viernes, 22 de febrero de 2019

Orad sin cesar por vuestra justicia.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Génesis 32:22-30 
Segunda Lección: 2º Timoteo 3:14- 4:5 
El Evangelio: Lucas 18:1-8 

Podría contar algunas historias inspiradoras para comenzar el sermón. Historias reales como la de Jacob luchando toda la noche con el Señor y siendo bendecido por este, como habéis oído en la primera lección (Génesis 32:22-30). Tenemos también historias en la Iglesia, como la de Mónica rezando por la conversión de su hijo, que se había apartado de Dios y de cómo ese hijo se convirtió en San Agustín. ¿Y cuántas historias contemporáneas podríamos oír? Testimonios de personas que oraron y el Señor respondió al clamor. El Señor hoy nos quiere mostrar algo fundamental sobre la oración. 
¿Cuál es el motivo de “orar siempre y no desmayar”? 

Uno de los mayores desafíos para el cristiano es no pasar por alto las necesidades reales que tenemos en nuestra vida y suplicar a Dios conforme a ellas. Cuando oramos esperamos que las respuestas sean claras y rápidas. ¿Será que las oraciones que no son contestadas rápidamente, nunca lo serán? ¿Por qué da la sensación que las oraciones son contestadas rápidamente en una película de dos horas, pero en la vida real no es así? 
A veces la respuesta de Dios es Espera. Todavía no. Entonces podemos entender que la perseverancia en la oración es buena. Allí nos centramos en mantener la confianza y depositar nuestra esperanza en el Señor. Pero y si su respuesta es No”. ¿Qué hacer? Hay ciertas súplicas que dejamos de orar y no debemos persistir en ellas. 
Por otro lado ¿Cuánto tiempo hay que orar para que alguien se enamore de ti? ¿Cuánto tiempo debe una pareja infértil orar para ser capaces de concebir? ¿Qué pasa con las oraciones para lograr mejores calificaciones o un trabajo más agradable o una casa mejor o vecinos amigables o simplemente tener paz? ¿Qué sobre el dolor o la enfermedad que cada vez va a peor? ¿Cuánto tiempo hay que persistir en pedir al Señor que la quite? ¿O sólo debemos pedir que nos dé fuerza para soportar? ¿Debemos pedir para que nuestro ser querido se cure o sea llevarlo a la casa celestial? 
El hecho de que “debemos orar” no aborda realmente esta lucha de qué pedir o cómo hacerlo ¿verdad? Y lo peor son las falsas ideas que se ponen alrededor de la oración: si eres lo suficientemente persistente, obtendrás lo que estás pidiendo, además estás orando por algo bueno, “necesitas hacer una oración poderosa”. Necesitamos pensar más profundamente acerca de las palabras de Jesús y aferrarnos a ellas. 
¿Quién es tu enemigo y por qué es tan malo? ¿Cuál era causa de la viuda? “Hazme justicia de mi adversario (Lucas 18:3) ¿Quién es tu adversario? ¿Un profesor de colegio, ese vecino que es molesto, un compañero de trabajo egoísta, ese empleado desagradable, el jefe que es duro? A veces las personas más cercanas a nosotros, a nuestros propios familiares nos causan mayor adversidad. O tal vez no piensas en una persona como tu adversario, sino la dureza de la vida, las tragedias y los desastres que te golpean, o tus propias luchas con la infelicidad, el fracaso o la desesperación. Muchos llegan a pensar: “Yo soy mi peor enemigo”. 
Pero esta viuda no tiene muchos adversarios que cambian con el tiempo. ¿Quién es tu adversario desde el momento en que fuiste concebido hasta el día de tu muerte? Su nombre es Satanás. Su mismo nombre significa adversario. Él es el que te acusa delante de Dios, señalando tus muchos pecados. Él es el que usa los problemas de esta vida para sembrar la duda en su corazón. Él es el que te seduce con la promesa y los placeres de este mundo. Él es el que ataca tu fe con falsas enseñanzas. Es el Adversario que se rebeló contra Dios y ahora lucha en contra el pueblo escogido. El resto de las fuerzas del mal, los demonios del reino espiritual, las fuerzas hostiles a Cristo, los lobos con piel de oveja que actúan como cristianos y enseñan en las iglesias, pero llevan a la gente a poner su confianza en sus propios esfuerzos para estar en paz con Dios,  son enemigos trabajando con tu adversario, Satanás. 

¿Te das cuenta de lo grande que es tu adversario? ¿En tu vida de oración se refleja esta verdad? Muchas veces sabemos algo en la cabeza, pero no lo ponemos en práctica. Nunca te rindas orando en contra de Satanás y sus aliados. El estímulo de las Palabras “Ora siempre y no desmayes” no es un tópico vacío, sino vital y aquí tienes la promesa de Dios que va a responder: Os digo que pronto les hará justicia”(Lucas 18:8). 

Pasar por alto y olvidarnos de nuestro adversario es algo peligroso. Si te centras en tus oraciones solo en las necesidades básicas y materiales de tu vida, nuestro adversario podrá colarse con sus mentiras. Porque no siempre gozarás de la felicidad que deseas, ¿verdad? No me malinterpretes: Dios quiere que todas nuestras ansiedades descansen sobre Él, las grande y las pequeñas, lo espiritual y lo terrenal. Pero no dejes que lo terrenal te ciegue de tu verdadero adversario, Satanás. Sigue orando para que Dios haga justicia contra tu adversario. 

La Epístola del día de hoy nos da una clave fundamental de cómo permanecer con esta claridad de oración: Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.  Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” 2º Timoteo 3:14-4. Permanecer en la Palabra de Dios es la clave para saber lo que realmente importa en nuestra vida, para conocer nuestras verdaderas necesidades y presentárselas a Dios en oración. 
¿Cuándo Jesús hacer justicia contra nuestro adversario y líbranos? 
Pero ¿cuándo llegará esta justicia? Antes y después de esta parábola, Jesús habla de su venida. En el último día, cuando Jesús venga a juzgar a los vivos ya los muertos, Satanás no tendrá escapatoria. La justicia final se llevará a cabo en contra de él y todos los que le siguieron, incluso algunos que pudimos haber sentido cerca en esta vida. Satanás y todos los que no han creído en Jesús como su Divino Salvador, como el que ha pagado por sus pecados. Dios no puede ser burlado. Sigan orando por la justicia contra su adversario. Jesús responde y responderá. 

Para ti y para mí, Jesús bien podría responder mucho antes del último día. Pero toda nuestra vida terrenal como cristianos es una lucha contra Satanás, contra el pecado y los deseos del mundo. Jesús te libera personalmente de tu adversario y te da la justicia cuando se te lleva al hogar celestial. Esta liberación no se basa en las exigencias de la ley. Se recibe por la justicia que viene por la fe en Jesucristo. Dios la pronunció cuando Jesús murió y resucitó de entre los muertos, es su veredicto de justicia: Ya no hay deuda, no hay acusación para los que están bajo Cristo Jesús. En Jesús estás absuelto porque Él ha pagado por tus crímenes y pecados. Satanás no te puede acusar, porque Jesús es tu abogado. La Justicia que Dios hace te declara “inocente”, no culpable por causa de Jesús, no importa de lo que tu adversario te acuse. Puedes decir con Pablo: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. (Romanos 8:33-34). Él es tu Abogado. 
¿Está preparado para la respuesta de Dios? 
La gran liberación, la respuesta que Dios trae es a través de la muerte y del juicio final ¿no es así? Tal vez no somos tan persistentes en esta oración, porque no estamos preparados para este tipo de respuesta. Pues cuando la muerte se acerca, Satanás te atacará con todas sus fuerzas. Es la última oportunidad que tiene. Allí necesitas toda la armadura de Dios para ser sostenido en la justicia en Cristo Jesús contra su adversario. 

Sigue orando porque Dios te sostenga en su justicia contra tu adversario Satanás, cuando ores la oración del Señor: Mas líbranos del mal”, ora con la confianza de saber que Dios responde una vez y para siempre y te garantiza la bendición de que al terminar esta vida te llevará del mundo de dolor, de este valle de lágrimas, a su presencia en el cielo. Él respondió rápidamente en el momento justo, adecuado, ya que El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2 Pedro 3:9). 

 ¿Qué estímulo no las palabras de Jesús nos dan para mantener esta oración? 

Sigue orando por la justicia contra el adversario. Debemos orar lentamente, listos para su respuesta. Así que vamos a tomar en serio la promesa que Jesús nos da cuando dice: acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?” (Lucas 18:7). Por supuesto que lo hará. Porque no es un juez injusto, sino todo lo contrario. Ya que Jesús es quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,  con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Romanos 3:25-26). Así que siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24) clamamos día y noche agradeciendo nuestra Justicia que es Cristo. ¡Qué estímulo!

Es más, tú no eres una viuda insignificante. Eres uno de sus elegidos, su hijo adoptivo. Desde toda la eternidad Él te eligió de acuerdo a su amable y buena voluntad. Él envió a su Hijo para redimirte a través de su sangre. Él te trajo a la fe a través del agua y de la palabra en el Bautismo otorgándote los beneficios en Cristo. Él te da la riqueza de su gracia en su Palabra y Sacramento para mantenerte en esa fe. Porque eres parte de los elegidos, de  sus escogidos, sus hijos e hijas renacidos. Así que sige orando por la justicia contra su adversario. Tu Padre celestial contestará rápidamente, ya que has sido perdonado de todos tus pecados y rescatado de la muerte y del poder del diablo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.Amen. 

viernes, 15 de febrero de 2019

Comer para vivir.


  

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                 

Primera Lección: Josue 24:1-2, 14-18

Segunda Lección: Efesios 5:6-21

El Evangelio: Juan 6:51-69

Sermón.


Introducción. En nuestra familia siempre nos preguntábamos a la hora de reunirnos si comíamos para vivir o vivíamos para comer. Esto se daba porque siempre había mucha comida y sobraba mucha comida. En la lectura del Evangelio de hoy Jesús habla de que es necesario comer para vivir, pero Él amplia nuestro concepto de vida y de qué es necesario para vivir eternamente. Esta afirmación llevó a muchos de sus oyentes de distancia.


Lo que realmente da vida. Resulta curioso comparar lo que sucede con Jesús en la lectura de hoy, con la sabiduría popular que hay en muchas iglesias con respecto al crecimiento de estas. Jesús tenía a su alrededor una multitud, a quienes les predicaba, pero al final de su sermón, aparentemente se quedó con muy pocos seguidores. Muchos opinan que hay que acomodar el Evangelio a la gente, que la Palabra de Dios tiene que ser expuesta de tal manera que sea más aceptable sobre temas difíciles, no tiene que crear fricción o incomodidad, no debe denunciar el pecado y cosas similares. Jesús, sin embargo, presenta algunas de las cosas más difíciles que alguna vez enseñó a los suyos.


Cuando Jesús dijo que Él es el pan vivo del cielo, explicó que este pan, que da vida al mundo, es su carne. Los judíos inmediatamente preguntaron cómo es que puede dar de comer su carne. ¿Acaso está tratando de promover el canibalismo? En lugar de aclarar esto que era ofensivo, hace una declaración aún más difícil de entender y aceptar: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Esta fue la mayor sorpresa y ofensa para los judíos. El Antiguo Testamento dice que los israelitas tenían estrictamente prohibido comer o beber sangre, porque se creía que la vida de las personas y los animales estaba en su sangre (Levítico 17:10-15). El castigo por desobedecer era que Dios no miraría con agrado a esta persona y que tendría que ser quitado del pueblo de Israel, eliminado de la comunidad del pacto. Por eso es ofensivo que Jesús les dijera que tenían que debían comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y permanecer en Él. Él estaba mostrando que esta ley del Antiguo Testamento, que prohibía beber sangre, era una preparación para que puedan comer del único que puede dar vida eterna. Él es el pan que nos alimenta para vivir para siempre. Sólo viviendo de la vida de aquel que vive para siempre, nosotros podremos vivir para siempre. 


Cada comida que comemos en esta vida, ya seas carnívoro o vegetariano, es una lección de que vivimos todos los días de la muerte de otra cosa. Todos los alimentos que necesitamos vienen de la muerte de alguna planta o animal. No podemos sobrevivir de las rocas o arena, tenemos que comer algo que una vez tuvo vida. Pero, inevitablemente, incluso comer este alimento no impedirá que algún día muramos. Nuestra vida no puede mantenerse eternamente por este tipo de alimento terrenal, no importa qué tan saludable sea la dieta que elijamos. Pero sólo hay un tipo de alimento, de la cual Jesús habla aquí, que da la vida eterna. Cuando comemos la carne de Jesús y bebemos su sangre, vivimos a causa de Él. Vivimos por la muerte de otro, la muerte de Jesús en la cruz por nuestros pecados. Él ha dado su carne como pan para la vida del mundo. Por eso su carne y su sangre son su vida por nosotros, su vida de resucitado mora en los que comen y beben de Él.


Tratamos de preparar nuestra propia comida. Así de impactante eran las palabras de Jesús en este sermón, que muchos de sus discípulos dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” En efecto, para ellos Jesús había ido demasiado lejos. ¿Cuantas veces tratamos de persuadir a Jesús para que no nos incomode? ¿Qué cosas te son demasiado difíciles de escuchar? Jesús sabía que ellos se quejarían y dijo: “¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” Si fue  difícil para ellos creer que Él era el pan del cielo, que era Dios hecho carne, que vino para dar su vida por el mundo y que la vida eterna se encuentra sólo en Él, ¿qué pensarían al ver a Jesús elevarse al cielo? Las obras de Dios son demasiado increíbles para creer. Pero Jesús no les da lugar para ablandar su enseñanza. Es más, luego afirma que estas palabras son espíritu y son vida la carne no sirve para nada.


En esta afirmación Jesús no se está refiriendo a su propia carne, sino estaría en contradicción con todo lo que dijo antes sobre su carne otorgando vida eterna, que su carne es verdadera comida y es pan de vida. Él se refiere a nuestra carne y mente pecadora que no reciben sus enseñanzas. Él está diciendo que nuestra carne pecadora se opone a Dios y no cuenta con Él para nada, ya que rechaza la Palabra de Dios y el obrar del Espíritu. Entonces Jesús se refiere a aquellos que, como Judas, no creen y explica que sólo se puede llegar a Jesús y tener fe si el Padre los atrae hacia Él. Así que esta es la razón por la cual la carne no ayuda para nada, porque no puede comprender o llegar a las cosas de Dios. No tenemos ningún poder en nuestra carne pecaminosa para buscar a Dios. Sólo su Espíritu y su Palabra pueden despertar la fe en nosotros. 


Estas palabras fueron tan escandalosas para los oyentes de Jesús que muchos de sus discípulos se dieron la vuelta y no quisieron andar más con Él. Lo mismo pasa en muchas ocasiones hoy día. La iglesia cristiana no debe cambiar el Evangelio para mantener a los oyentes. Algunos pueden sentirse ofendido por el mensaje y seguir su propio camino. Jesús no va a diluir su Palabra para que nos sea más aceptable. Cuando nosotros tratamos de hacerlo corremos el riesgo de perder y distorsionar completamente el Evangelio. 


Jesús tenía un amor muy profundo por la Verdad de Dios, tanto que Él preguntó a sus discipulos si ellos también lo dejarían. Pedro le contestó con las palabras “Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Damos gracias a Dios que Él crea en nosotros la fe y nos atrae cerca de Él para creer, incluso en una enseñanza sorprendente de que debemos comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. 


Comer y beber de Cristo para vida eterna. ¿Qué es exactamente lo que quiso decir al comer y beber su sangre y carne, y sobre todo cómo hacemos esto? ¿Quiere decir tenemos que practicar una especie de canibalismo? Es evidente que no. ¿Se refiere al consumo de su carne y sangre en la Santa Cena? ¿O hay otro tipo de alimentación? Se trata de un tipo diferente de comer de lo que hacemos con nuestras bocas y estómagos. Jesús aquí está hablando de un comer espiritual y de una comida que se da por la fe. Así como nuestro cuerpo necesita nutrientes de los alimentos, nuestra alma también necesita este alimento eterno de la carne y sangre de Jesús, la vida del mundo. Jesús habla aquí de un comer espiritual. Él dice que comer y beber de Él es tener vida eterna. En este capítulo, Jesús dice que cualquiera que lo mira a Él y cree en Él tiene vida eterna (6:40), que quien oye y aprende del Padre viene a Él y cree que tiene vida eterna (6:45, 47). 


Así que Jesús a quienes oyen y creen en Él les otorga lo mismo que a quienes comen y beben de Él. Así que comer y beber de Jesús es escuchar y creer en Él y recibirlo como aquel que Dios ha dado para dar vida al mundo, y aferrarnos a esta verdad en todas las dificultades y tentaciones. 

Quedamos satisfechos de Jesús cuando escuchamos la Palabra de Dios, leída, predicada, hablada entre nosotros, cuando recibimos los sacramentos por medio de la fe. Sólo para los que comen y beben de Cristo en este camino espiritual, por la fe, es la vida eterna. Jesús dice que todos los que comen de Él de esta manera tienen vida eterna. Él dice: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”


Además de esta forma espiritual de comer y beber a Cristo por la fe, también hay una segunda forma en que comemos de Cristo, y eso es a través de la Cena del Señor. En esa comida nos da su cuerpo y sangre en nuestra boca, así que lo que comemos en el pan y bebemos en el vino, es realmente el cuerpo y la sangre de Jesús. No como un símbolo, sino con su presencia real, de manera misteriosa. Comemos su cuerpo y sangre para nuestro perdón y vida eterna. Pero incluso esta segunda manera de comer la carne de Jesús y beber su sangre no es de ningún beneficio para nosotros a menos que comamos de Él espiritualmente por la fe. Sin la fe en Jesús como el Hijo de Dios y sin creer en sus beneficios de gracia para nosotros en su muerte en la cruz y en su resurrección, en realidad es perjudicial recibir la Cena del Señor. De hecho, estamos tomando la Cena del Señor para nuestro perjuicio y daño en caso de que la recibamos sin fe, o sin arrepentirnos de nuestros pecados. La escritura advierte que si lo comemos sin discernir el cuerpo, se come y bebe juicio y la participación indebida en realidad nos hace pecar contra el cuerpo y sangre de Jesús (1 Corintios 11:27-32). 


Por lo tanto, Jesús no está diciendo que cualquier persona que pasa y realice la acción exterior de la Cena del Señor se le concede la vida eterna, como si esta acción de comer lo salvaría y no la fe. Solo cuando uno ha comido espiritualmente de Cristo por la fe, entonces los beneficios de la Cena del Señor se derraman también en nosotros. En primer lugar por la fe en el corazón, y el segundo por una alimentación física del cuerpo y la sangre de Cristo, realmente participamos de los dones salvíficos de Dios por nosotros: La sangre de Jesús derramada para el perdón de nuestros pecados. Así los niños o  los creyentes que todavía están pasando por la instrucción en las doctrinas básicas de la fe y aún no han comido la Cena del Señor, tienen los beneficios de la gracia, de la plenitud de Cristo, ya que comen y beben espiritualmente por la fe. No tienen que esperar hasta que hayan recibido la Cena del Señor para tener el don completo de la salvación.


Conclusión: La enseñanza de Jesús es dura y difícil de entender. Se nos invita a creer que el don de la vida eterna viene por medio de la muerte de un hombre extraordinario, que en el aspecto físico no parecía diferente de nosotros. Un hombre que hizo sorprendentes afirmaciones que sólo Dios puede hacer y ofreció su propia carne y su sangre como sacrificio para traernos vida eterna. El comer y beber su carne y sangre, simplemente es vida para nosotros y en nosotros. Muchos de los discípulos de Jesús se apartaron de Él en estas enseñanzas. Es el Espíritu quien nos afirma en la vida eterna por medio de las palabras de Jesús, mientras que el mundo puede ofrecer nada más que un disfrute temporal y muerte. Quiera Dios que nunca le demos la espalda, sino que vayamos a festejar siempre y continuamente en la comida de Jesús como alimento que nos da la vida eterna. A diario, semanal o mensualmente comemos de Cristo para que nos sostenga en el camino a la vida eterna. Hemos creído y llegado a saber que Jesús es el Santo de Dios. Ahora la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús para vida eterna. Amén.


viernes, 8 de febrero de 2019

Paz, vida y salvación.

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro. Colosenses 1:21-23.



A estas alturas de la vida y con todo lo que sucede a nuestro alrededor, hay pocas cosas que nos sorprendan. Pero por más que las cosas que suceden a nuestro alrededor no nos sorprendan, muchas de ellas nos afectan y muchas veces nos perjudican, desaniman, desorientan y confunden. Las consecuencias de los pecados son palpables en nuestras vidas. Sean pecados propios o ajenos, nos afectan y nos duelen.

Sin embargo los días de Jueves y Viernes Santo nos recuerdan que Dios no ha abandonado al universo, a la humanidad, ni a ti y a mí a nuestra suerte y oscuro destino. Es en la cruz donde Dios comienza a gestar una nueva creación, a hacer nuevas todas las cosas, a poner en armonía las cosas del cielo con las de la tierra. Es por medio de Cristo que Dios trae PAZ, VIDA y SALVACIÓN.

Uno de los riesgos más grandes que corremos en este tiempo es mirar la Obra de Dios en Cristo como algo histórico, como un hecho que ha sucedido en el pasado y que poco tiene que ver conmigo, salvo por las cuestiones culturales y de tradición. Esto nos llevaría a creer en un Dios que poco tiene que decirme, y mucho menos que se involucra conmigo y mis problemas. Sin embargo nuestro Dios nos encuentra por medio de su Palabra, nos anima y consuela por medio de su Espíritu Santo y nos muestra su interés de caminar con nosotros afrontando los problemas personales y sociales que nos aquejan en un contacto íntimo en los Sacramentos.

Alejamiento del pasado: El apóstol Pablo nos recuerda “que erais en otro tiempo extraños”, extranjeros, inmigrantes en una tierra en la cual no podíamos ni queríamos adoptar las nuevas costumbres, porque no fuimos creados para vivir así. No fuimos creados para vivir bajo el pecado y sus consecuencias, sin embargo esa era nuestra realidad. No fuimos creados para vivir en desanimo, tristeza, desolación ni desesperanza.

No fuimos creados para vivir alejados de Dios ni de nuestro prójimo, pero esa fue nuestra realidad. Sumémosle a esto que la distancia y problemas que aquí menciono no son cosas pasivas o inicuas en nuestras vidas. Por eso el Apóstol suma a su afirmación que además éramos enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras.

El pecado no solo nos volvió extraños con Dios, el prójimo y nosotros mismos, sino que nos convirtió en seres rebeldes a Dios, agresivos con el medio ambiente y quienes nos rodean. Podemos echar la culpa de lo que nos pasa a todo el mundo, a padres, hijos, autoridades, jefes, empleados, cónyuges, amigos o enemigos, a la sociedad o a Dios mismo. Pero muchas veces y con mucha facilidad olvidamos el ver que nosotros mismos somos parte de este problema. Allí, en nuestra persona, es donde Dios viene a aplicar el remedio y a sanar nuestra enfermedad.

En la cruz no solo fue crucificado Cristo. Nosotros fuimos crucificados con él, nuestros pecados, delitos y transgresiones (Romanos 6:6) y esto trae consecuencias a nuestra actual manera de vivir y de pensar.

Reconciliación presente: ahora os ha reconciliado. La causa de nuestra rebelión hacia Dios, los demás y nosotros mismos ha sido eliminada. El pecado que nos impedía una sana relación con el resto de personas y nuestro creador ya no tiene peso en nuestras vidas. Cristo ha traído su paz.

Esta paz solo surge como obra de Dios y no nuestra. El tiempo no borra nuestros pecados, ni siquiera nuestras buenas intenciones o acciones lo hacen. Ni siquiera los sacrificios que hagamos, el dinero que demos a obras benéficas, ni las lágrimas de arrepentimiento pueden quitar nuestras ofensas ante Dios.

En Semana Santa vemos a Jesús en su pasión y muerte a través de procesiones, imágenes e incluso alguna película, recordemos que todo eso que vivió Jesús tiene un porque, un sentido: pagar por nuestros pecados.

Esta reconciliación no la hizo ni con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre, como dice Pablo ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte.

Aquí encontramos no solo el perdón de nuestros pecados, que es la mayor de las bendiciones que Dios nos otorga, sino que además encontramos un sentido distinto para nuestras vidas, nuestros problemas y nuestro futuro.

Los problemas no desaparecen como por arte de magia, ni se resuelven inmediatamente. Pero en el transitar por esta vida sabemos que Dios está con nosotros, acompañándonos, protegiéndonos, guiando cada paso aunque no entendamos las circunstancias que nos tocan vivir. De esto estamos plenamente seguros porque por medio de esta reconciliación en Cristo es que somos llamados “hijos de Dios”. Ya no estamos enemistados con Dios, no lo vemos como nuestro enemigo, sino como un Padre amoroso que cuida de sus hijos en el presente y que nos guía hacia una victoria final en el futuro no muy lejano.

Perfección futura.

Toda la encarnación, muerte y resurrección de Cristo por nosotros tiene una gran implicancia futura, y es para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. Esta obra de reconciliación es completa, no  podemos agregar nada a ella, solo seguir en el camino de arrepentimiento y fe para vivir diariamente el perdón y paz de nuestro Dios. Además diariamente podemos mirar nuestro futuro con esperanza y paz. Esta paz que con tanta frecuencia se ve frustrada por las lágrimas, el desconsuelo, brillará en nuestros corazones de manera definitiva cuando el Señor nos lleve definitivamente a su Reino.

Esta esperanza es firme y segura, porque no depende de nosotros, sino de las promesas de Dios. Porque ante Dios seremos presentados como lo que somos en Cristo: un pueblo santo, sin mancha e irreprensible. Gracias a que hemos sido hechos nuevas criaturas por medio de la Fe que nos ha sido dada en Cristo Jesús.

Habiendo sido extraños y enemigos, ahora somos parte de la familia y herederos de su reino, estamos reconciliados y viviremos con él por la eternidad. Recordemos que entre este estado actual y el futuro, Dios sigue obrando constantemente en nosotros, preparándonos, puliéndonos, pero sobre todo perdonándonos todos nuestros pecados. Esto se lleva a cabo en nuestras vidas en las batallas diarias que nos toca afrontar, entre los fracasos y alegrías, las lágrimas y risas. Recuerda que no serán nuestras propias fuerzas las que nos permitan salir airosos de estas vivencias sino el poder de Dios mismo desplegado en nuestra debilidad. El poder de Dios que llega a ti por medio de la Palabra y los Sacramentos, que una y otra vez te dicen: “Ya no eres un extraño o enemigo, ahora eres parte de mi familia porque por medio de la obra de Cristo te he dado el perdón completo de todos tus pecados”.

Que pongas los ojos en Cristo, el autor y consumador de tu fe. Que en Él encuentres la paz y certeza del amor de Dios por ti y la seguridad del perdón de todos tus pecados  porque Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.  No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. (Gálatas 2:20-21)

viernes, 1 de febrero de 2019

Tu reino viene.


Tu reino viene

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

El Evangelio: Juan 12:12-19

Sermón Miedo,

Penuria y violencia, ésos son los rasgos característicos del mundo actual. Los grandes descubrimientos y conquistas del espíritu humano de nuestra época se limitan casi exclusivamente a la técnica, y ésta, en su mayor parte, es perfeccionada para la destrucción del género humano. ¡Paradójica situación, la del mundo actual! El ser humano, orgulloso de sus inventos y adelantos técnicos, se siente al mismo tiempo esclavizado, gimiente y aterrorizado ante las creaciones de su propio espíritu!


Como cristianos, tú y yo, como seres que no vivimos para el mundo presente solamente, sino a través del mundo para la eternidad dichosa que nos espera, ¿qué actitud asumimos en este mundo? Como cristianos, ¿vivimos realmente en el mundo? ¿O nos apartamos, nos aislamos del mundo escondiéndonos tras el alto muro de nuestros elevados ideales cristianos? Por cierto que hay cristianos tales. Hay cristianos que dicen diariamente el Padrenuestro, que dicen también la petición: “Venga tu reino”, y después de haberla dicho sus manos permanecen juntas, quietas, muertas. Y sus labios permanecen mudos... hasta el día siguiente, hasta la siguiente hora de las plegarias.


Para el cristiano consciente y verdadero, activo y responsable, esa petición del Padrenuestro es más, mucho más que una mera frase. Esa petición le recuerda su propio estado de gracia, pero le recuerda también su propio deber de cristiano en este mundo. Un cristiano tal siente arder en su corazón las lágrimas que Jesús derramó en un día como el de hoy sobre una ciudad y sus habitantes. Al recordar ese episodio de las Sagradas Escrituras, el verdadero creyente no puede sino exclamar agradecido y lleno de celo santo: Tu Reino Viene a nosotros y por medio de nosotros.


I A nosotros. Domingo de Ramos llamamos este día del Señor. Y recordamos en él un hecho singularísimo en la vida de nuestro Señor Jesucristo. El santo evangelio para este domingo nos cuenta de un Jesús que no se muestra esquivo y apático a los honores que le tributa la muchedumbre, sino de un Jesús que va al encuentro de las alabanzas jubilosas que se le tributan. Es que su hora había llegado. La ciudad de Jerusalén estaba de fiesta. Faltaban solamente unos días para la celebración de la pascua judía. La ciudad toda bullía con esa alegre nerviosidad, llena de expectativa y preparativos, que siempre precede a las grandes festividades. Además, habían venido en esos días numerosos hebreos que residían en lo interior del país y aun en países vecinos. Las grandes festividades pascuales los reunían de nuevo cada año en la ciudad santa.


Pero no solamente la próxima fiesta era el comentario principal en que se ocupaba aquella multitud. De boca en boca corría y se repetía un nombre, un nombre ligado a milagros, un nombre ligado a esperanzas milenarias: ¡Jesús, Mesías, rey de Israel! Corazones anhelosos y llenos de expectativa eran los de aquella multitud que sabía que Él estaba en las proximidades.


Y de pronto llega, el tan comentado, el esperado. ¿Y cómo viene? Dice el santo evangelista: “Y Jesús, habiendo hallado un asnillo, se sentó en él”. Sentado sobre un humilde asnillo entra Jesús en la ciudad de Jerusalén. Imaginando aquella escena, pensando en la fastuosidad romana de aquella época, a la cual estaba acostumbrado también el pueblo de aquella ciudad, se nos avecina la idea de que la multitud debió encontrar ridícula esa entrada de Jesús de Nazaret. Pero no fue así. Pues Jesús no viene solamente con señales externas de humildad, sino que allí, en esa hora, se cumple una antigua profecía. ¡Jesús viene, Él entra en Jerusalén, así como su Padre celestial lo había anunciado casi 500 años antes por boca del profeta Zacarías. Todo aquello sucedió “según está escrito”, dice el santo evangelista. ¿Y qué estaba escrito? Escrito estaba: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey, sentado sobre un pollino de asna”. Así decía la visión profética y así aconteció cientos de años después, cuando llegó la hora. ¡Es que Dios, el Eterno y Omnisciente, el Santo y el Misericordioso, cumple la palabra que una vez puso en boca de sus profetas y en los oídos de su pueblo! Y por eso aquella multitud también prorrumpe en las antiguas exclamaciones de júbilo con las cuales se recibía a los reyes y héroes victoriosos. Dice el evangelista: “Tomaron ramos, de palmas, y salieron a su encuentro, aclamando: ¡Hosanna! ¡Bendito el rey de Israel, que viene en el nombre del Señor!" Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito”.

Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito”. La época que sirvió de marco a esos acontecimientos no era una época feliz para el pueblo judío y las páginas de su historia nacional. En el aspecto material era una nación oprimida y avergonzada bajo el yugo del conquistador romano; era una nación que clamaba por un libertador de la opresión extranjera. En el aspecto espiritual, según las propias palabras del Señor Jesucristo, las multitudes del pueblo eran verdaderamente dignas de lástima, “porque estaban acosadas de necesidad, y andaban dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mat. 9:36).


Hacia ese pueblo que estaba en la desgracia y se hallaba descarriado vino el Mesías y Rey en ese día memorable. Mansa y humilde es la actitud de ese rey hacia sus súbditos. No en vano había dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mat. 11:29). Mansa y humilde fue sin duda también la mirada con que ese rey observaba a aquella muchedumbre. Allá lejos sus ojos divisaban una cruz solitaria y una angustia sobrehumana. Hacia allí se encaminaba decididamente, como un rey que sabe que saldrá victorioso aun antes de entrar en la lucha final. También eso “estaba escrito”; pues ese rey era aquella simiente de la mujer que le quebraría la cabeza a la serpiente. .. “Bendito el rey de Israel”, seguía clamando la multitud. Al oírlos, al mirar con sus ojos divinos en sus corazones entusiasmados, pero vacíos de anhelos espirituales, aquel rey lloró sobre aquella ciudad y sus habitantes, diciendo: “¡Oh si hubieras conocido, tú, siquiera en este tu día, las cosas que hacen a tu paz! ¡Mas ahora están encubiertas de tus ojos!” (Luc. 19:42). Sí, ningún pueblo y ninguna ciudad han vuelto a experimentar en tal medida la gracia de Dios y su buena voluntad como lo experimentaron en aquel día Jerusalén y sus habitantes. ¡En aquel día Dios fue al encuentro de los hombres con toda magnificencia! ¡Aquel día, el Espíritu de Dios puso en los labios de los hombres el testimonio de la verdad... y los hombres estaban ciegos!


En esta hora Cristo el Rey viene a ti. A ti se dirige, cuando dice: “Decid a la hija de Sión”, a ti te nombra como un miembro que eres de la Iglesia Cristiana. Hoy como entonces Él viene a ti y los demás hombres con su mensaje de la reconciliación, el Evangelio de la paz, diciéndote también a ti, “según está escrito”: “No temas; porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío” (Is. 43:1). ¡Oh, quiera Dios que conozcas, tú, en este tu día, lo que sirve a tu paz! Dondequiera que se predica el Evangelio de Cristo, allí está Cristo llamando a la puerta de los corazones y diciendo: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey”. Sí, Dios viene a nosotros porque nosotros no pudimos ir a Él. Manso y humilde viene, sin fastuosidad, sin ánimo de impresionar a los pobres y hacerlos sentirse más pobres. Por esta razón vino su Hijo al mundo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).


Por causa del amor de Dios para con los hombres, nosotros podemos exclamar hoy llenos de gozo: “¡Tu Reino viene hacia nosotros!” Pero ese mismo amor divino que experimentamos en nosotros debe impulsarnos también a que exclamemos, llenos de amor y celo santo, en segundo lugar.


II Tu Reino viene, por medio de nosotros. Entre aquella multitud que recibió con hosannas y bendiciones al Señor Jesús a las puertas de Jerusalén había presentes tres clases definidas de personas.


Una clase de aquellas personas estaba formada por ese grupo que el santo evangelista describe en los versículos 17-18, diciendo: “La gente, pues, que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le levantó de entre los muertos, daba testimonio de ello. Por esto también la multitud salió a recibirle; porque oyeron decir que él había hecho este milagro...” Seguramente que estos últimos formaban la inmensa mayoría de aquella muchedumbre, la que con más entusiasmo y poder gritaba sus hosannas y sus: ¡bendito sea! Ese grupo numeroso se encuentra con frecuencia en aquellos lugares donde se reúnen muchedumbres. Aquí están presentes, “porque oyeron decir que él había hecho este milagro”. Días más tarde están presentes, porque quieren ver a quién Poncio Pilatos va a darle finalmente la libertad, si a Barrabás, el ladrón, o si a Jesús de Nazaret. Y solamente horas más tarde gritan de nuevo. “¡Quítale, quítale! ¡Crucifícale!...” Oh, el Señor Jesús conocía a ese grupo. Lo conocía tan bien, que de él dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Mar. 7:6)... ¿Será necesario, amigos, que le busquemos ubicación a este grupo en la sociedad de nuestra época actual? Yo creo que no.


El otro grupo que notamos entre la multitud que esperaba a Jesús en aquel día está descrito con las siguientes palabras en el versículo 19: “Por tanto los fariseos dijeron entre sí: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”. . . Seguramente este segundo grupo no era tan numeroso como el primero. Éste era un grupo algo apartado, silencioso, hosco, suspicaz y fanático. Pocos contactos amables habían tenido ellos con Jesús de Nazaret. En los oídos de este grupo resonaban aún aquel juicio y aquella pregunta que cierto día les dirigiera ese Jesús, cuando los apostrofó: “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo evitaréis la condenación del infierno?” (Mat. 23:33).


Estos fariseos y sus semejantes no amaban realmente al pueblo que pretendían conducir. No lo amaban, pero tenían necesidad del apoyo y la aclamación de ese pueblo. Eran gentes que no podían vivir sin las alabanzas y loas de sus prójimos. Y ahora, al ver que la muchedumbre aclamaba al odiado Jesús de Nazaret, “dijeron entre sí: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”... Creo que tampoco a este segundo grupo necesitamos buscarle ubicación en la sociedad humana actual; pues los falsos profetas, tanto en el sentido material como en el sentido espiritual, forman legión en nuestros días.


Y queda, finalmente, un tercer grupo que observamos entre la muchedumbre de aquel Domingo de Ramos. Nos lo imaginamos un grupo bastante reducido. El santo evangelista lo menciona en el versículo 16, diciendo: “Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; mas cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él...” Los discípulos se mantenían cerca del Señor. Jesús estaba sentado sobre los vestidos que algunos de ellos habían puesto sobre el asnillo. Otros de los discípulos tendían sus vestidos por el camino para que Jesús cabalgase como sobre una blanda alfombra. También los discípulos aclamaban al Señor Jesús. Y la aclamación de ellos agradaba al Señor, tanto, que respondió al reproche que le hacían los fariseos al respecto, diciéndoles: “Os digo que si éstos callasen, las piedras clamarían” (Luc. 14:40). Y ellos seguían aclamando. Verdad es que ellos “no entendieron estas cosas al principio”, no sabían cuál era la verdadera causa de aquella jubilosa recepción que la muchedumbre hacía a su querido Maestro, ni tampoco sabían por qué ellos mismos entonaban las proféticas alabanzas de los Salmos. Pero ellos eran los discípulos. Ciertamente, el uno o el otro se sintieron luego escandalizado y desorientado por el episodio que días después se desarrolló en Getsemaní y en Gólgota. Pero cuando el Señor resucitado les ordenó que se reuniesen en Galilea y le esperasen, ellos obedecieron. Ellos eran los discípulos. Ellos estaban reunidos y mirando al cielo cuando el Señor ascendió allí, ellos estaban reunidos y orando, tal como les fue ordenado, aquel maravilloso día de Pentecostés. .. Y “cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él”, dice el santo evangelista. Los discípulos se acordaron, leyendo las profecías del Antiguo Testamento, recordando los episodios de su vida en compañía con el Señor, “de que estas cosas estaban escritas de él”.


En este tercer grupo descubrimos esta particularidad: ¡eran lectores, eran estudiosos que escudriñaban las Sagradas Escrituras! Esa lectura y la bendita ayuda del Espíritu Santo los condujo finalmente a un conocimiento tan seguro y firme, feliz y constante, que aun ante la amenaza de la prisión y la muerte misma, estos discípulos declaraban: “Pues en cuanto a nosotros, no podemos dejar de hablar las cosas que hemos visto y oído” (Hech. 4:20)... Y en consecuencia, esos discípulos del Señor, sus apóstoles, hablaban, predicaban el Evangelio de la salvación sin temor, sino con alegría y entusiasmo, convicción y celo santo. Ellos mismos se consideraban apóstoles, enviados, mensajeros del Rey Jesús, el Salvador del mundo. Así dice al respecto el apóstol Pablo: “Nosotros pues somos embajadores de parte de Cristo, como si Dios os rogara por medio de nosotros: ¡Os rogamos, por parte de Cristo, que os reconciliéis con Dios!” (2 Cor. 5:20). Así, amigos, llevó adelante este tercer grupo la obra de la evangelización. ¡Eran doce hombres solamente! Pero al mismo tiempo eran doce apóstoles, doce seres humanos que no podían dejar de hablar las cosas que habían visto y oído. ¿Y qué alcanzaron esos doce hombres? Esto: ¡conquistaron el mundo! Sí, el mundo no pudo convertirlos a ellos, ¡pero ellos convirtieron al mundo! Por medio de ellos el mundo conoció el Reino de Gracia, conoció la salvación eterna del hombre por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. ¡Estos doce hombres cambiaron el curso de la historia y de la civilización humana!


Tú también conoces esa doctrina de los apóstoles. Quizás la conoces desde pequeño. ¿Has salido alguna vez, con estos tus conocimientos dichosos, por estas calles de Dios para conquistar almas inmortales para su Reino? ¿Dices también tú, como dijeron aquellos apóstoles: no puedo callarme, tengo que hablar de lo que he visto y oído? Por cierto, sería triste si tú procedieras como muchos cristianos lo hacen, que hablan de sus convicciones religiosas sólo cuando los obligan los demás, y lo hacen entonces con una falta tal de entusiasmo que se asemejan a los comerciantes escrupulosos que se ven obligados a vender la mercadería de cuya calidad ellos mismos dudan. ¡Oh, que tú experimentaras y dijeras con el santo apóstol, que declara: “Pues no me avergüenzo del evangelio; porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree!” (Rom. 1:16). Al hacer tu plan de trabajo en el Reino de Dios, no es necesario que antes te formules un gran programa. Recuerda aquel hermoso himno, que dice: Si como elocuente apóstol no pudieres predicar, de Jesús decirles puedes, cuánto al hombre supo amar. Si no logras que sus culpas reconozca el pecador, puedes conducir los niños al benigno Salvador.



Para cada cristiano, también para ti, hay un puesto de trabajo en el Reino de Dios, así como hay también para cada uno, también para ti, un lugar ya destinado en su Reino de Gloria, el cielo. Quiera conceder Dios, que al llegar hoy a la petición del Padrenuestro, que dice: “venga tu reino”, tú digas: ¡Venga tu Reino también por medio de mí! Heme aquí, ya voy, Señor”. Amén.