viernes, 8 de noviembre de 2019

A los pies de Jesús.



 


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                

Primera Lección: Génesis 18:1-14

Segunda Lección: Colosenses 1:21-29

El Evangelio: SAN LUCAS 10:38-42

 



La historia de nuestro texto ocurre en una aldea bien conocida de la Tierra Santa. Se llama Betania. Esta aldea era de gran importancia durante la vida de nuestro Señor Jesucristo. En ella vivía una familia que había evidenciado y demostrado claramente que su hogar era verdaderamente cristiano. 

Los miembros de la familia mencionados en las Escrituras consistían en un hermano llamado Lázaro y sus dos hermanas que se llamaban María y Marta. Nuestro Señor Jesucristo tuvo siempre mucho gusto en visitar la casa de estos amigos tan buenos y sinceros. Cristo siempre era un huésped muy 
bienvenido, y con frecuencia, después de un largo viaje, se complacía en visitar a sus amigos.

Nuestro texto Indica la relación que existía entro el Salvador y sus amigos de Betania. Juan, el discípulo y apóstol del amor, nos dice: “Y amaba Jesús a Marta y a su hermana, y a Lázaro” (S. Juan 11:5). No podemos sabor cuando ellos se hicieron discípulos del Señor, pero hay una cosa que puede afirmarse con toda seguridad: siguieron fielmente a su Señor y Salvador. En nuestro texto tenemos la historia de otra visita que hizo el Señor a esta casa en Betania. También esta vez, como siempre, llegó Jesús no sólo para hacerles una visita amigable y social, sino también para otro fin divino. Llenó para darles una lección, una instrucción sobre las cosas más importantes de esta vida y la venidera. Lo que Cristo les proporcionó en aquella ocasión y en aquel ambiente familiar es también para nosotros y para nuestra edificación espiritual. Si hacemos caso serio de esta joya entre las muchas palabras de Jesús, ciertamente mejorarán nuestro conocimiento y aprecio de las espirituales.


Sentémonos a los pies de Jesús. Acompañemos a María, escuchemos las palabras del Maestro. Él fija sus ojos en nosotros; habla claramente. Nadie puede entender mal sus palabras "Una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte.” En con traste con lo que precede a estas palabras, esta “una cosa necesaria” no se refiere a ninguna cosa material. Cristo deja a un lado, pasa por alto un servicio netamente de la carne, un servicio que hacemos o cumplimos solamente con las manos. A María, la otra hermana, se le atribuye otra clase de servicio, otra cosa distinta de la de María. Se nos dice: “Marta se distraía en muchos servicios”: servicios domésticos; servicio de la cocina; servicio diario y corriente; servicio de una que sirve. La expresión “servicio material” abarca o encierra toda esa clase de servicio.


No hay necesidad de menospreciar o culpar a Marta. Lo que hizo era bueno. Cristo también reconoció el valor relativo de su actividad. Ese día había mucho que hacer. Cada voz que llegaba Jesús con sus discípulos, había más trabajo que en otros días. La presencia de trece personas adicionales en la casa exigía que se pusiera más atención a las necesidades del hogar. Si no había lugar en la casa para todos, había necesidad de salir a buscarles alojamiento en otra parte. Los viajeros, los discípulos, y aun Cristo, que también era verdadero hombre, ya sentían el cansancio. Una visita como ésta siempre causaba mucho trabajo.


Pero, ¿cómo hizo Marta su trabajo? No se quejó del trabajo ni murmuró. Lo hizo con alegría. Tuvo gran placer en hacer algo para su Señor y para sus discípulos. Manifestaba Marta una disposición muy agradable en todas las visitas de Jesús. El Señor estaba muy agradecido por todo lo que tan bondadosamente le había hecho Marta. Pero, en nuestro texto, Jesús quiere enseñar que tal servicio, que al fin y al cabo es un servicio carnal, un servicio material, un servicio manual, no es aún el servicio mayor en el mundo. Tal servicio, a pesar de sus méritos, no puede llamarse “una cosa necesaria.”


Mientras Marta sigue trabajando, observemos a María, la otra hermana. No vemos a María trabajando en la cocina, o en otra parte de la casa. No salió a hacer compras para la comida. Ni siquiera la vemos poniendo la mesa o ayudando con la preparación de la comida. San Lucas dice que Marta “tenía una hermana que se llamaba María, la cual sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” (S. Lucas 10:39). María escogió hacer eso, fue su voluntad, su decisión, su preferencia. No debemos pensar que María era perezosa, que no quería o que no le gustaba trabajar. En otras ocasiones, estando solamente la familia presente, hacía lo que le correspondía. No aprovechó la visita de una persona distinguida como pretexto para ausentarse de la cocina. Pero ésta era una ocasión muy especial. Había venido el Maestro. Ya ella tenía cierto conocimiento de las enseñanzas de Jesús. Pero quería aprender más. Deseaba saber más acerca del mensaje de la salvación. Su propósito era oír otra vez la dulce consolación, gozo de todos los creyentes fieles.


Está sentada a los pies de Jesús como los alumnos se sientan a los pies del maestro para oír todo lo que él les va a decir. No quieren perder ni siquiera una Palabra. Asimismo presta atención María a las palabras de Jesús. Nada le va a quitar su atención. También fija su atención en el rostro del Salvador, para captar todas las expresiones. Por el momento no le interesa su hermana, el trabajo, los discípulos, absolutamente nada. La única cosa que le interesa al momento es la Palabra de Dios. María ya había oído la palabra de Dios. Pero también sabía que tenía necesidad de seguir oyendo continuamente la Palabra de Dios. María sabía que había pecado contra su Señor, y que tenía que pedir diariamente la gracia y el perdón. Conociendo sus verdaderas obligaciones, se sienta a los pies de Jesús, para oír la Palabra de Dios de la boca del Señor mismo.


Jesús se fijó en lo que hacían estas dos hermanas. Sí, eran hermanas, miembros de la misma casa, la misma familia. Pero sus actividades en cuanto al Señor eran completamente diferentes, tan distintas como el día y la noche. Cuando vino Marta, preocupada por algo, le dijo Cristo: "Marta, cuidadosa estás y con las muchas cosas estáis turbada: empero una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada” (S. Lucas 10:42). Con esto quiere decir el Señor que aunque conviene trabajar, ser diligente y estar muy ocupado en las cosas materiales, es mucho mejor, es necesario, ocuparse en las cosas del alma, las cosas espirituales.


Así contesta Cristo la queja, el comentario de Marta. Pero esta hermana no es una excepción. Ella representa una gran parte de la gente, de aquellos que se llaman cristianos, pero que se afanan también en las muchas cosas. La pregunta de Marta a veces se encuentra también en nuestras mentes. 

Aunque somos cristianos y cumplimos con ciertos deberes en la iglesia, sin embargo es fácil olvidar la única cosa que es necesaria. En esta era tan materialista, si el cristiano no lucha sincera y tenazmente contra las tendencias generales en el mundo, también se interesará demasiado en las cosas de este mundo.


Como pretexto para no asistir a los servicios divinos en la iglesia y ocuparnos en otras cosas, no debemos decir que podemos estudiar y aprender mejor la Palabra de Dios en el hogar que en el culto divino. Tampoco debemos caer en el error de Marta, opinando que la preparación de una cena es de más importancia que nuestra asistencia a los servicios divinos y que Dios puede aceptar nuestras buenas intenciones. Si poseemos ese concepto o punto de vista, estamos haciendo lo mismo que hizo Marta: distrayéndonos en muchos servicios.

Muchas personas han construido templos; han levantado escuelas. Han contribuido grandes cantidades de dinero a la iglesia. Han dado la impresión de ser cristianos muy activos y nobles en la iglesia. Pero no todos han tenido siempre la única cosa que es necesaria. Éstos han ascendido a lugares prominentes en la iglesia; han grabado sus nombres en la memoria de muchas generaciones. 

Pero, nunca han aprendido a sentarse a los pies de Jesús. Ojalá que nos turbemos o inquietemos al leer esta historia de María y Marta, y al oír este mensaje. Pero que nos inquietemos no con muchas cosas, sino con la cosa que es necesaria. Cristo en su Sermón del Monte también tuvo que mencionar el valor relativo de estas cosas, diciendo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas casan os serán añadidas” (San Mateo 6:33).


También conviene saber por qué esta necesidad de que habla el Señor se limita no a varias cosas, sino a una sola cosa. Mientras Marta trabajaba con afán y María estaba sentada a los pies de Jesús escuchando sus dulces palabras, vino Marta a Jesús y le dijo: “Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude” (S. Lucas 10:40). Inmediatamente, Jesús interrumpe la instrucción que estaba dando a María, fija sus ojos y su atención en Marta y le dice: “Marta, Marta, cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada” (v. 41). Cuando somos indiferentes, cuando no hacemos caso de las cosas del mundo, entonces nadie puede acusarnos de estar turbados con ellas; pero, cuando esas cosas nos causan inquietud, cuando requieren toda nuestra atención, cuando no hay tiempo para otras cosas, entonces estamos turbados con ellas. Cuando nos afanamos demasiado en las cosas de este mundo, entonces nos olvidamos de la única cosa que es necesaria. Ya no nos sentamos a los pies de Jesús; ya no buscamos el aliento espiritual y la consolación que siempre proceden de Él. Nos escondemos en el rincón de nuestra propia mente y razón. Amados, hay que llenar nuestros corazones de un deseo ferviente de las cosas espirituales, la cosa necesaria.

No es posible servir al mismo tiempo a nuestros deseos materiales y a las necesidades espirituales. 

También aprendemos del ejemplo de Marta que cuando ella estaba muy turbada con las muchas cosas, se ponía a censurar a otros. Asimismo nos pasa a nosotros: censuramos a aquellos que saben apreciar la única cosa que es necesaria. Entonces la gente incrédula pregunta: “¿Por qué lee usted su Biblia siempre? ¿Por qué va usted con tanta frecuencia a su iglesia?” Estas son las preguntas no sólo de los incrédulos, sino también de aquellos que no evalúan las cosas correctamente. El verdadero cristiano contesta así: “Amigo mío, yo sé qué valor tiene el Salvador en mi vida. Yo sé que tengo que seguir escudriñando las Escrituras.” Cada niño puede decir a otro niño vecino: “Oye, cada vez que voy a la escuela dominical o a la de doctrina, aprendo más acerca de las buenas nuevas, lo que Cristo hizo por mí.” Gracias a Dios, que no sólo los adultos, sino también los niños tienen la costumbre de ocuparse en la única cosa que es necesaria, a los pies de Jesús.

¿Qué en realidad encontramos en los servicios divinos y en el estudio de la Palabra de Dios? 

Descubrimos la fuente de toda confianza. Recibimos aliento espiritual, el consuelo que el mundo no conoce. En la Palabra de Dios tenemos un mensaje amoroso, una Palabra verdadera y distinta de la parlería y las mentiras de los falsos profetas. Los que se sientan a los pies de los grandes filósofos, los sabios, los teólogos modernos, reciben argumentos humanos, esperanzas vanas y vacías, teorías superfluas. Pero a los pies de Jesús, se reciben palabras de autoridad. Por eso la Biblia tiene un valor y mérito absoluto, una revelación completamente verdadera. Cuando abrigamos dudas en nuestras mentes, cuando empezamos a perder nuestra confianza, nuestra esperanza, cuando se debilita la fe, ¿dónde vamos a recobrar nuestra seguridad cristiana, dónde vamos a fortalecer y reavivar nuestra fe? Ciertamente no vamos a acudir a los libros escritos por hombres insensatos de este mundo, sino al Evangelio, a la única fuente de consuelo y promesa.

Jesús dice: “Una cosa es necesaria; y María escoció la buena parte, la cual no le será quitada.” Ésa es la promesa absoluta, la esperanza sin par que recibe María.


María quiere estar sentada a los pies de Jesús, recibiendo en su mente y en su corazón la bendita Palabra de Dios, porque sabe que su Palabra y la fe en esa Palabra no perecerán. Esa es la gran diferencia entre las cosas de este mundo y la única cosa que es necesaria: lo espiritual. El dinero, las casas, Ios grandes edificios, los imperios, los gobiernos, las reputaciones, los sueños del hombre: todo esto pasará. En cambio, las cosas espirituales son eternas. Por eso dijo Jesús en cierta ocasión: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” (San Mateo 24:35). Edifiquemos nuestras esperanzas, nuestra fe, nuestro interés y devoción, en ningún otro fundamento, sino en el de Jesucristo mismo. Ciertamente, la parábola del hombre que edificó su casa sobre la arena, y el otro que edificó la suya sobre la roca, sirve para hacer aún más clara la bendición y dicha que obtendrán todos aquellos que se sientan a los pies de Jesús.


También estamos seguros de que Dios nos ayudará por medio del Espíritu Santo, conservándonos en la verdadera fe, para que continuemos fielmente en su gracia y en su camino. Los enemigos de nuestras almas: el mundo, el diablo y nuestra propia carne siempre tratan de quitarnos esta confianza. 

Tienen estos enemigos la meta, el propósito común de matar nuestras almas. Estos enemigos también buscan la manera de hacer que estemos turbados con muchas cosas. No les conviene a estos enemigos que estemos sentados a los pies de Jesús. Pero si imitamos el ejemplo de María; si comemos y bebemos el alimento espiritual que Dios nos proporciona por medio de su Palabra, entonces tenemos para nuestra defensa las mejores armas, la mejor protección. Dios mismo nos asegura que si tenemos esa defensa, ni aun las puertas del infierno podrán hacer nada contra nosotros.


Por esta razón, sigamos siempre en el camino de nuestro Señor Jesucristo. Recordemos siempre el bendito ejemplo de María, nuestra hermana en la fe. Apreciemos el ambiente piadoso y consagrado que existía en aquel hogar de Betania. Aprendamos a sentamos, al igual que María, a los pies de Jesús. Si siempre conservamos viva la advertencia y la promesa hecha por Cristo en este caso, también nosotros seremos elogiados por Cristo por haber escogido la única cosa que es necesaria. Se requiere conocer bien estas promesas, se requiere aceptarlas, se requiere confiar en ellas incondicionalmente. Hay que meditar en ellas de día y de noche. El corazón tiene que darles completa cabida. El premio de gracia de tal fe y confianza es un premio eterno. El servicio carnal, el servicio hecho por las manos sólo recibe recompensa terrenal y pasajera.


Anhelamos y esperamos ese premio en los cielos, donde no habrá ningún servicio carnal, donde los fieles no estarán turbados con las muchas cosas, donde se encontrarán todos aquellos que han escogido por medio de Cristo la única cosa que es necesaria. Es un privilegio que sólo pocos alcanzarán. Sólo se logra por los méritos de nuestro Señor Jesucristo que recibimos mediante la fe en Él, por la gracia divina.

F. B. G.

Púlpito Cristiano


sábado, 2 de noviembre de 2019

Siervos fieles de Cristo.


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA.

Primera Lección: Amós 8:4-7

Segunda Lección: 1ª Timoteo 2:1-15

El Evangelio: Lucas 16: 1-15

Sermón

• Introducción

Administrar algo implica una responsabilidad y exige poner nuestra atención en cuidar de aquello sobre lo que tenemos la potestad. Y si es algo que nos ha sido dado o dejado a nuestro cargo en nombre de otro, la responsabilidad aumenta por el hecho de la confianza que se ha depositado en nosotros. En la administración pues debemos poner atención en hacer una buena gestión de lo que nos ha sido encomendado a nuestro cuidado, demostrando que hemos somos fieles administradores y que la confianza que se ha depositado en nosotros estaba justificada. Pues haciéndolo nos haremos merecedores del respeto y la consideración como hombres íntegros y confiables. Ahora bien, ¿podemos aplicar esta misma idea en lo que se refiere a nuestra vida personal?, ¿cómo la administramos?, y lo más importante, ¿qué uso hacemos de todos aquellos bienes que el Señor ha puesto a nuestro cuidado?. Pues aquí está la clave, en entender que todo lo que somos y tenemos, no es sino un depósito que el Señor ha dejado temporalmente bajo nuestra administración. 

¿Administramos nuestros bienes pues sirviendo a los intereses de nuestro Señor?, ¿o servimos por el contrario a otros señores?. Reflexionemos sobre si, como el siervo infiel, estamos trabajando ahora por administrar de manera inteligente y sabia los bienes que nos han sido dejados bajo nuestra tutela en esta vida, y teniendo presente el futuro eterno.

• Todo proviene de Dios

Nos encontramos en la lectura de hoy con una parábola que contiene una gran sabiduría, y donde un mayordomo es descubierto haciendo un mal uso de los bienes de su señor: “y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (v1). En primer lugar dice la Palabra que este hombre los disipaba, o lo que es lo mismo, los malgastaba sin su consentimiento. Ya de por sí esto demuestra que este mayordomo confundía gravemente el hecho de que aquellos bienes, aún siendo él su administrador, no eran suyos en realidad sino de su amo. Pero descubierto el engaño, la realidad se impuso para él y fue destituido de su cargo: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo” (v2). Todo lo tenía, y todo lo perdió por su mal comportamiento y su deslealtad. Detengámonos sin embargo ahora a reflexionar un momento sobre nuestra propia vida, y sobre todo aquello que tenemos. Pues es fácil perder el sentido de la realidad muchas veces por el uso y abuso del término posesivo “mi”. Solemos decir a diario: mi casa, mi familia, mi coche, mi dinero, mi vida, y un largo etcétera de “mies” que nos hacen pensar que los bienes que poseemos son nuestros por derecho y mérito propios. Olvidamos así que en realidad todo ello y nuestra vida incluida, no pertenecen a otro sino a Dios mismo, y que sin su voluntad nada tendríamos, ni siquiera nuestra existencia. Este Universo y en particular este mundo donde habitamos con todo lo que contiene, son creación de Dios en Cristo, y nosotros vivimos esta vida en esta tierra gracias al favor y el Amor de Dios. Él nos entregó este mundo para habitarlo y disfrutarlo sabiamente, y esta sabiduría incluye el no olvidar quién es en realidad el Señor de esta viña, y que en cualquier momento él puede reclamar lo que es suyo: “Jehová dió y Jehová quitó” (Job 1:21). Sin embargo el mayordomo cometió otra grave falta contra su señor. Disipó los bienes de su amo. Es decir, no solo se enseñoreó de ellos creyendo poder usarlo cual si fueran suyos, sino que además no los usó sabiamente ni con un fin noble. Sencillamente los derrochaba. Sí, el pecado del hombre hace que sea seducido a menudo por los bienes materiales, y así, transite los caminos del egoísmo y la insensatez. Pues es insensatez pensar que estos bienes nos han sido dados para el derroche, y no para ponerlos al servicio de una vida dedicada a vivir según la voluntad del Señor. Y suele ocurrir que la dura realidad se impone cuando, como a este mayordomo infiel, el Señor nos hace entender que no hemos sido fieles administradores de Sus bienes y que
debemos ser destituidos y destronados del pedestal que nos habíamos construido torpe e insensatamente los seres humanos: “mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos” (2ª Tim 3:9).

• Usando los bienes con sabiduría

La lectura explica que, sabiéndose descubierto en su engaño, el mayordomo visitó a los deudores de su amo para rebajarles su deuda. Pensaba que así se aseguraba el favor de estos en un futuro y que podría ser ayudado por ellos y recibido en sus casas. La sagacidad humana en las cuestiones mundanas es rica e imaginativa: “porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (v8). Mas en realidad todos somos, a causa del pecado, mayordomos infieles de los bienes de Dios. Y son muchas las ocasiones en que no hacemos un buen uso de ellos. Pues aquí está una de las claves de esta parábola, en buscar las maneras de usar los bienes que hemos recibido con sabiduría y con la mira en que sirvan de la mejor manera posible a los deseos del Señor para nuestra vida y, desde ella, a la de nuestro prójimo. Recordemos que Dios espera que nuestra vida en toda su extensión, sirva a Su voluntad y que pongamos nuestra inteligencia y recursos no solo al servicio de nuestras necesidades personales, sino también de la extensión del Reino y del Amor de Dios para este mundo. Y cuando hablamos de bienes, no hablamos solo de recursos materiales o simplemente dinero. También los dones o habilidades que tenemos, o sencillamente nuestro tiempo pueden ser útiles y valiosos para este fin. Pero ¡solemos excusarnos y quejarnos tantas veces de tener poco de esto o aquello!. Sin embargo para el Señor poco nunca es poco realmente, y valora siempre ante todo la sinceridad de un corazón entregado y generoso pues: “el que es fiel en lo muy poco; también en lo más es fiel” (v10). Y para esto nada mejor que seguir el modelo que para nosotros es Cristo, el cual fue el primero en disponerse al servicio fiel a favor de la humanidad, no escatimando nada y entregando voluntariamente hasta la última gota de su sangre por nosotros. Tengamos en definitiva en mente siempre que nada hemos traído a este mundo, y nada nos llevaremos del mismo; todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios nuestro Creador, y en realidad, como proclama el Ofertorio en cada Oficio: “todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. Recordemos además y es importante tenerlo presente, que cuando hacemos un buen uso de los bienes terrenales, no buscamos con ello recompensa alguna de parte de Dios. No, pues nuestra recompensa se halla en aquella Cruz que nos liberó de la muerte y el pecado y a partir de ella, todo lo demás brota de la fe en la obra de Cristo y sus promesas. Confundir esto sería errar gravemente, y quitaría a Cristo el mérito que sólo a Él pertenece. Y nuestro mérito, nuestra Justicia ante Dios es precisamente Cristo y sólo Cristo (Gal 2:16).

• Sirviendo a un solo Señor

Administrar lo ajeno ya hemos dicho que es una responsabilidad. Y cuando alguien demuestra celo en ello, se le considera persona confiable y fiel, y digna de recibir mayores responsabilidades. Jesús nos enseña sobre este hecho en relación a nuestra salvación: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?, y si en lo ajeno no fuisteis fieles ¿quién os dará lo que es vuestro?” (v11-12). Es decir, si en la administración de los bienes terrenales demostramos insensatez y falta de responsabilidad, ¿cómo podemos pretender recibir y apreciar el bien supremo que es la salvación eterna?. Y si no reconocemos a Dios en nuestra vida y en todo lo que hemos recibido de Él en ella, ¿cómo lo reconocemos cuando estemos en su presencia en las moradas celestiales?. El ser humano es advertido así de su responsabilidad sobre cómo administrar todo aquello con lo que el Señor lo bendice en su caminar en la Tierra. Sin embargo, otro de los peligros para nosotros a la hora de ejercer nuestra mayordomía es, como le ocurrió al mayordomo infiel y les ocurría a algunos fariseos avaros, sucumbir al amor por las riquezas. Pero el esplendor de ellas, lo “sublime” como es llamado por Jesús, especialmente cuando sirve al egoísmo o la avaricia no es ante Dios sino abominación. Pues llegados a este punto, el hombre se ha convertido en realidad en un esclavo, y ya no sirve al verdadero Dios, sino que está atado a lo material, a lo corruptible. ¡A todo aquello que no es sino podredumbre y muerte!. De nuevo Jesús nos advierte: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6:19.21). No, debemos tener presente que nuestra riqueza, nuestro tesoro no está aquí en la Tierra, y que no hay nada en ella que pueda ni deba ser el objeto de nuestros anhelos más profundos. Nuestro tesoro está en el Cielo, y tenemos aquí en esta vida un anticipo del mismo en las promesas de vida y salvación que Cristo nos ofrece. (Jn 6:47). Y especialmente tenemos un anticipo de este tesoro del Cielo aquí en la Tierra, en el cuerpo y sangre que Cristo nos ofrece en cada Oficio para donarnos vida y salvación: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn 6:54). ¿Quién sería pues tan insensato de buscar otros tesoros mayores o servir a otros señores?, pues ¿qué puede darnos mayor plenitud que sabernos herederos del Reino celestial?.

• Conclusión

Por tanto preguntémonos cada uno a nosotros mismos: ¿Cuáles son los bienes con los que he sido bendecido en esta vida?, y ¿a quién sirven estos bienes?. Es indudable que aquello que Dios nos ha dado, lo ha dado para que hagamos uso y disfrute de ello, pero un uso con sabiduría. Sin embargo también estos bienes deben servir llegado el caso al prójimo, al necesitado, a aquél donde Cristo se nos manifiesta en su necesidad. No verlo así implica una concepto de la vida egoísta y lejos del Amor que, como cristianos, deberíamos proyectar alrededor nuestra. Somos por tanto mayordomos de Dios aquí en la Tierra, y estamos llamados a administrar con fidelidad los bienes con que Él nos ha bendecido. Y de entre todos el mayor es la gracia y el Amor que disfrutamos en Cristo. Al mundo puede parecerle poco, pero para nosotros es nuestro tesoro más preciado: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25:21). ¡Que así sea, Amén!.

viernes, 4 de octubre de 2019

¡Es hora de despertar!



 


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                   

Primera Lección: Jeremías 23:5-8

Segunda Lección: Romanos 13:8-14

El Evangelio: Mateo 21:1-9



Suele pasar cuando estás profundamente dormido, soñando gratamente y estás a punto de resolver el misterio… cuando de pronto tus sueños desaparecen con los sonidos de la alarma del reloj que parece decir: ¡Despierta! ¡Despierta!. Tus ojos se abren para ver la habitación a oscuras. El sol aún no ha salido todavía y todo lo que escuchas es el reloj de alarma. Estiras la mano para golpear el botón de alarma y así detener ese terrible ruido. La habitación pronto se llena de silencio de nuevo y apoyas tu cabeza en la almohada. Te gustaría volver a dormir, pero no puedes porque tienes que levantarte. Lanzas las sábanas, sientes el aire frío de la mañana y te sientas. Te estiras, intentas frotarte la cara para quitarte el sueño y mueves rápidamente los ojos. Un nuevo día está llegando. Tu mente comienza ponerse al día. Te preguntas “¿Qué tengo que hacer hoy?”.

Un nuevo día ha llegado. ¿Estás listo para… qué? El reloj con alarma es un buen invento para despertarnos, levantarnos y prepararnos para un nuevo día. Esta mañana se nos recuerda de un día especial que se avecina, un día para el que todos tenemos que estar listos y que es un día que muy fácilmente puede ser ignorado. Se acerca el día en que Cristo vendrá de nuevo con gloria para juzgar a los vivos ya los muertos. ¿Estás listo para ese día?

Probablemente en el ámbito espiritual estamos más dispuestos a vivir a la deriva o en un letargo que despiertos. La indiferencia de nuestras vidas espirituales puede establecerse en nosotros cuando nos dejamos llevar por nuestras tentaciones, pensamientos e ideas sobre Dios. Nuestro Señor sabe de la tentación que tenemos de caer en el sueño del pecado, por lo que esta mañana se nos envía un despertador. Él envía una clara voz, oímos que Pablo hace sonar la alarma: “ES HORA DE DESPERTAR, el día ya casi está aquí, así que ahora es el momento de prepararse”.

¿Hay algún día que te da más ganas que otros? ¿Ese día que esperas y que no ves la hora de que la alarma suene? Sin duda para los niños, su cumpleaños es un día de esos, Navidad o el día de Reyes, el día en que emprenderás un viaje muy esperado. Tal vez es el día en que un ser querido llega de visita o vas a ver a la familia que no has visto en mucho tiempo. Tal vez es el día de tu graduación, boda o nacimiento de tu bebé, o cualquier otro día especial que no tiene que ver con ningún otro típico día de la semana. Cada uno de nosotros ha tenido un día que espera con muchas ganas y ansias. Puede incluso, que hayas llevado una cuenta atrás hasta que finalmente llegó el gran día o que hayas tenido dificultades de conciliar el sueño.

Por otro lado, hay algunos días que nos encantaría evitar, días que nos ponen muy nerviosos y preocupados, que nos hacen perder el sueño por una sensación de temor e inseguridad. Tal vez es el día de un examen importante o valoración de tu puesto en el trabajo. Tal vez es el día que tienes que ir al médico para un examen físico. Quizá sea el día en que recibes los resultados de las pruebas de salud o el día de una tarea muy desagradable en el trabajo. Tal vez es el día de tu muerte. Pocos días causan una mescla de excitación y temor. Hoy se nos recuerda que habrá un día especial, cuando Cristo, el santo Rey de toda la creación, vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. Jesús describe ese día, “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro… Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos” (Mateo 24:30-31; 25:31-32) Gran parte de ese cuadro es aterrador, incluso para los creyentes. Cada uno de nosotros es un pecador, poseyendo una rebelde naturaleza pecaminosa.

Como personas pecadoras, la perspectiva misma de estar en pie ante el Juez Santo con toda una vida de pecados en pensamientos, palabras y obras es horrible. El justo castigo por el pecado es aún más aterrador, la muerte eterna en el infierno separado del amor de Dios para siempre. Tales pensamientos aterrorizan a cualquiera y las palabras de Jesús en Mateo 24:42, sólo se suman a la terrible realidad de que ninguno de nosotros puede saber cuándo Cristo vendrá de nuevo a juzgar. “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor”. Un día así, tan crucial y terrible, o se ignora o se espera con una carga de culpa y miedo. Si nos permitimos dormir en el letargo del pecado, el último Día será aterrador para nosotros, pero no es así como lo describe Pablo: “es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día”.

Pablo sabía algo que nosotros como creyentes en Cristo también necesitamos saber, creer y confiar. No sólo somos pecadores que merecen la ira de Dios, sino también somos sus hijos santificados en la sangre de Cristo por la fe en Él. Pablo sabía lo que Cristo había hecho para que sea así. El Rey que ha de venir a juzgar es también el Cristo que vino a salvar. Jesús vino en Belén para ponerse en nuestro lugar. Él vivió una vida perfecta libre del sueño espiritual y de la indiferencia. No tenía la naturaleza pecaminosa que lo atormentaba, ni el miedo al santo juicio de Dios. Luego sufrió una muerte de Cruz para pagar por tus pecados y sellar tu perdón con su gloriosa resurrección. Entonces Él prometió regresar en gloria para completar tu salvación con una herencia eterna. Eso es lo que Pablo sabía que conseguiría el último día. Cristo vendría y traería consigo tu eterna herencia de la gracia. Es por eso que Pablo quiere que despertemos del sueño de pecado. Todos los días nos encontramos unos pasos más cerca de recibir la herencia de Cristo para disfrutar el descanso eterno en los cielos. Pablo nos anima que esperemos con impaciencia aquel día, preguntándonos si hoy será ese día. Después de todo, si estaba cerca en aquel tiempo, ¿cuánto más cerca está el regreso de Cristo para nosotros ahora? Pero... ¿cómo sabremos que ese día se acerca? Jesús dijo que no sabemos qué día vendrá nuestro Señor. Podría ser hoy, mañana o podría ser dentro de diez años o diez siglos a partir de ahora. Entonces ¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Nos acurrucamos de nuevo en el dulce sueño del pecado con la esperanza de que Cristo no venga por un tiempo? Después de todo, han pasado más de 2.000 años desde que visiblemente dejó este mundo. Entonces ¿cómo nos preparamos? “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”.

Si vamos a despertar y estar listos para el último día, entonces tenemos que conseguir el vestido correcto y evitar caer en un letargo espiritual. Este nos hace ser indiferentes, incluso arrogantes acerca del pecado. Se abre la puerta nuestra naturaleza pecaminosa que tratan de apartarnos de Cristo y de su obra. Cada día esas fuerzas oscuras tratan de que nos centremos en lo que nosotros deseamos en lugar de lo que Dios desea para nosotros. Por eso, Pablo advierte en contra de tal sueño. Las “obras de las tinieblas” no suenan tan inusuales. Después de todo, las imágenes y actitudes de nuestra cultura nos atraen y llevan a caer en los deseos de nuestra carne. Tal vez tu actitud hacia el alcohol o el sexo debería estar en esta lista de “obras de oscuridad”. Tal vez se debería incluir la forma en que haces daño a su cónyuge, hermanos, amigos o compañeros de trabajo. Tal vez sería útil incluir los celos hacia los demás, incluso se podría poner el hacer el bien por la razón equivocada, solo para mostrarte a los ojos de quienes te rodean o a los ojos de Dios.

Entonces, ¿cómo dejar de lado estas “obras de las tinieblas"? En Juan 16:33, Jesús nos dice: “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo”. Jesús venció esas fuerzas oscuras por nosotros cuando vino la primera vez. Su vida estaba libre de esos oscuros pecados. Con su muerte pagó por tus oscuros pecados. A través de las aguas del Santo Bautismo, cubrió tus pecados con su justicia por lo que el santo Dios ya no te ve sucio por el pecado, sino santo en Cristo. Ahora por la fe que puedes ir a diario al Señor y arrepentirte del pecado volviendo a tu Bautismo y viviendo la vida nueva que Dios te ha prometido dar. Por medio de Cristo, puedes estar seguro de que Dios perdona tus pecados y te permite vivir en paz, sabiendo que Él cargó tus obras oscuras. Por medio de Cristo, puedes “ponerte la armadura de la luz”. Sabemos que Jesús puede regresar en cualquier momento y es la hora de estar despiertos y listos, vestidos del Señor Jesucristo. La Biblia enseña que “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” Gálatas 3:27. En tu bautismo, Dios te hizo su hijo y te dio la inocencia de Jesús para cubrir tu pecado. Estamos llamados a ponernos esa armadura que es Cristo una y otra vez, porque es una lucha diaria. Regresando diariamente a nuestro bautismo, desechando las viejas obras de la oscuridad. Lutero dijo que la persistencia de nuestra vieja naturaleza pecaminosa es como la barba que crece en la cara de un hombre y que a diario necesita “afeitarse” con el arrepentimiento y el perdón. El momento en que sus promesas van a ser cumplidas está cada vez más y más cerca. Así como Dios envió a Jesús en la plenitud de los tiempos hace 2.000 años, para nacer en la primera Navidad y redimirnos. Así también en la plenitud de los tiempos, Dios está de nuevo acerca para traernos la salvación final y llevarnos con él. Este tiempo de Adviento, tu espera y expectativas se llenarán de alegría, mientras aguardamos el amanecer de Cristo.
Estás protegido por la sangre de Cristo, el mismo Señor, que ya ha conquistado las fuerzas de la oscuridad para ti y te protegerá de los ataques. Él te fortalece y prepara a través de su Palabra y se da sí mismo en su cena. Todo eso cambia tu vida por lo que ahora puedes vivir como hijo de la luz. Puedes mostrar amor a tu cónyuge, hermano o amigo. Tener actitudes y motivaciones puras y dar gracias que Dios ha bendecido a otras personas de manera diferente a ti. Puedes esforzarse por vivir una vida de justicia a través de Cristo, porque “el día ya casi está aquí”. Cristo viene pronto para librarnos del terror de la noche del pecado, para que la herencia eterna que él adquirió para ti. No queda mucho tiempo, es hora de que despertar y vestirnos de Cristo. El día ya casi está aquí.

viernes, 20 de septiembre de 2019

¿Reinos y grandeza?


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                              


Primera Lección: Daniel 10:10-14, 12:1-3

Segunda Lección: Apocalipsis 12:7-12

El Evangelio: Mateo 18:1-11

 


I. La grandeza en el reino de Dios

¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Eso es lo que los discípulos quieren saber. Esta discusión sucede varias veces en los Evangelios y la pregunta la podemos interpretar de diferentes maneras.


Una interpretación negativa sería que esté relacionada a la ambición de poder. En ese caso el centro  de la pregunta es: “Señor, vemos que eres muy poderoso, por lo que queremos ser parte de tu reino. Queremos tener parte de ese poder para nosotros, porque nos gusta el respeto y el reconocimiento que trae. Entonces, ¿cómo podemos ser grandes y poderosos como tú?” La interpretación positiva sería en el sentido de una búsqueda de la excelencia, de querer sacar el máximo provecho de ser un seguidor de Jesús. En ese caso, la pregunta sería algo así como  “Señor, queremos ser los mejores discípulos que puedas tener. ¿Cómo podemos hacer esto?”


Sea cual sea la carga de la pregunta, Jesús responde llamando a un niño hacia él y diciendo a sus discípulos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.


Tenemos que aclarar qué significa y qué no significa esto. No se trata de comportamiento, Jesús no está diciendo, “Tienes que dejar de ser adulto y empezar a ser respetuoso y obediente como este pequeño niño”. De hecho, no tenemos idea de cómo ese niño ha estado comportándose, puede haber sido un terror para sus padres la mayor parte del tiempo. Algunos niños se comportan mejor que otros. Jesús no está hablando de la inocencia o la bondad de los niños. Él no está diciendo: “Dadas las condiciones de los niños, tenéis que limpiar vuestras mentes, deshacerse de las sospechas y empezar a actuar como personas ingenuas, como los niños que una vez fueron”. En el mundo antiguo, con sus realidades de esclavitud, el infanticidio y la violencia, es muy discutible cómo podría ser un niño. Por lo tanto Jesús no está hablando acerca de la conducta o la inocencia de los niños. Él está hablando de algo completamente distinto. Para establecer el escenario, consideremos el niño en el texto. En primer lugar no hay nada en el griego que nos diga que el niño no sea una niña. Ahora, esto sí que sería una sorpresa para los discípulos y serviría a los fines de Jesús así: si quieres ser grande en el reino de los cielos, se igual a esta niña. En el tiempo de Jesús, las niñas no tenían ningún poder en la sociedad. No tienen derechos, no recibirán herencia. Tenían que ser protegidas de algunos hombres hasta que alcanzaban la edad adecuada y luego eran casadas con alguien sin tener mucho que decir en el asunto. Ningún derecho, ni poder, ni riqueza, no decidían cómo serían sus vidas: ¿cómo alguien así puede ser grande en el Reino de los cielos?


Debido a que la grandeza en el reino de los cielos es completamente diferente a la grandeza de los reinos de este mundo. La grandeza en el reino de los cielos se mide en términos de necesidad, debilidad y vulnerabilidad. Vale la pena repetirlo: el mayor en el reino de los cielos es el más necesitado, más débil y más vulnerable. ¿Por qué? Porque el más necesitado, más débil y más vulnerable es el que va a confiar en Cristo con todo su ser. Considere la posibilidad de un niño y una niña en la época de Cristo. El muchacho se levantó con el conocimiento de que él va a tener derechos, tal vez recibirá una herencia y tiene potencial para mejorar su situación por lo que trabaja duro para ello. Por ser quien es, su destino es algo para él, por lo menos mucho más que su hermana. Sin derechos, poder, riqueza o algo que decir en su vida, la niña es vulnerable: no tiene más remedio que confiar en sus padres durante su infancia y luego confiar en su marido cuando está casada. Por supuesto, para la chica en los reinos de este mundo puede funcionar bien o no, porque en los que ella debe confiar son personas imperfectas: sus padres pueden ser crueles y su marido podría ser un cerdo. Pero cuando se trata del reino de los cielos, en quien debemos confiar es totalmente digno de confianza, porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.


El que está en el reino de los cielos, es una persona de las más necesitadas, las más débiles y las más vulnerables, es quien va a confiar en Cristo, porque no tiene nada más en qué confiar y el que confía en Cristo es el más grande es el reino de los cielos. Tú eres de los más necesitados, de los más débiles y de los más vulnerables en el reino de los cielos. Pero tú puedes sentir y creer otra cosa, así que vamos a hacer un breve cuestionario: ¿Eres santo y perfecto sin Cristo? No. Eso te hace pobre en justicia y santidad. ¿Eres pecador? Sí. Eso te hace demasiado débil para salvarte a ti mismo. ¿Puede levantarte a sí mismo de entre los muertos? No. Eso te hace vulnerable a la muerte y el infierno.

Esto es el motivo por el cual vives una vida de arrepentimiento, confesando tus pecados. Por esto sigues diciendo: “Yo no puedo salvarme a mí mismo, pero Jesús es mi Salvador”. Por eso, cuando se trata de tus acciones, dices con Pablo “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Y es por eso que nos maravillamos y expresamos nuestra acción de gracias por esta asombrosa verdad: el mayor en el reino de los cielos es Jesucristo. ¿Esto implicaría afirmar que Jesús es el más necesitado, más débil y más vulnerable? Sí, en la cruz. Como quien lleva los pecados de todos en el Calvario, allí Jesús es el más necesitado y el más injusto, el más débil, el más pecador y el más vulnerable. Sufre la muerte y el infierno por todos. Confiesa esto con sus palabras: “Tengo sed” y “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Hasta el momento, la Ley afirmaba que tú eras el más necesitado, el más débil pecador, el más vulnerable y que nunca podrías entrar en el reino de los cielos. El Evangelio es que Jesús se convirtió en el más necesitado pecador, débil y vulnerable en tu lugar para que el reino de los cielos sea tuyo. Como redimidos, a vivir una vida diciendo: “Por naturaleza, sigo siendo necesitado, débil y vulnerable. Es por eso que necesitamos a Cristo, su gracia y su victoria sobre el pecado y la muerte”. Esto prepara el escenario para el resto de nuestro texto.


En el reino de este mundo, obtienes grandeza aprovechándote de las debilidades de tu oponente, y en una vista previa a la segunda parte de este sermón, y no es necesariamente una mala cosa. Pero en el reino de los cielos, está prohibido. Esa es la razón por la que Jesús dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. En el reino de este mundo, la debilidad es rechazada y despreciada. Es curioso ver en los colegios como se arman los equipos para competir entre compañeros. Nadie quiere a los patosos, a los que no son atléticos. Imaginaos como es la selección en un nivel más profesional. Se dice que la cadena en este mundo es tan fuerte como el eslabón más débil, por lo que la debilidad es despreciada y evitada. Si una oveja se pierde, es probable que los lobos se la fueran a comer de todos modos. Pero no es así en el reino de los cielos. Si una oveja se pierde, Cristo va tras ella. ¿Por qué? Debido a las ovejas que dicen: “Estoy perdida”, son las que saben que son vulnerables y necesitan del Pastor. Y por eso Jesús sigue hablando de la disciplina eclesiástica, sobre qué hacer cuando tu hermano peca contra ti. Si tu hermano se niega a arrepentirse es porque dice: “Yo no soy tan débil. Yo puedo tener este pecado y ser bueno con Dios. El resto de vosotros sois demasiados débiles para vivir el pecado sin arrepentimiento en sus vida, pero yo puedo manejarlo”. Cuando un cristiano no se arrepiente, sus hermanos y hermanas en Cristo, van hacia él y le dicen: “Está engañándote a ti mismo. No eres fuerte, sólo estas engañado. Confiesa tu pecado y confía en Cristo, para que puedas estar en el reino de los cielos una vez más.” En el reino de este mundo, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. En el reino de los cielos, el más grande es el más vulnerable de todos. Si vas a ser grande en el reino de los cielos necesitas ser como un niño pequeño.

Ora y sigue adelante

Habiendo dicho todo esto, también debes darte cuenta de que, como cristiano, te encuentras actualmente en dos reinos, estás tanto en el reino de los cielos como en el reino de este mundo. El reino de Dios es un reino de gracia, donde se te dan todas las cosas buenas. El reino de este mundo es un reino de la ley, en la que trabajas para obtener ganancias. Cuando se trata del reino de los cielos, se vive como uno que es débil y depende completamente de la gracia de Cristo. Cuando se trata de reino del mundo, tienes que dar todo lo que tienes.

Así que hay que aplicar un excelente proverbio ruso: orar duro y seguir remando. Confiesa tus pecados y debilidades ante Dios y luego haz todo lo que puedas en la medida de tus capacidades en este mundo. Sería un error terrible para, por ejemplo, un estudiante de la escuela secundaria decir: “Ya que el pastor dijo que soy débil, ni siquiera voy a tratar de pasar Algebra porque soy cristiano”.  Sería un error para un cristiano decir: “Como yo soy necesitado y Dios provee todo, ni siquiera voy a tratar de ganarme la vida, sino que voy a vivir del trabajo de los demás”, o para un padre que decir: “Como yo soy un pobre y miserable pecador, ni siquiera voy a tratar de criar a mis niños”.  También sería erróneo decir que los cristianos no deben aspirar a posiciones de liderazgo en este mundo, ya que deben mantener su vulnerabilidad. Estos son más que errores, estos son ejemplos de falsa doctrina, una confusión de vivir en dos reinos. He aquí cómo funciona la naturaleza pecaminosa para que las cosas queden totalmente al revés: en la naturaleza, la gente quiere trabajar por un lugar en el cielo y al mismo tiempo conseguir cosas gratis en este mundo sin mover un dedo por ellas. Eso es precisamente lo contrario de cómo Dios ordenó que las cosas sean.

Dios ordenó este mundo para que funcione conforme a su ley. Esto es así antes de la caída en pecado. Él le dio a Adán y Eva cosas que hacer, leyes a seguir como el cuidado de la tierra y no comer de cierto árbol. La diferencia es que, antes de la caída, el parto era una delicia para la mujer. Después de la caída, no lo sería, y después de la caída el trabajo tendría todo tipo de espinas y cardos, a causa del pecado. Tenemos que ser claros en esto: si no te gusta el trabajo, la razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo no es un deseo piadoso de ser como un niño vulnerable de Dios. La razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo es porque el trabajo es un don de Dios y tu carne no quiere hacer uso de ese don. Como aquellos que entienden que todo es un regalo de Dios, los cristianos se esfuerzan por la excelencia en todo lo que les es dado a hacer. Para decirlo de otra manera, Dios te ha dado dones y habilidades para que podáis estar al servicio de los que te rodean. Decir que para demostrar mi necesidad, no voy a hacer uso de estos dones para servir a los demás, es estrangular tu fe con la falta de amor. Cuando se trata del reino de los cielos, tú eres el más necesitado de todos. Cuando se trata del reino de este mundo, tú eres el instrumento de Dios para trabajar por el bien de los demás. Esto nos lleva a un aspecto más de este mundo. Este mundo no tiene injusticias porque Dios ha ordenado que se ejecute de acuerdo con la ley, Dios da su ley para frenar el mal. Este mundo tiene injusticias porque los pecadores abusan de la Ley que Dios da. En lugar de trabajar duro en el servicio a los demás, la tentación es trabajar duro para servirse a sí mismo. Debido a que este es un mundo de pecado, de las personas vulnerables son explotadas, abandonadas, asesinadas o utilizadas por los poderosos. Pero como cristiano, trabajamos duro en el servicio a quienes nos rodean. Salimos en defensa de los no nacidos, ayudar a personas con discapacidad y al cuidado de los más débiles y frágiles. Lo hacemos porque tenemos voz y capacidad para ello, pero sobre todo porque Cristo salió a nuestro encuentro en su camino a la cruz para darnos vida y fuerza. Así que a rezar mucho y seguir remando. Recuerda que estás en el reino de este mundo y el reino de los cielos a la vez. En este mundo, trabaja duro para utilizar los talentos y habilidades que tienes en la búsqueda de la sabiduría, la excelencia y el servicio, y brinda lo mejor en cada cosas que haces en el mundo. Pero siempre recuerda que también eres un niño en el reino de los cielos, donde la grandeza del mundo no cuenta para nada. Allí, sigues siendo el más necesitado, más débil, más vulnerable. Allí, Cristo declara que Él ha ido a la cruz para morir por tu pobreza de justicia, tu debilidad frente a la tentación y la impotencia frente a la muerte. Él ha tomado tu lugar en la muerte, para que pueda tener el reino de los cielos para siempre. Ese reino es tuyo. Es todo tuyo, porque Aquel que murió por tu pecado ha resucitado de nuevo para darte su reino con estas simples palabras: estás perdonado de todos sus pecados. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

sábado, 14 de septiembre de 2019

¿Confianza en Dios en medio de Problemas?

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 06-10-2013
Primera Lección: HABACUC 1:1-4 , 2:1-4
Segunda Lección: 2 Timoteo 1:1-14
El Evangelio: Lucas 17:1-10

¿Te quejas mucho ante Dios? ¿No te gustan las circunstancias por las que estás atravesando? Hay planes que no han salido como esperabas? ¿Tienes disgustos, contratiempos, frustraciones? Puede que estés indignado por cómo va el mundo, tan lleno de maldad e injusticias. ¿Has orado por todo ello y nada ha pasado? “Dios por favor mueve ficha” has orado y Dios parece como si estuviera de vacaciones. En fin, nos quejamos de muchas cosas… pero ¿Nos está permitido a los cristianos quejarnos? 


Hoy podemos acercarnos a la Palabra de Dios en este pequeño libro de Habacuc y encontrar una respuesta a ese interrogante. En este libro vemos a un profeta, Habacuc, que va a ir creciendo en su fe y confianza en Dios. Os invito a leer en privado en otro momento los tres capítulos del libro.
Habacuc comienza con una queja ¿Hasta cuando SEÑOR clamaré y no oirás? Habacuc está molesto y disgustado por lo que ve que está pasando entre el pueblo de Dios y a lo que Dios no parece poner remedio.

Sin embargo, estas quejas aminoran cuando Habacuc aprende que Dios va a poner remedio castigando a su pueblo. Pero a Habacuc no le gusta el modo de actuar de Dios ya que Dios va a castigar a su pueblo por medio de los terribles caldeos, que además eran paganos. ¡Vaya modo de disciplinar al pueblo!

¿No nos parecemos a Habacuc? Vamos de una queja a otra y nunca parecemos estar satisfechos.

Pero Dios va a pedir a Habacuc lo más difícil: que confíe en El y sus promesas aun cuando todo esté a la contra. En medio del lío en que estamos Dios nos pide que confiemos en su Palabra, en sus promesas: el perdón y la salvación por Cristo, su cuidado, que el mundo y mis circunstancias están bajo su pleno control.

En el capítulo 3 vemos como Habacuc después de todas sus quejas , al final acaba aceptando los planes de Dios confiando en sus promesas y en y de la humilde fe,

A través de este libro Dios nos dirige por el difícil sendero de confiar en El esperando el cumplimiento de sus promesas viviendo en humilde fe.

1-ESPERAR QUE LAS PROMESAS DE DIOS SE CUMPLIRÁN INDEFECTIBLEMENTE
Habacuc cumpliendo con su llamamiento había denunciado todos los males que aquejaban al pueblo de Dios 1:3 y 4. Dios le dice “¿Estás harto? Yo también” “por eso voy a hacer que los ejércitos caldeos vengan y arrasen la tierra de Judá”.¿Qué? ¿Van a venir los ejércitos de Caldea? ¿Esos paganos? Eso no es precisamente lo que Habacuc esperaba. Parecía que Dios bajaba sus propios niveles: recurrir a unos bárbaros paganos para castigar al pueblo de Dios.Más o menos, como nosotros cuando vemos que Dios actúa, pero no del modo como a nosotros nos gustaría. En el versículo 2:1 Habacuc está preparado para recibir un respuesta de Dios y Dios a su vez le dice que escriba lo que le va a decir de un modo claro, entendible por todos, conciso porque Dios quiere que su mensaje sea claro y comprensible. A continuación en todo el capítulo 2 viene la respuesta de Dios. 

La liberación del pueblo vendrá sin duda, pero a su tiempo. Las promesas de Dios nunca fallan, El ha empeñado su Palabra.

“Esperalo” dice nuestro texto. Ese es el problema: no nos gusta esperar. Cuando las circunstancias parecen sobrepasarnos ¿Cómo esperar? ¿Cómo esperar ningún bien de Dios de todas estas tribulaciones? ¿Cómo esperar que después que los caldeos hayan arrasado Judea vendrá la liberación del pueblo? Nosotros tenemos nuestra programación, pero Dios tiene la suya . “Espéralo” porque sin duda vendrá, llegará.

¿Qué promesas Dios ha dejado escrita en nuestra “tabla” , en nuestra Biblia? Descansa en esas promesas de Dios. Espera en el Señor. A nosotros no nos corresponde la programación de los hechos. 

A nosotros nos corresponde fiarnos de las promesas de Dios, de su Palabra , “el cielo y la tierra pasarán, pero mi Palabra no pasará”.

2 VIVIR EN LA HUMILDAD DE LA FE
Uno de los versículos clave del Antiguo Testamento es el versículo 2:4 “mas el justo por su fe vivirá”. Como contraposición al orgullo caldeo o del mundo en que vivimos o de la sabiduría del mundo o del orgullo propio. “El justo vivirá por la fe”. Habacuc habla del justo porque su época fue muy dura para los creyentes sinceros rodeados de tanta injusticia. ¿Te sientes tentado a abandonar? 

¿Te sientes tentado a ablandar las enseñanzas de la Palabra en tu vida? Dios nos llama a vivir por la fe, por la confianza en El. ¿Qué es lo que tiene que hacer el justo? Vivir por la fe, asirse de su Dios y Salvador crucificado por él, volver una y otra vez al pacto que Dios hizo contigo en tu bautismo, vivir por la fe en el Evangelio.

El justo vivirá por la fe, aquí está el resumen de la vida cristiana, en tiempos de Habacuc o ahora. Humilde confianza en las promesas del Evangelio, decidido deseo de confiar y obedecer su Palabra, una dependencia contínua del sacrificio de Jesucristo en la cruz, nuestra única esperanza y consuelo. Esta fe no es algo que tuvimos un día y ahí está siempre constante e invariable. A veces vienen épocas cuando esa fe no es tan viva, cuando nos quejamos más a Dios que le damos gracias y alabamos ;cuando Dios nos parece irreal. El cristiano pasa por esas épocas también. La fe no es para las épocas o momentos buenos o malos, es para toda la vida; en realidad es nuestra vida. Dios nos llama , por medio de este profeta Habacuc a crecer en la fe, a volver una y otra vez a las promesas de Dios, a escucharlas , leerlas, degustarlas ( como por ejemplo en la Santa Cena).

Finalmente Dios, a través de Habacuc, nos enseña a confiar en Dios y sus promesas. Habacuc confía en su Dios y sus promesas, sin importarle las circunstancia; sigue confiando en Dios cuando los caldeos arrasan campos y ganados. Las circunstancias nos pueden hacer creer lo contrario, pero nuestro Dios nos cuida, siempre actúa rectamente, su Palabra no falla. El sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. El nos promete salvación a los que creemos en el nombre sobre todo nombre. Este gran Dios es nuestro Dios en Cristo Jesús. Amén

viernes, 12 de julio de 2019

Comer para vivir.




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                 

Primera Lección: Deuteronomio 4.1-2, 6-9

Segunda Lección: Efesios 6.10-20

El Evangelio: Marcos 7.14-23

Sermón

El problema de la contaminación. Durante los últimos tiempos se ha hablado y se ha hecho mucho en lo concerniente a los problemas de contaminación y medio ambiente. Muchas veces los ecologistas parecen extremistas con su accionar, en cierta forma es bueno estar preocupados por el mundo de Dios y nuestra seguridad. Tratan de hacer que no se contamine indiscriminadamente, no se talen bosques o no se pongan en riegos de extinción ciertas especies animales.

Otros también están preocupados por la contaminación moral y quieren limpiar la televisión y el cine. Para otros la oración y la religión en las escuelas públicas o escenas del pesebre de nuevo en lugares prominentes en el tiempo de Navidad son contaminantes a la libre elección que las personas pueden hacer sobre su vida de fe. Desafortunadamente acciones como éstas no son las que harán que la gente sea mejor y las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos muestra por qué.

Contaminados desde el interior. Los fariseos estaban molestos porque Jesús permitió a sus discípulos comer sin lavarse las manos. Si bien nos pasa lo mismo con nuestros hijos, pero por razones diferentes, para los fariseos no era sólo una cuestión de salud, sino que estaban convencidos de que la contaminación espiritual, en realidad, llegaba por el hecho de haber tocado algún objeto que una persona no creyente hubiese tocado. Por esto, comer sin lavarse las manos también era una causa de transmisión de impureza espiritual.

En esta controversia, Jesús se pone del lado de la naturaleza, por lo menos en lo que respecta a la propia contaminación espiritual. Los fariseos culpaban al medio ambiente, a lo que los rodeaba, sin embargo  Jesús dice que el problema no está en lo que nos rodea y condiciona, sino que esta en nosotros mismos. “Eres lo que comes” puede ser una verdad hasta cierto punto, físicamente quizá, pero no espiritualmente. Él no niega que debemos evitar las oportunidades para caer en pecado o que no tengamos que proporcionar un buen ambiente para nuestros hijos. Él no niega que, si nos exponemos a las tentaciones externas o las falsas enseñanzas, podemos  tirar por la borda nuestra vida de fe. Él no niega que depender del alcohol o consumir drogas o persistir en actitudes pecaminosas nos aparta de la vida de fe, aunque queramos seguir siendo cristianos y deseemos llegar al cielo. Pero el problema no es el alcohol, el dinero, el sexo, o la multitud de cosas malas que hacemos. Estas no nos atraerían a menos que estuviéramos contaminados en nuestro interior, algo con lo cual todas las personas nacemos.

Una idea popular es que el hombre nace bueno y que el mal se encuentra en la sociedad que lo corrompe. Otra idea extendida aún entre los cristianos, es que las personas nacen neutrales y que los niños pequeños no son ni buenos ni pecaminosos y su crianza es la que determinará qué tipo de personas van a llegar a ser. Pero para nosotros esto no es así, creemos que el bautismo infantil es algo totalmente necesario e indispensable, porque creemos que somos pecadores desde que somos concebidos y nos perderíamos por siempre sin la fe en Jesucristo que nos es dada en el Bautismo. Lo que muchos no entienden, es el grado de contaminación espiritual que incluso los bebes poseen y el hecho de que el Señor nos hace responsables de nuestros pecados, aunque no los reconozcamos como tales (Romanos 3:19). Mi esposa y yo no enseñamos a nuestros hijos a ser pecaminosos, por lo menos no de manera consciente y voluntaria. Pero adivinen qué: de pequeños parecían inocentes niñas, pero es que ellas no habían crecido lo suficiente o adquirido suficientes conocimientos u oportunidades para ejercer su maldad innata. Cabe recordar una vez más que sostenemos el hecho de que nosotros no somos pecadores porque cometemos pecados, sino que es todo lo contrario cometemos pecados porque somos pecadores. Llevamos a cabo acciones contra la voluntad de Dios porque eso es lo que hay en nuestro corazón. Aun cuando nuestras acciones muchas veces se disfracen de buenas intenciones.

Jesús dice en los versículos 20 a 23: “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”. De acuerdo a Jesús, el corazón humano es una alcantarilla, en la que todas estas contaminaciones están presentes y están al acecho. No tenemos que pensar en un delincuente o pervertido para aplicar estas palabras de Jesús, sino que cada uno de nosotros somos así por naturaleza. ¿Crees que no eres capaz de hacer algunos pecados terribles?  En la Epístola de Santiago se dice que “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). Ninguno de nosotros puede siquiera concebir la contaminación que se esconde en nuestros corazones. Si te analisas ante esta realidad y llegas a decir  que “no puedes evitarlo”, es necesario que sepas que esa es exactamente la conclusión de que Jesús quiere que tengas.

Limpio desde el exterior. Como estamos contaminados por dentro, necesitamos ser purificados desde el exterior. Las alcantarillas en nuestro interior no son auto-limpiantes y todas aquellas cosas que surgen de allí no desaparecerán por arte de magia o con el paso del tiempo, al contrario, si las dejamos seguirán generando más contaminación. Alguien desde el exterior debe hacerlo y hacerlo bien. Muchas religiones y filosofías tienen programas para limpiar tu vida y librarte de los vicios. Pero estas recetas quedan solo en lo superficial, ya que generalmente apuntan a que en ti  está el poder para cambiar y renovarte. Lamentablemente nuestros pecados y vicios siguen estando en nuestro interior, acumulándose y esperando la oportunidad para manifestarse. Puedes matar algunas intenciones pecaminosas todo lo que quieras, pero vendrán más, porque en algún lugar en tu interior hay algo que sigue contaminándote y a menos que se limpie siempre habrá más. El corazón humano es un nido que mantiene la producción de pecados y a no ser que se limpie, nada importante va a cambiar.

Por esta razón es que Dios vino a nosotros desde el exterior y envió a su Hijo al mundo. El Hijo de Dios vino al mundo perfectamente limpio por dentro, Él fue el único con un interior limpio, un corazón limpio, desde que Adán y Eva pecaron. Podemos imaginar a María y a José viendo crecer a su hijo, esperando que tenga su primer rabieta, pero eso nunca sucedió, esperando que les contestara mal, pero nunca lo hizo. Jesús estaba perfectamente limpio, por dentro y por fuera.

La lista de cosas que dice que hay en nosotros está en los versículos 21 y 22Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. Jesús nunca vivió esos pecados, sus acciones y palabras nunca manifestaron estos hechos. Él es el Salvador perfecto, es exactamente lo opuesto de cada uno de nosotros. Por el intercambio que Cristo hizo en la cruz con nosotros, tomando nuestro lugar, Dios ahora nos acredita el corazón no contaminado de Jesús. Todos los pecados que nos contaminaban y en los que vivían nuestros corazones han sido borrados. Jesús los llevó a la cruz y derramó su sangre para pagar por nuestra contaminación y limpiarnos de toda esa maldad.

Así que ahora Dios no ve nuestros pecados, sino la limpieza de Jesús que nos cubre. No podemos entender cómo un Dios perfecto puede pasar por alto nuestros pecados. No podemos entender cómo Dios-hombre, Jesucristo, podía tomar nuestro lugar delante de su Padre celestial y vivir su vida en lugar de la nuestra y pagar nuestras contaminaciones o por qué Él quiso hacerlo. Pero no tenemos que entender que sólo podemos estar agradecidos de que Él hizo todo esto por ti, por mí y por cada persona.

A partir de esta realidad es que podemos pedirle que cree en nosotros un corazón limpio y renueve un espíritu recto dentro de nosotros, como lo hacemos inmediatamente después del sermón casi todos los domingos. Él nos renueva, recicla y limpia cada vez que oímos sus palabras en la Liturgia otorgándonos el perdón de los pecados, como dice en la 1º Carta de San Juan 1:9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”  y lo hace realidad por medio de su Palabra leída, oída y compartida.  También por medio de su Palabra es que se hace presente en la Santa Cena y te purifica diciéndote una y otra vez “Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. (Mat 26:26-28 R60). En estos medios Dios se hace presente desde el exterior para purificarnos de nuestro corazón corrompido. Allí es donde nos da la posibilidad y las fuerzas para vivir con un corazón que obra según la voluntad de Dios, que lo busca y desea su encuentro diario, que depende de Él a cada instante y que busca servir a Dios y al quienes nos rodean.

Cuando las tentaciones vengan, deja que el diablo te muestre lo impuro y contaminado que eres. Usa la Armadura de la cual habla Pablo en la Epístola de hoy y recuerda y alégrate de que tienes un Salvador que ha pagado con su vida por todos los corazones impuros. Tenemos un Salvador totalmente impoluto que nos ha limpiado y lo continuará haciendo como lo prometió. Ahora ve en paz, sabiéndote perdonado por Dios Padre Hijo y Espíritu Santo. Amén.