillas: Que habría fruto nuevo para comer, que habría fruto nuevo para sustituir el fruto del paraíso, que habían perdido con su pecado.

El ritmo de la naturaleza es el ritmo de sembrar y cultivar, el ritmo del descenso en la tierra y el ascenso en la creación con los arboles fructíferos.

Jesús es la semilla de la nueva creación. El creador de todo debe hacerse uno de nosotros. Debe ser concebido por el Espíritu Santo. Nacer de la Virgen María. Padecer bajo Poncio Pilato. Ser crucificado y morirse en el árbol.

Como todas las semillas antes de El, este cordero que fue matado debe ser enterrado en la tierra.

Pero la muerte y el entierro de este cordero son para la vida del mundo. Y en el tercer día, comienza su ascenso hacia el cielo levantándose de la muerte.

Su resurrección es el primer fruto de todos que se han fallecido. Su ascensión es nuestra entronización en el cielo incluso ahora entre los santos que están con El.

El foco de nuestra vida se basa en el árbol de la cruz. Esa cruz ahora es el árbol de vida. Esa cruz es donde Jesús nos sirvió al dar su vida en rescate por todos.

Ser siervo de Cristo es un llamado a seguir a Jesús en sufrimiento y muerte. Ser siervo de Cristo es ser levantado en sufrimiento como Jesús fue levantado. Ser siervo de Cristo es interpretar nuestros sufrimientos y los sufrimientos del mundo por medio de la pasión de Cristo Jesús.

Muchos que contemplan esta cruz cumplirán con la profecía de Isaías. Ellos no verán ni oirán, ellos no serán sanados por la sangre que brota de las heridas de Cristo para dar salud y restauración a un mundo roto por el pecado.

Porque tienen miedo de confesar esta “Pasión” del Cristo. Pero ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús.

La pasión de participar y proclamar el sufrimiento y la muerte de Cristo a un mundo caído.

Ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús. Levanten sus ojos para ver en la cruz su Dios.           
Vean el Dios que sacrificó su vida para ustedes. Vean el Dios que expió por sus pecados por medio de una muerte brutal y violenta.         

Si ustedes desean ver qué tipo de Dios tienen,  levanten sus ojos al árbol y vean la Pasión del Cristo.

El objetivo de la pasión de Cristo ha sido alcanzado. Consumado es. La hora ha llegado. Es glorificado el Hijo del hombre.                                                                              

Amén.





sábado, 8 de junio de 2019

El regreso de Cristo está cerca y nos preparamos para ello.



Antiguo Testamento: Daniel 12:1-3

Nuevo Testamento: Hebreos 10:11-25

Santo Evangelio: Marcos 13:1-13



Es común decir o escuchar: “Esa persona tiene un buen corazón”. Por lo general, con esto queremos decir que son amables, generosos, amorosos o algo por el estilo.  Esto puede ser cierto para nuestros parámetros sociales o morales. El problema es que muchas veces llegamos a conocer personas que pueden ser de “buen corazón” pero que al tiempo descubrimos defectos, vicios y pecados que nunca nos hubiéramos relacionado con ellos. Es allí que podemos pensar que si ni siquiera las personas que considerábamos buenas lo son, que nos queda para el resto de los mortales… si las personas que parecían tener una vida perfecta no la tienen… quién la tiene?? Si oímos que Dios nos dice sean perfectos con Él lo es…

El concepto de pureza de Dios es la perfección total. Creemos que ya tenemos suficientemente con esforzarnos en no tener acciones, pensamientos e intenciones pecaminosas.  Que cumplir con “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás” es  un gran esfuerzo. Pero Jesús muestra que la Ley de Dios va más allá, va al corazón: no odiar, no desear a otras mujeres u hombres que no sean nuestros cónyuges, no codiciar. Él nos dice que los planes y deseos de hacer el mal son acciones pecaminosas en sí mismas, incluso sin llegar a cometer dichas acciones. Eso tiene que ser una noticia devastadora para cualquier persona que está construyendo su propia escalera para llegar al cielo, tratando de acceder a Dios por sus propias acciones o buenas obras. Es como subir por una escalera con peldaños agrietados y rotos sólo para darte cuenta de el camino al cielo tiene muchos kilómetros por encima de tu pequeña escalera. Al examinar nuestros corazones, vemos que nunca podremos ser considerados puros o perfectos. El egoísmo, la amargura, los celos, la rivalidad, la codicia afloran de nuestros corazones mas a menudo de lo que quisiéramos. El problema no son solo las consecuencias de nuestros pecados las que tenemos que soportar,  sino que esto nos dice que  hemos fallado y no alcanzaremos la vida con Dios. 

Si esto ha sacudido su auto-confianza, entonces es algo bueno. La Palabra de Dios debe sacudir la confianza en nuestras obras y nuestra capacidad para llegar a Dios, así no colocaremos nuestra confianza en nosotros mismos a la hora de dar cuentas a nuestro creador. Más bien, necesitamos la confianza de que el escritor a los Hebreos habla. Él dice que podemos tener confianza para “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,  por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Realmente podemos tener una confianza inquebrantable de nuestra presencia en el cielo y de disfrutar la eternidad junto a Dios. No es una confianza en nosotros, sino que confiamos en la sangre de Jesús, que abrió el camino de acceso al Padre. Es a través de Jesús que podemos tener un corazón puro. Esto es lo que sucede: podemos acercarnos a Dios con un corazón sincero, en plena certidumbre de fe con los corazones purificados. 

Nuestros corazones son lavados y hechos puros por Cristo. Un corazón perfecto es inalcanzable para nosotros pero nos es dado solo por él. El versículo 14 dice: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. De una sola vez la muerte de Jesús nos limpió perfectamente para siempre. El trabajo sobre nuestra santificación, el proceso de ser hecho santo en esta vida, no es completo, pero el versículo 22 dice “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. Una mala conciencia, una persona culpable es limpia en Cristo. El corazón pecador que se ve bajo el juicio de Dios es puesto en libertad por medio de Jesús. Todas las cicatrices, las heridas de los pecados del pasado y las heridas que pesan sobre nuestro corazón están purificadas. La sangre de Jesús nos limpia como una lluvia de agua pura que cae sobre nosotros en nuestro bautismo, lavándonos y dejándonos limpios a la vista de Dios. Dándonos la renovación del Espíritu Santo para continuar la obra de Dios en nosotros a fin de reflejar su amor y misericordia al mundo. 

En el bautismo Dios pone un corazón puro en nosotros, tal como lo prometió desde los tiempos del Antiguo Testamento. Nos limpia con agua de toda impureza y pone un corazón y un espíritu nuevo (Ezequiel 36:25-26). Dios prometió que este cambio de un corazón de piedra en un corazón de carne incluiría el don de su Espíritu, para que seamos cuidadosos en obedecer las leyes de Dios (Ezequiel 36:27). Nuestros cuerpos fueron lavados con agua pura, nuestras conciencias limpias, libres de culpa, estamos listos en un nuevo camino de obediencia en la vida. No nos basamos en esta nueva obediencia para acercarnos a Dios. Nuestra confianza está en la sangre de Jesús derramada por nosotros. Esta confianza y plena seguridad de fe en Cristo Jesús, da lugar a la segunda cosa que tenemos que hacer, después de acercarnos con un corazón sincero. 

Mantenernos firmes en la profesión de nuestra esperanza. La fe siempre trae aparejada una confesión de si misma, al reconocer o hablar de Dios, de lo que Él nos ha dicho o hecho por nosotros. Mientras que la fe es la confianza en Dios en nuestro corazón, no se queda ahí, sino que nos hace hablar. Nuestra fe no puede permanecer en silencio o invisible. A Pedro y Juan le pidieron que no hablaran de Jesús, y respondieron: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20). Lo mismo sucede con cada cristiano. No podemos mantenerlo embotellado como si no hubiera nada que contar, ni a nadie transmitir este mensaje. La alegría y la esperanza de la salvación que tenemos en Cristo Jesús, naturalmente, produce hablar de ello. Nosotros, como sacerdotes escogidos por Dios hemos sido limpiados y renovados para “proclamar las maravillas” de aquel que hizo grandes cosas por nosotros (1 Pedro 2:9). Esto no quiere decir que siempre será fácil, sencillo y produzca buenas reacciones. 

No siempre somos “voceros de Dios”. La sociedad quiere que seamos cristianos mudos, silenciosos ante la oposición o desaprobación, silenciosos cuando llegan oportunidades para hablar de nuestro Dios. Ante una oportunidad para hablar de la bondad de Dios algunas veces no podemos, por miedo o timidez. Necesitamos recurrid a Dios para que abra nuestras bocas, nos provea de oportunidades y nos use como fieles mensajeros. Estamos llamados a aferrarnos a nuestra confesión de esperanza. Aferrarse es lo contrario de ser evasivo, desinterés o vacilación. Es ser firmes y decididos, tener confianzas y certezas. Pero esta confianza y certidumbre no nace de nosotros mismos, sino de la fidelidad de Cristo. La esperanza que tenemos en Él, no es una esperanza que decepciona (Romanos 5:5), sino que es una esperanza segura de que Dios cumple sus promesas. Él imprime esta certeza en nuestros corazones por la fe. 

El último punto de la lectura a los Hebreos de hoy es considerar cómo vamos a “estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Motivarnos, instarnos unos a otros a hacer el bien y a mostrar el amor de Dios. No caer en la complacencia o inactividad de la fe, sino ponernos a trabajar en su reino. En la vida hay un escenario completo y complejo para que podamos practicar su amor y buenas obras con sus amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos e incluso a sus enemigos. Considere cómo podemos alentarnos unos a otros. ¿Hay algún talento especial o don que tengas que puedas poner a trabajar en la iglesia o en la comunidad? 

Al parecer ya era un problema en la iglesia del primer siglo que los cristianos dejaban de congregarse. Se estaba convirtiendo en un mal hábito. Hoy tenemos el mismo problema. Muchas veces nos pasa que el Oficio es sólo una de las muchas tareas en nuestra lista de tareas y que a menudo se cancela cuando surgen otras prioridades. ¿Es posible ser cristiano sin unirse a una comunidad? La respuesta es que sí, es posible. Es algo así como ser un estudiante que no va a la escuela. Un soldado que no se une al ejército. Un ciudadano que no paga sus impuestos ni vota. Un vendedor sin clientes. Un vendedor en una isla desierta. Un padre sin familia. Un jugador de fútbol sin equipo. Para decirlo de manera más bíblica, sería como un ojo que cree que no necesita un cuerpo.

Los cristianos encontramos en el tercer mandamiento una clara llamada a permanecer en la Palabra de Dios. Pero más que hacerlo porque es un mandamiento, simplemente lo hacemos por la misma razón que comemos. No podemos sobrevivir sin comida y así también nuestra fe se moriría de hambre sin la Palabra de Dios y los Sacramentos. Es como alejarse de la fuente de la salud y alimento y esperar sobrevivir. La vivencia comunitaria de la fe cristiana en las Escrituras es inconfundible. Se nos describe como una edificio espiritual montado sobre piedras vivas, un sacerdocio santo (1 Pedro 2:5), un cuerpo con miembros unidos y articulados entre sí (Efesios 4:19, 1 Corintios 12), los miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19). Nosotros no estamos destinados a estar solos. La iglesia es el lugar principal donde estimularnos al amor y a las buenas obras. Es el lugar donde nos animamos unos a otros y preparamos para una vida marcada por la confesión de nuestra esperanza. Nos preparamos para vivir en el mundo como creyentes confesando a Dios. Porque sabemos que el día en que vendrá a buscarnos se acerca. El próximo domingo se celebra el último domingo de nuestro Año Eclesiástico y es en esta época del año donde nos afianzamos en el prometido regreso del Señor.


La expectativa de su regreso nos llama a examinar la forma en que llevamos adelante toda esta vida cristiana. Y de nuevo veremos que un corazón limpio, una confesión de fe son sólo la nuestra, por la misericordia y la sangre de Jesucristo, no por cualquier éxito o el logro de los nuestros. Confesamos nuestros pecados y volvemos a la única fuente de misericordia prometida. Sólo por lo que Jesús ha hecho, por morir y resucitar por nosotros podemos tener la confianza de que Él nos ha abierto el camino al Padre. Él descendió del cielo para llevarnos a estar con Él. Así que si dejamos nuestras escaleras, consideramos que es una buena cosa pero nuestra confianza no descansa en nosotros mismos, sino en el Dios que es fiel a lo que Él ha prometido. Día a día estamos preparándonos para el día final cuando Cristo regrese, cuando nuestra esperanza se haga realidad y vamos a entrar en el cielo por el camino que es Cristo. Con un corazón puro por su sangre vamos a ver a Dios. A partir de este día en adelante y hasta ese día, acerquémonos a Dios con corazón sincero.

viernes, 31 de mayo de 2019

“Tenemos un Futuro asegurado en Cristo”


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Hechos 20:17-35

Segunda Lección: Apocalipsis 7:9-17

El Evangelio: Juan 10:22-30


Introducción: En muchas oportunidades me han preguntado: “¿Cuántos sois en vuestra Iglesia?”, a lo que suelo responder: “unos 70 u 80 aproximadamente”. La reacción no se hace esperar: “¿Son pocos… no? El texto de Apocalipsis me ha mostrado un gran error que cometía al responder de esa manera. Humanamente queremos ver resultados, números, cualquier cosa que nos haga ver que la Iglesia avanza, crece. Llegamos a pensar que si no crecemos y somos pocos, no estamos teniendo éxito y seguramente algo estaremos haciendo mal. Aquí es cuando somos tentados a tomar atajos, es por esto que algunas iglesias desechan las enseñanzas bíblicas muy claras, justificándose en “hay cosas que son demasiadas duras”, “hay que actualizarse o adaptarse a los tiempos en los que vivimos”, “no podemos ser tan controversiales, así espantamos a la gente”. 

Otra de las tentaciones que se nos presenta es mirar a nuestro alrededor y al ver lo pequeños que somos, creer que nada funcionará en este país, aferrarnos a la idea de que la Iglesia terminará por desaparecer. Surge así el pensamiento de ¿Por qué molestarse en permanecer fieles a la Palabra? ¿Por qué molestarse en seguir haciendo lo que Cristo nos ha llamado a hacer si igual nadie va a creer? Está claro que nuestro mensaje no es bello ni popular y que al mirar a nuestro alrededor podemos ver cuántas necesidades evidentes e inmediatas hay: Gente con hambre, sin techo, enferma, la justicia brilla por su ausencia y los abusos de poder se multiplican. En esta visión de la realidad nos olvidamos de que, si bien esas cosas pueden estar a la par con el trabajo de la Iglesia, no son obra exclusiva de la Iglesia. Nadie será salvo solo u plato de comida, ni por recibir atención médica gratuita. Tampoco lo será si evitamos que lo desahucien de su hogar. Nos confundimos cuando invertimos las causas y los efectos. 

Alimentar al hambriento, sanar a los enfermos, luchar por la justicia, son los efectos causados por el Evangelio de Cristo, quien ha cambiado nuestro corazón. Estas cosas no son las que cambian los corazones de las personas, aunque parezcan justas y nobles.
¿Qué estamos llamados a hacer como Iglesia y como cristianos? Dar a conocer este Evangelio de liberación y paz es nuestra primordial tarea. Pablo escribe: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? Es necesario que las personas oigan las buenas nuevas acerca de Jesús, el Cordero Pascual, que lo reciban como su Señor y Salvador y crean en Él. Por eso muchos han sido bautizados, otros tantos reciben el cuerpo que da vida y la sangre de Cristo que limpia de todo pecado en la Santa Cena. Quizá algunos nunca confesaron su fe, pero estuvieron oyendo o leyendo la Palabra de Dios, sin embargo, la Palabra hizo su trabajo y el Espíritu Santo los llamó por el Evangelio. Él usó las semillas de su Palabra para hacer crecer la fe y lo seguirá haciendo. Por eso seguimos predicando el Evangelio y distribuyendo los Sacramentos, lo que significa que el Espíritu Santo sigue haciendo su trabajo, añadiendo personas a la Iglesia, a esta multitud de Apocalipsis 7 que aún no podemos ver, pero que en algún momento veremos. Por esto no cederemos a las tentaciones de apartarnos del Evangelio que recibimos. No vamos a tomar atajos, no vamos a cambiar lo que enseñamos o dejar de llamar pecado a lo que Dios dice que es pecado y de otorgar la gracia a quienes la necesitan.

Mirar la vida solo con nuestros ojos es un grave error. Esto nos llevará a aferrarnos a relaciones y cosas terrenales, olvidando que los que mueren en el Señor están escapando de la tribulación. Es fácil olvidar que esta vida es realmente una tribulación comparándola con lo que nos espera junto a Dios y que el morir para el cristiano siempre es ganancia. Es fácil olvidar que la única salida es Cristo, no los son las drogas, el alcohol, el dinero, la comida, la familia ideal, el éxito, la violencia o la sabiduría. Salomón dice en Eclesiastés que debemos disfrutar de las cosas que se nos ha dado en esta vida, pero al mismo tiempo reconocemos que ellas no tienen sentido comparada con la vida en Cristo. Pero el diablo y nuestro viejo hombre no quieren que veamos esto. Ellos quieren centrarse en el corto plazo. 

Ellos quieren que evaluemos según sus parámetros de éxito y fracaso. Pero hoy Cristo nos permite mirar con sus ojos a largo plazo… por la eternidad: “Estos son los que han salido de la gran tribulación. Han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero”.

En Cristo podemos ver lo que tus ojos no pueden ver. Solo Jesús nos muestra lo que aún no podemos ver, el escape de la gran tribulación, una vestidura blanca, la eternidad en el cielo. Nos muestra lo que está al final de las promesas del Evangelio, nos enseña que Dios reina en esta vida, que nos ha redimido y ahora nos enseña la salvación final. Él nos muestra que lo ahora tenemos en parte: la eternidad junto a ÉL. Nos muestra la túnica blanca de justicia que ha sido blanqueada en la sangre del Cordero. Nos muestra la eliminación final de la naturaleza pecadora, la erradicación de todo el dolor, la eliminación de toda angustia, la desaparición de todo sufrimiento. Muestra que esto lo hizo por medio de la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros y que solo por medio Él tenemos nuestra corona de justicia. Él nos muestra que el Señor ya nos tiene en la eternidad y nos librará de todo mal. Porque Cristo ha muerto, ha resucitado y vendrá otra vez. 

Pero ¿Quiénes son estos? ¿Quiénes conforman esta gran multitud de todas las naciones, reunidos alrededor del trono de Dios con los ancianos y los seres vivientes? ¿Quién tiene el honor de estar tan cerca con esas ropas blancas, agitando palmas y cantando alabanzas al Cordero? ¿Quiénes son éstos, liberados de la gran tribulación, que ya no sufrirán más el pecado, el dolor o la aflicción? Junto con el resto del pueblo de Dios, estás tú. Por la fe en Cristo estás entre aquellos a quienes Dios ha reunido desde todas las naciones. Has sido purificado con la sangre de Cristo y se te ha dado la vestidura blanca de su justicia, porque todos los que somos bautizados en Cristo hemos sido revestidos de Cristo. Lo que se ve en el texto es tu futuro. Esto no es una posibilidad entre varias, es una realidad para la cual Cristo te ha redimido. Ya no es solo una muestra, es una realidad, Cristo te incluye en este grupo.

Cristo te redimió para que tengas vida eterna en la presencia de Dios. Eso suena un poco abstracto, pero ten en cuenta que será como la vida en el Jardín del Edén antes de la caída en pecado. Allí, el hombre podía estar en la presencia de Dios sin problema y Dios caminaba con el hombre. No había pecado, no estaban las consecuencias del pecado, no había hambre, ni sed, ni dolor, ni lágrimas, ni muerte. El pecado trajo todo esto como parte de su maldición. Cristo vino y venció al pecado, sufriendo hambre, sed, dolor, lágrimas y todo el juicio de Dios por tus pecados. Al hacerlo, venció tu maldición. Porque Él obtuvo la salvación para ti, por eso tus pecados te son perdonados. El cielo es tuyo... y el cielo es estar en la presencia de Dios, por toda la eternidad.

El infierno no es para ti. Por el contrario, el infierno sería donde Dios no está, o al menos donde Dios no está presente con su gracia y misericordia. Para aquellos que no quieren tener nada que ver con Dios, reciben lo que quieren, encontraran una existencia sin Dios y será una terrible eternidad. Has sido lavado por la sangre del Cordero. Tu futuro, tu eternidad, es la vida en su presencia, con todo lo bueno que ello conlleva. Eso es lo que Dios ofrece a todos los hombres por medio de su Hijo Jesucristo, para que todo aquel que cree en Él sea salvo del infierno y llevado a la ciudad celestial. 

Por el momento, no estas ni en el cielo ni en el infierno. Estás en este mundo y quizá haya un poco de infierno aquí, porque todavía sufrimos las consecuencias del pecado con enfermedades, problemas, ansiedades y todo lo que contribuye a nuestra gran tribulación. Pero este mundo no es el infierno, porque Dios sigue presente en este mundo. Hay un pedacito de cielo, Dios está contigo, tan cerca como lo están sus medios de gracia. Él te ha vestido con la túnica blanca de la justicia en tu bautismo, Él sigue limpiándote con su absolución y te da un anticipo de la fiesta por venir en su Cena.

Este mundo no es el cielo, si bien Dios está presente entre nosotros, todavía tiene que esconderse en su Palabra y junto a esta con el agua, el pan y el vino. Debe hacerlo porque los pecadores no pueden estar en su gloriosa presencia y vivir. Así que por ahora, estamos entre el cielo y el infierno, sufriendo algunas de las consecuencias del pecado, teniendo nuestras tribulaciones pero también disfrutando de la gracia celestial.

Apocalipsis 7 te muestra tu futuro. Este mundo no es el fin o tu destino final. Tu lugar está en esa multitud alrededor del trono de Dios, ese futuro ya es seguro porque el Cordero ya ha derramado su sangre por ti y perdonado todos sus pecados. Como heredero de esa fortuna transitas esta vida sabiendo que es sólo una cuestión de cuándo, no de si has ganado la herencia o no. Lo único que te apartaría de esa herencia sería si rechazaras esa herencia. Ese es el truco que el diablo utilizará para que huyas de los dones de Dios, de su perdón, de su gracia y escojas el pecado y el infierno como lugar de morada eterna. Él va a tratar de hacer que el pecado sea atractivo y tú te aferres a él por sobre la gracia y las promesas de Dios. Tratará de hacerte dudar de la presencia de Dios, de que has sido olvidado por Dios y que ya estás en un infierno si esperanza. Muchas veces las tribulaciones a las que te enfrentas pueden parecer grandes en comparación con tus fuerzas y habilidades. Pero Cristo es más grande y aquí está la prueba: toda tribulación a la que te enfrentas es el resultado del pecado. Pero Cristo ya ha vencido al pecado y a la muerte. Él salió de la tumba, para nunca más morir y si Él ha conquistado los mayores enemigos, sin duda es superior a la tribulación que te aflige.

Por la gracia de Dios perteneces a una gran comunidad. Ahora puedes responder que la Iglesia a la cual perteneces hay un número incontable de personas que a pesar de sus problemas, sufrimientos y pecados, han sido liberados por Cristo. Este tiempo de tribulación cesará, porque ya ha sido derrotado. Todo lo que tiene poder para separarnos de Dios ha sido destruido en la cruz. La vida eterna en su gloriosa presencia ya te ha sido otorgada, allí no habrá hambre, ni sed, ni calor abrasador o cualquier otro sufrimiento. Esas cosas no pueden estar allí, porque son el resultado del pecado. Tú estarás allí, porque Cristo ha quitado tus pecados. El Señor viene pronto y te librará de las tribulaciones, pero por mucho que el Señor se demore en su sabiduría y misericordia, tienes la realidad de Apocalipsis 7 para alegrarte. Sabes el final de la historia. La vida eterna, liberado de todo pecado y de toda consecuencia del pecado, es tuya, porque has sido perdonado de todos tus pecados.

viernes, 24 de mayo de 2019

“El gran milagro de JESÚS: Nuestra Fe”


2º Domingo de Epifanía - Ciclo A


 


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                               19-01-2014

Primera Lección: Amos 9:11-15

Segunda Lección: Efesios 5:22-33

El Evangelio: Juan 2:1-11

 


La temporada de Epifanía nos muestra la manifestación de Jesús y cómo Él se da a conocer. En Navidad, se revela su llega y durante la Epifanía hace saber que Él ha venido a salvar. En el Evangelio de la semana pasada, escuchamos sobre el bautismo de Jesús y que vino a tomar el lugar de los pecadores. Allí Dios el Padre declaró que Jesús es Su Hijo amado, también el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. Esta semana oímos que Jesús va a una boda y convierte el agua en vino. Pero hay mucho más en este texto donde Jesús que el hecho de convertir el agua en vino. Esto fue un milagro, algo sobrenatural, pero allí Jesús está manifestando algo muy importante acerca de sí mismo. 


Nuestra Voluntad vs. La de Dios: En el dialogo entre el Señor y su madre, ella le dice: “No tienen vino”. Quizá la respuesta de Jesús es un poco desagradable: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Reconocemos que María ha tenido el increíble honor de concebir a nuestro Señor, pero también recordamos que ella es un ser humano necesitada de redención. Al parecer, quiso utilizar su posición como madre de Jesús para que use su autoridad divina. Aunque Él es el autor del mandamiento de “Honra a tu padre y a tu madre”, también es el Hijo de Dios, con sabiduría y voluntad divinas, que ni María ni nosotros podemos comprender. Él no está aquí para hacer la voluntad de María ni la nuestra, aun cuando nuestras peticiones estén hechas con la mejor de las intenciones. Ha venido a hacer la voluntad de Su Padre que está en los cielos: ir a la cruz para morir por los pecados del mundo y la de no “rescatar” del escándalo al servicio de bodas que no se han preparado para esta ocasión. Él hará el milagro, aunque con un propósito diferente: lo hará para que su gloria sea conocida. Aquí  la Ley nos muestra una valiosa lección: una de las mayores tentaciones que enfrentamos, cuando estamos metidos en cualquier crisis, es la tratar de influir en el Señor para que haga lo nosotros deseamos. Si el Señor no permitió que su propia madre le influyera, Él no va a dejar que su santa voluntad sea alterada. En cambio, la fe nos lleva a orar y a confiar en lo que oramos regularmente: “Hágase tu voluntad”


Nuestra Fiesta eterna. En Deuteronomio 18:18, fue profetizado que el Mesías sería un segundo Moisés enviado por Dios que pondría sus palabras en su boca y todos los que le escucharan y creyeran se salvarían. Jesús fue el segundo Moisés. Al comienzo de su ministerio público, Moisés convirtió el agua en sangre ante el Faraón. Se trataba de un anuncio del juicio de Dio por la incredulidad del rey, una advertencia de que debía dejar en libertad al pueblo de Dios. La primera plaga trajo la muerte a los peces del Nilo, así el milagro de Moisés tornó el agua en un elemento de juicio y muerte. Al comienzo de su ministerio público, Jesús convierte el agua en vino, pero esto no es un anuncio de juicio, sino un anuncio de alegría y gracia. El Señor está en una boda, allí su milagro transmite una promesa. El abundante vino es un símbolo de redención y restauración (Amós 9:13-14) pero ahora el nuevo pacto es por su muerte y resurrección, Jesús restaurará al hombre llevándolo a la relación íntima con Dios, aquella que tenía en el Edén. A la vida en la eternidad se la conoce también como “la fiesta de Bodas del Cordero”. Por lo tanto, Jesús, “el segundo Moisés”, no es como el primero. El primero advirtió Faraón de juicio, mientras que el segundo llegó a lograr y dar la redención. Algunos nos dirán que Jesús tiene que ver con juicio, prohibiciones o castigos, que su cruz es una razón más para que nos sintamos culpables por nuestros pecados. Pero nosotros sabemos que Él trae perdón y vida, por el derramamiento de su propia sangre. Que no vino a traer culpa y vergüenza sino a morir en nuestro lugar para que puedas ser liberado del pecado y llevado a la vida eterna, al banquete de bodas del Cordero. 


Volviendo a las reglas de Dios. Jesús usa grandes tinajas de aguas que se usaban para los ritos de purificación. Podemos ver en otros evangelios la insistencia en los ritos (Marcos 7:3-4) de lavarse las manos, utensilios, vasos e incluso la mesa antes de comer, eran leyes que habían hecho los hombres, quienes decían lo que había que hacer para estar limpios. Ellos creían que así se ganaban el favor de Dios y podían alcanzar el cielo, teniendo que cumplir un montón de leyes. Pero el lavarse las manos o los cubiertos no nos libra del pecado, por lo que Jesús tiene un mejor uso de esas tinajas: Tienen que llenarlas con agua y esa agua será convertida en vino por Su Palabra. Es otra faceta del milagro: Jesús reemplaza el agua con vino, una declaración visual de que Él es el que limpia, purifica. Reemplaza las reglas del hombre que nunca podrían salvar con las de Él, que va a morir por los pecados del mundo. 


Hay algunos cristianos que declaran que el consumo del alcohol es un pecado y se llega a decir que cuando Jesús convirtió el agua en vino, era vino sin alcohol o en realidad era sólo agua a la que se llamó “vino” de una manera bondadosa. Pero eso no es lo que dice la Palabra. Es vino. Por lo tanto, la doctrina de que todo el consumo de alcohol es un pecado, es una doctrina falsa. No afirmamos que se debería beber sin control ni mucho menos. La mayor lección es la siguiente, no debemos inventarnos leyes que Dios no nos ha dado, mucho menos  atar las conciencias de las personas a ellas. Haciéndolo se crea una falsa culpa y orgullo, además se convierte al Evangelio en una nueva Ley y las personas nuevamente son esclavos en lugar de liberarlos por medio de la gracia.

A excepción de María, sus discípulos y algunos sirvientes, no hay pruebas de que otros supieran el milagro que se ha producido. A ellos y a ti, la gloria de Jesús se ha manifestado. Pero ¿cómo un invitado de la boda iba a saber que algo así había sucedido? El encargado de la fiesta pensó que el novio había abierto un nuevo tipo de vino, porque todo lo que sabe es que los criados le trajeron un poco de vino para degustar. No hubo ningún rayo, trueno, fuerte viento o luz cegadora. Nada sobrenatural parece haber ocurrido. De hecho, si hubieras estado allí para ver el milagro, lo que hubieras visto es a Jesús hablando con los sirvientes para que llenaran algunas tinajas de agua. Que tomen un poco de agua y la lleven al maestresala. Cuando el maestresala lo degusta comprueba que es un muy buen vino. Pero esta simpleza no disminuye el milagro, allí Jesús manifiesta su gloria. Aun cuando no se ve nada glorioso en absoluto. Algo así como su nacimiento en el pesebre, como lo sucedido en la cruz. Así es como Jesús trabaja para salvarnos, manifestando su gloria no como esperamos, sino como a Él le place, por medio y de manera simple y sencilla.

Gran consuelo para nosotros y para este mundo. Jesús está presente allí en la boda y Él realiza un milagro. Él usa su Palabra para hacerlo y usa a unos sirvientes como sus instrumentos. Los criados no hacen nada milagroso, pero sin embargo, fue por este milagro que Jesús manifiesta su gloria. Es por este milagro que sus discípulos creyeron en Él. Cada uno de nosotros tenemos el privilegio creer en Él y de ser uno de los criados de la fiesta. Cada cristiano es un instrumento de Dios. No eres un hacedor de milagros, pero si eres las manos y la boca del Señor. Cuando compartes la Palabra y hablas o llevas a otros a los sacramentos, el Señor está presente para dar perdón, vida y salvación. Quizá no lo veas, no sientas y habrá momentos en los que tendrás que estar con las personas en situaciones extremas. Pero esto no se trata de ti, tú eres un siervo que está haciendo lo que el Señor te ha dicho que hagas. Se fiel a ese llamado y déjale los milagros a Él, que obrará las maravillas y manifestará su gloria como le parezca adecuado.


Jesús se hace presente en nuestra realidad. Nos reunimos en los Oficios o en torno a su Palabra porque Cristo está presente entre nosotros. No le vemos, pero Él promete estar allí. Escuchamos su Palabra y recibimos su Cena y porque Él nos da el perdón de los pecados allí, es un servicio anticipo de la fiesta por venir, el banquete de bodas del Cordero en la eternidad, cuando estemos en la presencia de Jesús. Quizá no veas a tu glorioso Salvador con los ojos, o habrá veces que desearas un milagro, de sanidad, para arreglar conflictos, para que las cosas sean como antes, para sacarte de la situación donde estas metido, del miedo, del dolor o de la incertidumbre y cuando confrontado por la aflicción, estés tentado a impacientarse y a orar para que el Señor te libre ahora mismo. Sabemos que Él puede hacerlo si así lo desea, hay muchos milagros en las Escrituras donde el Señor obró de manera espectacular para que todos lo vean. Pero cuando es tu turno de sufrir el tiempo se hace eterno, el diablo nos tienta a ser impacientes con Dios, a cansarnos de esperar que Dios obre milagros. No hay que olvidar que fe significa confiar en lo que no se ve, a menudo, a pesar de lo que haces. Romanos 8:24-25. El Señor es fiel, incluso cuando tú no ves los milagros. Prueba de ello es la cruz, porque si Dios ya ha sacrificado a su Hijo por ti, Él no te abandonará ahora.


El mayor de los milagros. El mensaje de las bodas de Caná no es la paciencia, no es la espera de un milagro. Cuando se le dijo que el vino se estaba acabando Jesús no dijo: “Ten paciencia y no te preocupes que en el cielo hay suficiente vino”. Él hizo un milagro en ese momento, a pesar de que muchos no se dieron cuenta del milagro. El Señor está presente aquí, contigo y cuando el Señor está presente, Él está obrando milagros. Los milagros que obra son mayores al de convertir el agua en vino: Él está convirtiendo personas pecadoras y muertas espiritualmente en hijos de Dios. Es lo que sucede en el Bautismo, somos llevados del pecado y la muerte a la vida y salvación. El diablo es echado fuera y Cristo es ahora nuestro rey. En las películas cuando se hacen exorcismos, el diablo es echado fuera por medio de  todo tipo de maravillas y señales sobrenaturales, pero tú no recibes tu fe de las películas. Es por medio de la Palabra que se te asegura que Cristo estaba presente en tu bautismo. Él hizo algo milagroso, por eso el Bautismo es que hemos resucitado de la muerte a la vida eterna.


No desestimes la predicación de la Palabra, ya sea el sermón proclamado o leído. El diablo intentará que creas que no sirve de nada, que es puro mito y que es algo que hay que soportar y evitar de ser posible. Pero se trate de un sermón o de su lectura, la Palabra de Dios es su poderosa Palabra, la misma Palabra de Dios que creó los cielos y la tierra, la misma palabra que Jesús pronunció para sanar a los enfermos y resucitar a los muertos. Por esa Palabra, Él todavía crea la fe y perdona los pecados. Cuando tú lees o hablas de la Palabra es el Señor el que está obrando por su Palabra para dar vida. Eres la boca de Dios y el Señor es el que obra el milagro de la vida eterna a los demás.


No nos atrevemos a dejar de lado la Cena del Señor, porque Jesús está sin duda presente allí. La recibimos a menudo porque Jesús nos dijo que lo hagamos con frecuencia. Pero con el tiempo viene el desprecio y la tentación de pensar que es sólo otro rito o algo que se hace en el servicio. Pero una vez más, allí Cristo da perdón y vida. Es allí donde el cielo y la tierra se unen. Allí dispones de un anticipo de la fiesta por venir. El hombre puede llegar a todo tipo de descubrimientos espectaculares, pero sólo Cristo puede dar la vida eterna y Él lo hace allí.


Después de esta lectura el Señor va contigo. Vuelves a la vida familiar, la escuela, el trabajo, cualesquiera que sean tus vocaciones. Algunas de las cosas que tengas que hacer serán frustrantes y decepcionantes. Pero recuerda que eres un hijo de Dios, viviendo una vida santificada, que eres la voz y las manos de Dios para cuidar de otros. Él te usa en el servicio a los demás. Esa es la lección de las bodas de Caná, donde Jesús realizó su primer milagro,  manifiesto su gloria y casi nadie se dio cuenta. El mismo Señor está contigo, presente para salvar, obrando para darte el milagro de la vida eterna y Él manifieste su gloria porque has sido perdonado de todos tus pecados por su obra.