viernes, 9 de noviembre de 2018

“Jesús viene a nosotros de manera sencilla”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: 1 Reyes 19:9b-21. 
Segunda Lección: Gálatas 5:1, 13-25 
El Evangelio: Lucas 9:51-62 


INTRODUCCIÓN 

“¿Qué haces aquí, Elías?” Esta pregunta le dirigió Jehová al profeta Elías. Este se encontraba en la oscuridad de una cueva a medio camino entre la tierra de los judíos y Egipto. Grandes cosas había visto Elías en su tierra. En el monte de Carmelo fuego había descendido del cielo, consumiendo el holocausto de Elías y a los profetas de Baal, Jehová los había entregado en manos de Elías. Se esperaría entonces que todo el pueblo de Israel se tornara a Jehová en sincera penitencia. Pero tan pronto tuvo que saber el profeta lo indigna de confianza que se puede mostrar la gente. Un día claman: “¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios! ” (1 Reyes 18:39), y poco después derriban los altares de Jehová y buscan a Elías para quitarle la vida. Elías se vio obligado a huir del país. Se refugió por algún tiempo en Judea, llegando hasta Beer-seba, al sur, donde en su desaliento deseaba morirse. Durante cuarenta días recorrió el desierto hasta que llegó a los alrededores del monte Horeb. ¡El gran profeta Elías, que antes había desafiado al poderoso rey Achab, ahora se esconde completamente descorazonado en una cueva! “¡Cómo han caído los 
valientes!” (2 Samuel 1:25). 

No es de extrañarse que Jehová, al encontrar ahí a Elías, le pregunte: “¿Qué haces aquí, Elías?” Lo había buscado como el Señor busca a la oveja descarriada y lo había hallado. Hoy Jehová manifiesta su gloria a Elías y lo hace mediante  

UN SILBO APACIBLE Y DELICADO. 

Le dice al hombre en la cueva: “¡Sal fuera!Jehová iba a pasar delante de la cueva. Vino primero “un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová”. ¿Quién ha oído hablar jamás de un viento tan fuerte que quebraba cosas tan duras como los montes y las rocas? Pero pese a semejante huracán, “Jehová no estaba en el viento.” 

Tras el viento vino algo igualmente espantoso. Visitó a aquel lugar un terremoto. La tierra se puso a temblar y retumbar en todas partes. Pero, no obstante esta convulsión en la naturaleza, “Jehová no estaba en el terremoto.” 

Acabado el terremoto, llegó en su lugar un fuego. Habrán sido erupciones de fuego lo suficientemente calientes y deslumbrantes para cegar al profeta. “Más Jehová no estaba en el fuego.” No vino mediante ninguna de estas demostraciones en la naturaleza. Y tal parece que Elías, decepcionado y aún más desanimado, volvió a su cueva. 

Pero entonces se oyó por ahí un silbo, o sea una voz, una vocecilla. La voz se describe como un silbo apacible y delicado. A otros la voz les hubiera parecido tan tenue, tan suave y ligera, que les hubiera pasado inadvertida por completo. Pero Elías reconoció la voz y vio en ella la presencia y la gloria de Jehová. Tanta reverencia le mostró a esa gloria que, saliendo de la cueva, se cubrió el rostro. Por último 
tuvo la seguridad de que el Señor había venido. 

¡Cuántos en la actualidad no intentan ver al Señor en cosas imponentes, o sencillamente en cosas terrenales! Suponen que dondequiera que haya un templo grande y magnífico, en el cual entra una multitud de personas, allí estará el Señor. Esta actitud no tiene nada de raro. El esplendor del templo de Salomón ya deslumbraba a los judíos antes del nacimiento del Salvador, de modo que decían con orgullo: “Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es éste” (Jeremías 7:4). 

Otros suponen que dondequiera que haya mucha publicidad, tal vez gran poder político que nos deje con personalidad o notabilidad, esa iglesia se gozará de la presencia de Jehová. No se puede negar que aquí se halla el motivo por el cual gran número de hombres se unen a diferentes iglesias. 

Cierto guía mormón nos dijo esto: “En nuestras salas de diversiones sanas convertimos a más personas que en el templo.” Las diversiones ciegan también, haciendo a la gente creer que en las diversiones hay la vida y salvación de la iglesia. 

¿Conque en estas cosas terrenales se manifiesta el Señor con su gloria? ¡Qué error! Jehová no nos viene mediante las cosas que atraen a los sentidos. Se quedará conspicuo por su ausencia en las atracciones para la carne. A las gentes que buscaban algo para el estómago dijo nuestro Salvador: “Trabajad no por la comida que perece” (Juan 6:27). Refiriéndose a las mismas atracciones carnales, escribió San Pablo: “La intención de la carne es muerte” (Romanos 8:6). La abundancia de cosas terrenales en una iglesia no indica la abundancia de vida, sino más bien la abundancia de muerte. 

El Señor, al igual que en los días de Elías, nos viene mediante una voz. Es una voz como la de Juan Bautista, el cual señalando a Jesús, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Siempre que oyes la buena nueva, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13), o, “El (Cristo) es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (2 Juan 2:2), oyes esa voz apacible y delicada, la cual oía Elías en nuestro texto. Cada vez que oyes el Evangelio de Cristo, las buenas nuevas de nuestra salvación en Cristo Salvador, pasa delante de ti la gloria de Jehová en todo su resplandor. En el Evangelio está Jesús. Dice El, “Predicad el evangelio” (Marcos 16:15), y agrega en otro lugar: “Yo estoy con vosotros” (Mateo 28:20). También llega a nosotros por medio de su presencia en la Santa Cena y nos dice “toma y come… toma y bebe… esto es dado y derramado por ti y por muchos para le perdón de los pecados”. (Mateo 26:26ss.) 

REACCION A LA PRESENCIA DE DIOS 

El profeta Elías, después de oír ese “silbo apacible y delicado” aún se queda inmóvil a la boca de la cueva, de modo que Jehová tiene que preguntarle nuevamente: “¿Qué haces aquí, Elías?” Quería decir: “¿Todavía te quedas aquí después de escuchar mi voz? ¡A trabajar! Vete luego a tu tierra y diles a tus paisanos lo que has visto y oído. Señálales la gloria de Jehová que en el Evangelio se manifiesta.” 

El profeta, descorazonado aún, repite: “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu alianza, han derribado tus altares, y han muerto a cuchillo tus profetas; y yo solo he quedado; y me buscan para quitarme la vida.” Quería decir: “Pero, Señor, sería inútil. Con todos mis esfuerzos por la salvación de mi pueblo, nadie me ha hecho caso, nadie ha creído a mi anuncio. Yo soy el único creyente en todo el país. Y si volviera a predicarles tu Palabra, la historia se repetiría, mi pueblo no me haría caso. Mi regreso me resultaría puro suicidio.” 

A esto respondió Jehová en efecto: “En esto sí estás equivocado, pues yo he hecho que queden en Israel siete mil; todas rodillas que no se han encorvado a Baal, y bocas todas que no lo besaron. Mi Espíritu obrando por el mensaje salvador de profetas como tú, ha llevado a la fe siete mil. Pese a tus tristes experiencias y la mucha oposición a tu trabajo, no has trabajado en vano entre tu pueblo, y no trabajarás en vano. Los siete mil esperan tu regreso y te necesitan. Además, vas a pensar en el porvenir de la Iglesia. Ungirás a Eliseo, para que siga en tus pisadas, y con el mismo Espíritu que te ha inspirado a ti. Hasta vas a disfrutar de respeto a la corte de los reyes, ungiendo a Hazael de Siria y Jehú de Israel. Vuelve, pon mano en el arado.” Y así sucedió; después de oír la voz apacible y delicada, después de ver pasar la gloria de Jehová, Elías fue animado a volver a pastorear a Israel. 

CONCLUSIÓN 

A cada uno de nosotros, que hemos oído la dulce voz del Evangelio y que por la gracia de Dios hemos reconocido la gloria de Dios en el crucificado Salvador, busca nuestro Señor, diciéndonos: “¿Qué haces aquí? Id, decid” (Mateo 28:7). 

No se puede negar que nuestra labor en España tiene mucho en común con la del profeta Elías. En el campo nos encontramos con una oposición y con dificultades que afligen menos a los misioneros en otras tierras. Más de un misionero e iglesias en estas tierras se han sentido con la tentación de darse por vencido, concluyendo en su desesperación: “Es inútil predicar aquí el Evangelio, nadie nos acepta, nadie cree en nuestro anuncio.” Pero si por lo difícil del trabajo nos desalentamos, nos acobardamos y nos quedamos ociosos, ¿quién será salvo? Es cierto, razón tiene el Señor al llamarnos: “¿Qué haces aquí? 
Vete a trabajar.” Si por timidez o por pereza nos callamos, nos advertirá el Señor: “Sus atalayas ciegos son, todos ellos mudos, no pueden ladrar; soñolientos, echados, aman el dormir” (Isaías 56:10), y  “¡Ay de los reposados en Sion!” (Amos 6:1). 

A pesar de nuestros problemas en el campo español, nuestra labor no puede ser en vano. Habrá aquellos “siete mil”. El que nos ha enviado nos promete: “Mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11), y “Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano” (1 Corintios 15:8). Amén. 

Señor, Dios mío, gracias te doy por la voz del Evangelio, donde me manifiestas a tu Hijo Jesucristo como mi Salvador. No permitas jamás que por indiferencia o dureza de corazón yo pierda el don de tu Palabra, pues sin Cristo no puedo vivir. Sin Cristo no puedo morir. Óyeme por los méritos del que se entregó a sí mismo por mí. Amén

domingo, 4 de noviembre de 2018

”Cuando Dios guarda silencio”






TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      



Primera Lección: Deuteronomio 32:36-39

Segunda Lección: Filipenses 2:5-11

El Evangelio: Lucas 23:1-56

Sermón

         Introducción

Iniciamos esta Semana Santa escuchando la voz del salmista: “Oh Dios, no guardes silencio; No calles, oh Dios, ni te estés quieto. Porque he aquí que rugen tus enemigos, Y los que te aborrecen alzan cabeza”.(Salmo 83:1-2). Pues asistimos hoy a algo inaudito: Dios guarda silencio ante los hombres. Espera el pueblo una palabra de su boca, una defensa ante aquellos que lo menosprecian y rechazan. Mas sólo recibimos silencio sin embargo. Pero, ¿qué significa este silencio de Dios?, ¿cómo entenderlo e interpretarlo?, ¿calla Dios en el silencio en verdad, o por el contrario su voz no necesita palabras en determinados momentos para hablarnos?. Y cuando este silencio es notorio y evidente ¿qué quiere decir Dios por medio del mismo?. No debiéramos confundir el silencio de Dios en un determinado momento, que es en sí mismo un mensaje para el mundo, con el hecho de que su Palabra recorre la tierra cada día hablando alto y claro a aquellos necesitados de la misma. Y sobre todo con el hecho de que Su voluntad es soberana e inmutable. Una voluntad personificada por nosotros a partir de este Domingo en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, el Señor.

         Un silencio que clama al mundo

La sangre aún goteaba por sus mejillas probablemente cuando Jesús, después de haber sido escarnecido por Herodes, fue situado de pie frente a Pilatos una vez más, tras haber sido además menospreciado y ridiculizado. Y al igual que la primera vez, las autoridades romanas, las religiosas y el pueblo, aguardaban expectantes las palabras de Jesús. Sin embargo sus labios no pronunciaron ni un leve susurro. El silencio era absoluto ante las máxima autoridades de las que dependían su vida o su muerte. “Y le hacía muchas preguntas, pero él nada respondió” (v9). Y muchos allí, pudieron pensar que Cristo callaba pues nada tenía que decir. El mundo había triunfado y lo había silenciado, podían pensar algunos regodeándose en su orgullo. Para éstos, silenciar a Dios en su Palabra era su mayor triunfo, sin ser conscientes de que ni remotamente Dios puede ser acallado cuando en su Ley, nos muestra cómo somos realmente. Sin embargo Dios estaba hablando alto y claro en ese momento, con una rotundidad tal que las palabras humanas no eran suficientes para abarcar la profundidad de su mensaje. Y ante aquellos como Pilatos, Herodes, los sacerdotes y escribas, y la multitud, Dios se manifestó en el silencio. Este silencio de Jesús era ahora la acusación contra aquellos que se regocijan en su pecado y su orgullo, y que cegados por la dureza de sus corazones, rechazan el puro Evangelio del perdón y la gracia. Pues cuando Dios nos retira su Palabra, en la cual hallamos Vida, el hombre es arrojado entonces a la oscuridad y la muerte. “Desfallecieron mis ojos por tu palabra, diciendo: ¿Cuándo me consolarás?” (Sal 119:82) . Allí, en esos últimos momentos de la vida de Jesús, Dios estaba hablándonos por medio del escarnio público de su Hijo. Y cada uno de los insultos proferidos contra él, cada bofetada, cada latigazo, cada humillación que Él soportó sin abrir su boca, eran los que nos correspondía recibir a cada uno de nosotros, pecadores todos, y no a Él, nacido sin pecado. Mas la Palabra de Dios siempre encuentra cumplimiento, y así, era necesario que Cristo padeciese todo esto en silencio: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 56:6-7). El silencio de Dios debiera hacernos reflexionar a los seres humanos, y no caer en el error de pensar que es un silencio indicativo de su ausencia de nuestras vidas. Dios es Dios siempre y por siempre es su señorío sobre este mundo: “Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; Yo hago morir y yo hago vivir, Yo hiero, y yo sano; Y no hay quien pueda librar de mi mano” (Deut. 32:39). No caigamos en el engaño: Dios puede guardar silencio, pero no puede ser silenciado ni por todos los poderes de este mundo que Él ha creado. El silencio de Dios nos habla pues a nosotros; a los que lo negamos, a los que lo escarnecemos con nuestro orgullo, y a los que confiamos en nuestras propias fuerzas más que en la Cruz de Cristo. ¡Imploremos a Dios para que nunca nos retire su Palabra de Vida y recibamos a cambio su silencio!.

         Nada digno de muerte ha hecho este hombre

A estas alturas eran evidentes dos cosas: que el pueblo no cejaría hasta ver muerto a Jesús, cegado por su insensatez, y que Jesús era absolutamente inocente de delito alguno. Y paradójicamente la justicia humana, cometió una injusticia aún mayor al condenar a muerte a aquél al que no pudo culpar de nada (v14), a causa del testimonio de aquellos que no tuvieron rubor en cometer falso testimonio. Pues a la culpabilidad por sus pecados, añadieron al mismo tiempo la culpabilidad por pedir la muerte de un Justo usando la falsedad como medio para conseguirla Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey” (v2). Faltaron a la verdad y eran conscientes de ello, pues Jesús sólo pedía arrepentimiento a su pueblo, y lo exhortaba a enderezar sus caminos. No se inmiscuyó tampoco en cuestiones políticas, cuando estos mismos trataron de tentarle buscando luego acusarle: “Mostradme la moneda. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción?. Y respondiendo  dijeron: De César. Entonces les dijo: Pues dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20:24-25). Separó así la crítica necesaria a la injusticia terrenal, viniera de donde viniera, del mensaje espiritual de un Evangelio centrado fundamentalmente en la liberación del alma humana. Pero aún así, su pueblo permaneció cegado y obstinado en pedir la muerte de Jesús, y en apartar de entre ellos al que era la Luz de sus vidas: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.” (Jn 1:11). ¿Cómo entender tanto rechazo y desprecio por la misericordia divina?, ¿cómo después incluso de haber escuchado tales palabras de esperanza, y haber presenciado además el poder de Dios restaurando a los abatidos?. Jesús era inocente del todo, y por ello nos resulta más inconcebible tal dureza de corazón: “Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (v31). Pero ¡cuidado!, en realidad el pueblo de Israel de su época no es peor que cualquier pueblo de cualquier época. Pues a todos los seres humanos nos iguala la necesidad de liberación de la esclavitud en que el ser humano se halla y que sólo en la sangre de Cristo es posible conseguir. Y ¿acaso no hay muchos hoy que entienden que el Evangelio es un obstáculo que pervierte y alborota al mundo moderno?, o ¿no lo ven otros como una amenaza para la sociedad civil y el Estado?. Sí, Cristo sigue siendo zarandeado y vituperado también hoy día en nuestra sociedad. Por desgracia aún se oyen voces que claman contra Él: “¡Crucifícale, crucifícale!” (v21).

         Despojemos a Jesús de las ropas espléndidas

El silencio de Dios no es tal silencio, como hemos visto, sino la afirmación de que la voluntad del Padre se cumplirá irremisiblemente. Y es un silencio dirigido en especial a aquellos que dan la espalda a Dios, pensando que así imponen su propia voluntad y anulan la del Creador. A ellos se aplican sin embargo las palabras de Jesús ante el concilio: “Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios” (Lc 22: 67-69). Para estos es el anuncio de que ¡Cristo es Cristo, ahora y por siempre!. Sin embargo, muchos no se conforman sólo con dar la espalda a Cristo o menospreciarlo. Después de haber hecho esto mismo, Herodes dió un paso más, y trató de convertir a Jesús en una burla, en un esperpento: “Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato” (v11). ¿Qué podía ser más eficaz para anular a Cristo que disfrazarlo y transformarlo en la imagen de un rey humillado?, ¿qué mejor para acabar con él y su mensaje que presentarlo como una caricatura viviente?. Hasta tal punto tuvo efecto la idea de Herodes que Pilatos y él, grotescamente, acabaron reconciliándose (v12). Y una vez más debemos meditar en este pasaje, pues podemos como Herodes, convertir a Cristo y su Evangelio en una imagen ridícula y deforme. Y no necesariamente hay que añadir a su persona y obra elementos que causen un claro rechazo, no. Podemos conseguir el mismo efecto añadiéndole a nuestra fe todo aquello que, aparentemente, se ve apetecible a nuestros intereses o simplemente del gusto de las mayorías. Así, podemos ir añadiendo “ricas” vestimentas a Jesús y al Evangelio, re-decorándolo y añadiéndole todo aquello que nuestra mente pueda imaginar. Lo más frecuente en este caso suele ser añadirle todo tipo de doctrinas de hombres, que presentan a Cristo y la Cruz como una imagen confusa y deforme donde no reconocemos ya al original, y que terminan por exaltar finalmente la capacidad del ser humano de labrar su propia salvación por sus propios medios. No, no hagamos esto con Jesús; no lo convirtamos a Él y al Evangelio del perdón de pecados sino en la Palabra hecha carne que trae perdón y salvación para los corazones arrepentidos. Cualquier otra cosa será echar caras ropas sobre sus hombros, pero que en realidad Dios detesta. Es sin embargo en la sencillez y originalidad de su mensaje y fundamentalmente en su Obra en la Cruz por nosotros, donde encontraremos y reconoceremos al verdadero Jesús el Cristo, el Hijo de Dios verdadero: “y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn 5: 20-21).

         Conclusión
Los judíos pidieron la muerte de Jesús y la liberación a cambio de un sedicioso y homicida (v24-25).Y Él, hasta en el momento de encarar su camino al Calvario, pidió si embargo perdón para ellos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (v34). Pero no sólo para ellos, pues por cada una de nuestras traiciones, por cada uno de nuestros pecados una y mil veces repetidos, pidió para nosotros también misericordia y perdón. Y fue en ése momento, donde la voluntad del Padre iba a ser llevada a cumplimiento por nosotros, donde Jesús sí habló, alto y claro, con palabras de Vida y salvación eternas. Por tí y por mí, pues infinito es su Amor por nosotros. Y, “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4:10). Éste es el Jesús que viene hoy a la Jerusalén de nuestras vidas; recibámoslo con júbilo y gozo. Pues viene a nosotros nuestro Salvador, y no con ricas vestimentas, ni rodeado de esplendor y de los poderes de este mundo. Viene a lomos de la humildad, de la mansedumbre, y del espíritu misericordioso y perdonador. “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas”(Lc 19:38).    ¡Que así sea, Amén!.